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Ártico bajo el fuego

Fragmento de «Geopolítica del Ártico», de Vicenç Fisas (Icaria Editorial, 2019).

Selección a cargo de Michele Catanzaro. 

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A lo largo de millones de años, nuestro planeta ha sufrido períodos con grandes cambios en su temperatura, incluidos varios períodos glaciares, debidos a factores puramente naturales, pero nunca como resultado de la actividad humana. Desde hace unas décadas, sin embargo, en el planeta Tierra tenemos un serio problema, quizás el más importante, y seguro el más apremiante, y es el del cambio climático provocado por la actividad de los seres humanos, debido a un calentamiento global que está alterando profundamente los sabios equilibrios de la naturaleza y que amenaza seriamente el futuro de toda la humanidad, y en particular a la siguiente generación, pues podemos legarle una situación irreversible y tremendamente desestabilizadora. Vivimos ya en una era, la del antropoceno, donde la actividad humana, en un amplio sentido, afecta decisivamente sobre los ecosistemas, con todos los riesgos que ello supone, y como se verá seguidamente, lo que sucede en el Ártico es un buen indicador de ello. Algunos estudios recientes ya señalan la altísima probabilidad de que el aumento de la temperatura del planeta se sitúe en el presente siglo por encima de los dos grados y lleguemos a superar los tres grados, el peor de los escenarios posibles. Con toda probabilidad, el principal conflicto geopolítico que viviremos en las próximas décadas será el derivado del cambio climático, confirmando el enorme peso que siempre ha tenido el medio ambiente en el campo de la geopolítica, aunque se haya reconocido tardíamente su aspecto multidimensional. De forma paradójica, somos causantes y víctimas a la vez del problema. Todo esto, además, ocurre en una época de cambios geopolíticos globales, con un nuevo sistema multipolar protagonizado por China, Estados Unidos y Rusia, los tres con intereses por el Ártico. De ahí la llamada «paradoja ártica», en la que el calentamiento global inducido por los seres humanos impulsa el derretimiento precipitado de la capa de hielo del Ártico, facilitando a su vez el acceso a nuevos recursos de petróleo y gas.

«Con toda probabilidad, el principal conflicto geopolítico que viviremos en las próximas décadas será el derivado del cambio climático, confirmando el enorme peso que siempre ha tenido el medio ambiente en el campo de la geopolítica«

Vicenç Fisas

«Geopolítica del Ártico» (Icaria Editorial, 2019)

Asistimos a un auténtico ecocidio, una verdad predicha por la comunidad científica desde hace tiempo, y con irrefutables signos y evidencias en todos los continentes, y sobre los cuales no se actúa con la firmeza y la urgencia necesaria. Dado que los factores causantes de este atentado ecológico universal son consecuencia de un tipo de economía depredadora y destructora, entre otros aspectos porque está basada en la quema de combustibles fósiles, todo ello va mucho más allá del capitalismo salvaje y ha permeado a la mayor parte de los sistemas productivos existentes, con una «huella ecológica» quizás indeleble. Aunque sea un problema de todos acaba no siendo responsabilidad de nadie, porque las empresas y los centros de decisión política responsables del desastre no se sienten concernidas por lo que está sucediendo, viven en la ignorancia o la impunidad y no hay suficientes mecanismos jurídicos para exigir responsabilidades penales sobre quienes alientan, justifican, niegan y producen la degradación de lo que es vital, no solo para nuestro bienestar, sino incluso para nuestra misma supervivencia en condiciones mínimas de dignidad, ya que afecta muy negativamente sobre muchas comunidades, especialmente a las más vulnerables. El ecocidio debería estar regulado como un crimen que atenta contra la seguridad humana y, en el caso específico del Ártico, se le puede añadir una profunda afectación en el modo de vida de los inuit que allí habitan y la profunda inestabilidad que provocará sobre todo el ecosistema planetario, por la negativa de algunos sectores políticos de hacer análisis de riesgos y tomar las medidas preventivas y anticipatorias pertinentes, a partir de los numerosos detonantes que aquí se explicarán, además de no querer seguir el sabio principio ecológico de la precaución y el politólogo de la prevención. La enorme y vergonzosa dificultad actual para acoger a la población refugiada no es nada, como comentaré al final, con la cantidad muy superior de personas que deberán reasentarse en otras latitudes a medio plazo. Se ha creado incluso el término de «climigración» para señalar las migraciones debidas al cambio climático. Y no estamos preparados ni mentalizados para ese éxodo inminente. El Banco Mundial estima que, hasta 2050, en África subsahariana migrarán 86 millones de personas, mientras en el sur de Asia la cifra será de 40 millones y en Latinoamérica de 17 millones, estimando que, en total, las personas afectadas alcanzarían los 140 millones. Posteriormente ampliaré este aspecto.

En este estado de cosas, lo que sucede en el Ártico es vital, pues sin su existencia como continente helado se rompe todo el ya frágil equilibrio planetario. No estamos hablando de simples variaciones en la situación ambiental del planeta, o de que tengamos que vivir simplemente en condiciones menos amables, sino de cambios radicales que generan grandes repercusiones. Tampoco se trata de que nos adaptemos al desastre anunciado, sino de que pongamos en marcha grandes políticas que lo frenen lo antes posible. No nos conformemos, pues, con la tan pregonada «adaptación» a la nueva realidad que nos viene encima, como si el problema fuera efímero e indoloro, y mucho menos con interpretar lo que ocurre como una «oportunidad» estratégica para los negocios, sino que hablemos más bien de rebelión sobre cuánto está sucediendo, y de empezar por lo prioritario. De ahí que en este estudio ponga el acento en la situación ártica y en todos los factores que influyen para que su situación vaya a peor, y con gran rapidez. El tiempo apremia, y salvar al Ártico no puede ser un simple eslogan de los grupos ecologistas, sino el núcleo central de políticas públicas que asuman la imprescindible necesidad de preservar este maravilloso continente helado, inaccesible durante miles de años y en estado de extrema vulnerabilidad en estos momentos, justamente por la paradoja de que el calentamiento global está derritiendo los hielos, y con ello, se podrán explotar yacimientos que generarán un mayor incremento de la temperatura del planeta, en un círculo infernal que incluye el posible incremento de la militarización de la zona y la ya iniciada lucha por conquistar nuevos espacios territoriales. De ahí el título de Geopolítica del Ártico, pues se superponen en el tiempo varios intereses y riesgos. Tampoco se trata de enfrentar la economía con el medioambiente, sino de vindicar la economía medioambiental, la economía ecológica o ecoeconomía, ampliamente estudiada y argumentada, y absolutamente viable en el mundo de hoy, además de imprescindible.

«Lo que ocurre ya en el Ártico es el primer indicador, aunque no el único, de un problema global de primera magnitud: la amenaza del cambio climático y su relativa marginación en la agenda política de los asuntos globales, lo que no ayuda a que se afronte con absoluta celeridad y determinación«

Vicenç Fisas

«Geopolítica del Ártico» (Icaria Editorial, 2019)

Nos encontramos con los siguientes cuatro posicionamientos frente al ecocidio: el primer grupo está formado por quienes son conscientes del problema, aunque no son los causantes directos de la situación, pero no hacen nada para revertirla, pues esperan obtener pingües beneficios del deshielo ártico. Su posición es la de esperar y ver. Aunque no lo sientan, son igualmente corresponsables y copartícipes del desastre. Un segundo grupo está formado por quienes, de forma consciente y deliberada, hacen lo posible por destruir el ecosistema natural ártico para sacar beneficios, sean económicos o militares. Evidentemente son los más responsables, y su actitud puede calificarse de criminal, sin ambages. El tercer grupo lo constituyen quienes no tienen intereses y no se sienten interpelados, adoptando una actitud pasiva, no siendo conscientes de que acabarán pagando un alto precio por su actitud de indiferencia. Frente a estas tres actitudes negativas, están quienes son conscientes de lo que está ocurriendo y de las consecuencias inmediatas que comporta alterar la situación del Ártico, como consecuencia del calentamiento global. A esa gente y a esas instituciones que les apoyan, incluida la diplomacia científica, hay que arroparlas masivamente, fortalecerlas y diseminar su mensaje por todo el planeta, y con suma urgencia, para contrarrestar la comodidad, desidia, rapiña o inconsciencia de los tres primeros sectores señalados.

Este estudio pretende poner a disposición del gran público, de manera didáctica y comprensible, los elementos más destacados de la agresión que sufre el Ártico y las consecuencias que ello comporta. Resguardar el Ártico es un imperativo moral y ecológico, pues ambas cosas van unidas, cuando su destrucción como ecosistema regulador del planeta evidencia la displicencia y la temeridad de quienes, para preservar sus propios intereses, siempre inmediatos, no alcanzan a tomar responsabilidad sobre la perversión de sus actos. Es necesario, por tanto, conocer lo que  está ocurriendo para tomar medidas rápidas y eficaces, aunque sea para no empeorar aún más la situación actual, que ya es sumamente delicada y alarmante.

Aunque hay varias definiciones sobre lo que constituye la región ártica, la inmensa extensión que bordea al Polo norte, habitualmente se la considera como la zona situada al Norte del círculo polar ártico (66° 33’N), y en este sentido afecta a ocho países: Canadá, Dinamarca (Groenlandia), Estados Unidos (Alaska), Finlandia, Islandia, Noruega, Rusia y Suecia, con una enorme diversidad en todos los sentidos y aspectos. Es de mención que Groenlandia está luchando por ser independiente de Dinamarca. Abarca una superficie de 16,5 millones de km², habitada solo por unos 4 millones de personas. Finlandia y Suecia, no obstante, no poseen territorios oceánicos en el Ártico, e Islandia, prácticamente tampoco tiene presencia en esas aguas, por lo que esos tres países no pueden entrar en la disputa que aquí se comentará para controlar la criósfera ártica (las partes del Ártico donde el agua se encuentra en estado sólido), un debate que se centra en solo los cinco países restantes, muy celosos a injerencias externas, y que ha dado pie a la creación del término «cartopolítica». De hecho, en una declaración de 2008, los cinco países (Canadá, Dinamarca, Estados Unidos, Noruega y Rusia) se manifestaron en contra de cualquier regulación ártica que no fuera de su iniciativa y competencia exclusiva. La motivaron por razones derivadas de los riesgos provocados por actividades de otros países en la región, pero al día de hoy puede tener una lectura bien diferente, e interpretarse como un mensaje de que la comunidad internacional no debería interferir en sus intereses. Ante esta circunstancia, la pregunta que puede hacerse es: ¿quién controlará a los controladores?, y más cuando en esta inmensa región, aunque esté poco poblada, confluyen diferentes imaginarios y narrativas contrapuestas. Hasta el presente ha predominado la cooperación entre los países árticos para resolver sus diferendos, pero como se podrá comprobar, todos tienen intereses en la zona y no todos son suficientemente conscientes de lo que está en juego, que va mucho más allá del Ártico y afecta al planeta entero. Como explicaré, lo que ocurre ya en el Ártico es el primer indicador, aunque no el único, de un problema global de primera magnitud: la amenaza del cambio climático y su relativa marginación en la agenda política de los asuntos globales, lo que no ayuda a que se afronte con absoluta celeridad y determinación.