Así que esto era la “democracia”: el extraño caso de un país llamado “Españilandia”

Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- Como tantos otros españolitos, yo me crié imbuido de la verdad absoluta de que España era «una, grande y libre», y de que nuestra Patria era «una unidad de destino en lo universal».

(Foto El País)

(Foto El País)

Sin embargo, resulta que, después de muchos años de españolía, ―y estudiando historia, para más INRI― ahora me dicen que España es un país «plurinacional», una «nación de naciones», es decir, algo así como una Organización de Naciones Unidas, pero en plan carpetovetónico y castizo. Para decirlo con palabras del PluriSánchez ―porque Sáncheces hay más de uno, oiga, según por dónde le sople el viento o le insinúen las meigas de Mojácar―, «todas las naciones son España», pero, eso sí, con una idea «no nacionalista de la nación». Olé. Ante esta increíble mamarrachada, sólo cabe decir dos palabras: im-presionante.

Siempre he sido plenamente consciente de que nuestra Patria ha sido carne de cañón del NOM, una «unidad de destino en el Bilderberg universal», favorita de las multinacionales. Pero, por lo que se ve, a nuestro epatante currículum hay que añadir que también somos víctimas preferentes de las «plurinacionales», otro invento patrio que hay que añadir a las posmodernidades que hemos alumbrado en nuestros solares, con el cual hemos dado definitivamente a luz a un ente ectoplasmático que podría llamarse «PosEspaña», monstruoso «Alien», que lleva tatuado en salva sea la parte el lema «ExEspaña»… mítico Frankestein que la corriente globalista ha creado con los despojos de nuestra historia, troceada inmisericordemente por la progresía, el rojerío, el NOM y una estulticia cósmica que ha barrido nuestros territorios como un devastador huracán, de cuyo nombre no quiero acordarme.

Y es que soy de los que opinan que el prefijo lingüístico «pluri» ―u otros de parecida significación, como «multi», «poli», etc.― es la quintaesencia del globalismo, pues la mejor manera de acabar con una verdad absoluta ―una religión, una Patria, una moral, una familia, una ley natural, etc.― es decir que hay muchas, y que todas son igualmente verídicas. Éste es el resultado de la inoculación en la sociedad occidental de un relativismo atroz que ha destrozado viralmente todos nuestros principios, valores, creencias y tradiciones: estamos en un mundo multipolar, sometido a la ideología multicultural, a la plurisexualidad de la LGTBI… y el prefijo «pluri» apunta directamente a la palabra mágica de la conspiración globalista: diversidad. O sea, que hay diversas Españas, claro.

Desde este punto de vista, lo que se viene en llamar «posmodernidad» se puede traducir como «plurimodernidad». Aplicado a España ―campo de experimentación privilegiado del horror globalista―, ya tenemos aquí al «país de países», a la «España de Españas», al «país de naciones», «nación de países», al «polipaís», a la «multispaña», o como la progresía sanchista-podemita quiera llamarnos, rizando el rizo de la estupidez y la payasada.

Suárez, a la derecha, junto a Felipe González y Santiago Carrillo, al inicio de la Transición partitocrática

Suárez, a la derecha, junto a Felipe González y Santiago Carrillo, al inicio de la Transición partitocrática

Y conviene que nos atemos bien los machos, porque en las bancadas progres se habla cada vez más de la imperiosa necesidad de realizar una «Segunda Transición», que nos llevará a las putrefactas barrancas del NOM. Además, como no hay dos sin tres, pronto conspirarán para establecer «la Tercera», que conducirá los despojos de la ExEspaña al vertedero cósmico de la «Gehenna». Dos repúblicas y tres transiciones, ¿alguien da más? Esto sí que es «pluri», y de récord Guinness, además.

Algunos países inventaron los reinos de Taifas, otros los cantones, otros los estados federales, y nosotros nos hemos sacado de la manga la «plurinación», con lo cual ahora tendríamos que decir ―si nos dejaran― aquello de «¡Vivan las Españas!», o «¡Arriba las Españas»! Y eso en el caso ―bastante improbable― de que por compasión nos dejaran utilizar la letra «ñ», que no sé cómo no ha habido todavía ninguna proposición de ley en el Parlamento para eliminarla de nuestro alfabeto. Pero todo se andará, no lo duden.

Así que ya tenemos otro componente de la «Marca España», al mismo nivel que el jamón de bellota, el flamenco, los toros, o la Belén Esteban: la «Plurispaña», invento que causa verdadero pasmo e hilaridad en todo el orbe.

¿Quién es la madre de tal parida?: pues la democracia, por supuesto, ya que es en su nombre en el que se han cometido todas las aberraciones, los esperpentos y las barrabasadas que nos han llevado a la «poliEspaña».

Ultraizquierdistas en contra de la conmemoración del Día de la Toma en Granada.

Ultraizquierdistas en contra de la conmemoración del Día de la Toma en Granada.

Curiosa palabra y curioso concepto éste de democracia, bajo cuya libertad de expresión en nuestro país se llama «facha» a quien enarbola la bandera patriótica, que además es desgarrada y achicharrada con total impunidad, y se califica como «pachanga fascista» a nuestro himno, silbado impunemente porque somos superdemocráticos.

Hablando de fachas, el argentinito Echenique llama «coreanos-del-Norte» a quienes se limitan a aplicar la ley contra los golpistas que quieren cargarse la legalidad vigente. Pecata minuta, pues el coletudo mayor dice que aplicar la ley para defender la legalidad es incurrir en un «Estado de excepción». Nada extraño, si se tiene en cuenta que agitan en las narices de Maduro el botafumeiro de la adulación, mientras llaman terroristas a los opositores, y proclaman a nuestros Otegis como «hombres de paz».

Y es que, cuando Dios repartió el mundo, nos dejó a nosotros a los vascos y a los catalanes, a los Sáncheces y Turriones, y a una «derecha» bastante siniestra, también vendida a los espurios intereses del globalismo, el cual, por supuesto, está detrás del separatismo catalán. ¿Por qué nos tocó a nosotros ser nosotros? Bueno, siempre hemos sido un país católico, y suele decirse que el cielo se gana con toda seguridad cargando con nuestra Cruz de cada día. Y si son varias cruces, pues garantía celestial total.

Hace poco, los franceses que asistían a una corrida de toros en Arlès se pusieron en pie cantando «La Marsellesa» a pleno pulmón cuando un descerebrado intentó boicotear la actuación de «El Juli». Impresionante, teniendo en cuenta que en España ―el país taurino― tal escena sería abracadabrante, ya que todo lo que hemos conseguido alcanzar en este terreno se lo debemos a Cayetano Rivera, que sustituyó la ikurriña de unas banderillas por los colores de la bandera española. Olé.

Algunos de los políticos protagonistas de la Transición

Algunos de los políticos protagonistas de la Transición

Nuestra transición democrática se recordará eternamente porque, en su transcurso, se desarrolló el más alucinante lavado de cerebro de un pueblo que se registra en los anales de la historia, ya que convirtió a un pueblo de jabatos y gladiadores, de guerreros y aventureros, de héroes y tercios invencibles en un lastimoso rebaño de borregos, totalmente abducidos por los medios de comunicación globalistas, que son incapaces de echarse a la calle para defender a su Patria, que votan a partidos políticos que buscan la destrucción del país en el que viven. Sin ir más lejos, excepto los dos partidos constitucionalistas, es imposible ver una sola bandera española en los mítines y asambleas de los demás partidos del acto parlamentario, y con el agravante además de que la mayoría de estos partidos se abrazan con terroristas.

Dicen que el nombre de España significa «tierra de conejos». Posiblemente, si tuviésemos que adaptar este calificativo al día de hoy, tendríamos que llamarla «tierra de borregos». Pero no se crean, pues también a los conejos es fácil engañarlos, tal y como se muestra en la famosa película «¿Quién engañó a Roger Rabbit?», film donde interactúan personas y dibujos animados, y en el cual Jessica Rabbit, la mujer fatal que hace de esposa de Roger ―el pobre conejito engañado― dice aquella memorable frase: «Yo no soy realmente mala, es que el dibujante me hizo así». Traduciendo al caso español, podríamos parafrasear esto diciendo: «España no es realmente tan estúpida, es que el NOM la hizo así».

Cada vez que escucho la palabra «democracia» en los dientes lobunos del Turrión, o en la boca de Puigdemont, siento unas ganas irresistibles de invadir algo, cantando el himno que ustedes ya saben. Porque si la democracia es la excusa que pone toda esta chusma para desgajar nuestro país, paren esto, que yo me bajo.

Puigdemont e Iglesias.

Puigdemont e Iglesias.

Es así como, democráticamente, España se ha convertido en un vertedero donde coletudos, antifas, indepes y zarrapastrosos de todo pelaje ―mesnadas del NOM― conspiran para hacer de nuestro país un verdadero parque temático repleto de atracciones alucinógenas, diseñadas por una concentración mundial de cretinos única en la historia, que ha desembocado en la creación de una «memocracia» única e irrepetible, donde los tontos se cagan a lo Willy en todo lo que suene a españolía, rompen constituciones en el Congreso, silban himnos y queman banderas patrias, dicen que la hispanidad es un genocidio, tuitean mensajes llenos de guillotinas y horcas contra todo lo que suene a patriotismo, y un largo etcétera. Impunemente, por supuesto.

Es así como, debido a nuestros pasmosos inventos en el terreno de la «democracia», podríamos incluso hablar de «Españocracia», término político aplicable al sistema político que se suicida a sí mismo ―valga la redundancia―. Mas, para ser totalmente sincero, opino que el sufijo «cracia» nos queda demasiado grande, porque supone un cierto orden y gobierno, un imperio de la ley que ahora mismo es inexistente en nuestro desgraciado país, un aura de clasicismo que está muy lejos de la chabacanería cutre y hortera, totalmente amacarrada, que devasta nuestra vida social, política y cultural.

En su lugar, yo pondría el sufijo «landia», que significa «territorio», «país». Además, pegaría mucho con una de nuestras más geniales creaciones culturales: el «landismo». Según esta idea, actualmente viviríamos en «Españilandia», «el país de las Españas». Desde luego, no guardamos ningún parecido con Disneylandia, pues aquí se diría eso de «Gora Disney», y el castillito tan hermoso se convertiría en mansión del horror por arte de magia. Y, si hacemos un juego de palabras asociando «cracia» con el término inglés «crazy» ―que significa «loco»―, nos da el genial calificativo de «crazylandia» para nuestro país.

Sí, hemos inventado la «democrazya», pues somos un país de locos en el cual tanto su Rey como sus políticos, ante la amenaza secesionista catalana, hablan de «defender la Constitución», de que «prevalecerá la legalidad vigente», sin nombrar para nada la palabra «España», que es lo único que hay que defender.

Porque España podría pervivir sin Constitución per saecula seculorum, mientras que, si les he de decir la verdad, a mí la Constitución me la trae al pairo, pues ya hemos tenido algo así como 8, mientras que España solamente ha habido ―hasta ahora― una, que además, salvo los luciferinos períodos republicanos, ha sido grande y libre en muchas etapas de su historia.

Así que lo diré una vez más, refiriéndome ahora a esta «democracia» que arrancó en la Transición: damas y caballeros, estoy muy harto, y no puedo soportarlo más.

Si la Transición y la «democracia» a la española era esto, volveré a decirlo: «No, cracias».

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