Banderas de nuestros padres y abuelos, una pica en el corazón de los hispanófobos: España en su momento Iwo-Jima

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Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- Existe hoy en España una mayoritaria corriente de opinión que considera que la marea rojigualda que ha invadido las ciudades españolas ―especialmente Madrid y Barcelona― como respuesta al separatismo catalán es el resurgir de un movimiento patriótico, un alzamiento popular de los patriotas contra el golpismo de los catalanitas, algo así como un 2 mayo redivivo en el que estamos efectuando una carga contra los nuevos mamelucos de más allá del Ebro.

Ciertamente, nuestra bandera es un arma cargada de futuro. Sin embargo, la bandera del águila de San Juan ―cargada de un pasado legendario que arranca de los Reyes Católicos― ha brillado por su ausencia en este tsunami multitudinario, víctima de una interdicción y de un tabú que la considera un símbolo fachoso a pesar de haber sido el símbolo de la época más patriótica, pacífica y prósperade nuestra historia.

Yo juré esa bandera como soldado, al igual que tantos miembros de mi generación, prometiendo fidelidad a la Patria que representaba. También juró esa bandera el por entonces príncipe Juan Carlos, quien también juró lealtad a los principios del Movimiento Nacional, juramento que liquidó como si fuera un elefante de Bostwana.

El caso es que hace ya tiempo que, aparte de las multitudes que marchan por las calles exhibiendo nuestra enseña constitucional, cada vez hay más balcones en nuestras ciudades cuajados de banderas, hecho totalmente insólito hasta antes de la sedición catalanita.

Desde luego, valoro enormemente el espíritu patriótico que se exhibe con la ostensión de nuestra bandera, pero de ahí a considerar que estamos ante una especie de Alzamiento Nacional constitucional va un trecho considerable. Los gravísimos problemas que tiene España no se solucionan solamente haciendo tremolar nuestras banderas, izándolas en los mástiles de nuestras plazas, o exhibiéndola con orgullo en nuestros balcones. Son hechos bonitos, performances con su pizca de emoción y sentimiento cuasi-románticos, pero se quedan en un folklore simplista, en unos puros fuegos de artificio, si no van acompañados de acciones más contundentes, de reivindicaciones más categóricas, de protestas más decisivas.

Salir a la calle arropado por un millón de personas, en «diadas» españolistas, entre fanfarrias de Manolo Escobar y pasodobles que-viva-España no deja de ser algo así como una «fiesta de la banderita», como una apoteosis de «marjorettes» pero sin «marjorettes», como una «kermesse» sin carrozas. Poner banderas en los balcones ya supone un mayor compromiso, si esto se hace en aquellas ciudades y barrios que se caracterizan por ser zonas de «no-go» para españoles. Por ejemplo, me estoy acordando ahora de aquella anciana de Pamplona que se arriesgó a poner una enseña nacional en su balcón durante los sanfermines, acto heroico que le valió, cómo no, el acoso de los bilduetarras.

Pero no nos engañemos, porque la calle sigue siendo de los antisistema y de los hispanófobos, que te montan un escrache por menos de nada; que rodean Congresos, parlamentos y hemiciclos; que van de manifa en manifa, de cacerolada en cacerolada, de quinceemes en quinceemes. Los patriotas metemos un millón de personas en Barcelona en dos fechas señaladas, y unos cuantos miles en Madrid, y después nos retiramos a nuestros cuarteles, dejando los solares nuevamente a las estampidas de los radicales. Más nos valdría no gastar toda la munición rojigualda de una vez, sino repartirla en multitud de concentraciones, manifas y escraches a los enemigos de nuestra Patria.

Es más, ondear banderas al viento es un primer paso, pero que exige perentoriamente dar el siguiente: poner nuestras picas en Flandes, ornadas con la enseña patria.

Se trataría de que en España consiguiéramos alcanzar un momento histórico que pudiéramos calificar como «Iwo-Jima», rememorando a escala nacional aquella legendaria escena de los soldados americanos clavando la bandera en esa isla japonesa, durante la Segunda Guerra Mundial. Un momento para clavar nuestras banderas ―después de haberlas hecho tremolar― en el centro de los imperios del mal, como si claváramos nuestras estacas en el corazón de los demonios del Averno que quieren destrozar España, como si con este claveteado de picas patrióticas pudiéramos exorcizar a los chupasangres y vendepatrias que nos acosan, desde más allá del Ebro, desde los altos rascacielos de Wall Street.

¿Donde están las banderas patrias en los aquelarres independentistas del «Campo Nuevo» barcelonés? ¿Cuándo le clavaremos una pica como un rejón taurino a la golpista TV3, o a la Consejería de Educación catalanita, denunciando los padres afectados todos a una su desvergonzado adoctrinamiento proseparatista? ¿De qué sirve flamear banderas con jolgorio, mientras seguimos siendo espectadores de cadenas de televisión filoterroristas y filogolpistas, viendo programas de televisión dirigidos por fantoches antisistema, lavadores de cerebro vendidos al NOM y a las logias? ¿Es realmente útil y subversivo agitar banderitas mientras seguimos comprando productos catalanes pertenecientes a empresas declaradamente independentistas?

¿Para qué sirve exhibir banderas, cuando en muchos ayuntamientos de España hay alcaldes y concejales separatistas y ultraizquierdistas, que ultrajan a nuestra Patria impunemente, sin que nadie les dé la cacerolada que se merecen? ¿Ondular banderas, cuando seguimos viendo películas producidas, dirigidas y protagonizadas por energúmenos antiespañoles que no se han sentido patriotas ni siquiera cinco minutos, y que, además, viven de las subvenciones que se les dan con nuestros impuestos?

¿Izar banderas sacando pecho, cuando continuamos votando a partidos que sólo piensan en sus réditos electorales, en repartirse los pedazos de nuestra Patria en autonomías totalmente ruinosas, corruptas y nepóticas? ¿A partidos que hablan de confederalismos, del derecho a decidir, de plurinacionalidades? ¿Presumir de banderas, cuando nadie se concentra ante la Federación Española de Fútbol para protestar por las silbatinas a nuestro himno, para exigir responsabilidades y dimisiones?

Pero ya he dicho en más de una ocasión que nuestra Patria es algo más que un territorio, que una geografía, ya que su esencia es una historia compartida, una cultura centenaria, un patrimonio espiritual; una cosmovisión de valores, principios, tradiciones y costumbres que nos han hecho ser quienes somos y como somos. Desde este punto de vista, defender España es combatir por tierra, mar y aire todas aquellas abominaciones, traiciones, perversiones y corrupciones que pretendan ultrajar esta memoria colectiva.

Por ejemplo, también deberíamos poner nuestras picas en el imperio de la LGTBI, cuyos contravalores afectan a la familia tradicional española; y también en los dominios del anticatolicismo, combatiendo a las catervas cristofóbicas que pretenden destruir nuestro patrimonio espiritual; incluso, deberíamos poner una pica en el corazón de los cosos taurinos para defenderlos del acoso de los radicales.

Personalmente, siempre he estado en contra de la tauromaquia, pero considero un deber defenderla por ser una tradición genuinamente española.

Y, ¿qué decir del alevoso lavado de cerebro de que es víctima la juventud española en los centros de enseñanza, que transmiten una historia totalmente tergiversada sobre nuestra epopeya americana, sobre el Alzamiento Nacional, sobre la España de Franco, y sobre tantos hechos de nuestra historia, siempre envuelta en la mentira de nuestra leyenda negra? ¿Cuándo clavaremos allí nuestras banderas, desenmascarando toda la basura progre, denunciando los libros de texto tendenciosos, el laicismo agresivo con el que se quiere adoctrinar a nuestros hijos?

Es así como deberíamos clavar nuestras picas patrióticas en todos aquellos dominios, instancias y espacios que pretendan agredir la Hispanidad, en todas sus formas, desde una sencilla romería que quieran prohibirnos, hasta la negativa a celebrar la conquista de Granada; desde cambiar alevosamente el nombre de una calle dedicada a un héroe o un mártir de la España una, grande y libre, hasta intentar arrebatarnos un templo católico para convertirlo en economato; desde calificar la epopeya americana de genocidio, hasta calificar de presos políticos a los golpistas catalanes.

Y, especialmente, llegará el día en que los patriotas tengamos que clavar una pica en el Congreso de los Diputados y en el Ministerio de Hacienda, cuando se pretenda resolver la crisis catalana dándole todavía más autogobierno a Cataluña, y una mejor financiación: o sea, un «cuponazo» a la vasca, para que las dos comunidades más ricas de España, que forjaron su riqueza explotando, robando y saqueando al resto de las regiones, amparadas en privilegios y monopolios, se nieguen a compartir el tesoro de ese despojo intolerable con el resto de España, víctima de sus depredaciones.

Si somos capaces de poner estas picas en el corazón de los infiernos antiespañoles, esas impolutas banderas que ahora lucen con orgullo en balcones y manifas se marcharán de barro, es posible que de sangre, pero recordemos aquella frase: «Bandera vieja y rota, al regimiento da honra».