Inicio Actualidad Berenice en Nueva York

Berenice en Nueva York

Pocas ciudades hay en el mundo tan fotogénicas como Nueva York. Eso lo tuvo muy claro Berenice Abbot (Springfield, Ohio, 1898–Monson, Maine, 1991) cuando abandonó su poblacho de la América profunda para instalarse a los 18 años en el Village neoyorquino, donde se ganó la vida como modelo de artistas hasta que el gran Man Ray -del que sería su ayudante entre 1923 y 1926- la convenció para que hiciera sus propias fotos. La arquitectura de la época fue su principal fuente de inspiración, aunque siempre le quedó tiempo para retratar a sujetos anónimos que detectaba en la calle. También brilló en los retratos, generalmente de personajes conocidos a través de su vida social, que fue muy notable (nada más llegar a Nueva York hizo amistad con luminarias como Djuna Barnes, Edna St. Vincent Millay o Marcel Duchamp): mi favorito es el del pintor Edward Hopper, un hombre que no se parecía en nada a sus cuadros y que con su calva y su porte orondo más bien parecía el jefe de una sucursal bancaria.

Ese retrato forma parte de la estupenda y completísima exposición que la Fundación Mapfre dedica estos días a Berenice Abbot -cerca de 200 fotografías, más 11 de su ídolo, el francés Eugene Atget, positivadas por ella misma en los años 50 tras haber adquirido los negativos de un montón de obras del gran retratista de París, ciudad en la que, como Berlín, pasó una breve temporada a mediados de los años 20-, comisariada por Estrella de Diego y con un catálogo de obligada adquisición si uno quiere repasar tranquilamente en casa las imágenes que le han fascinado en las paredes de la fundación (hay que ver lo bien que edita esta gente, por cierto).

La arquitectura  fue su fuente de inspiración, pero también retrató personajes anónimos

Las fotos que Abbot tomó en Nueva York concentran en una eficaz mirada la sensibilidad de la artista con el asombro del turista, lo cual les confiere un entrañable prisma de pueblerina deslumbrada, claramente emparentable con los comentarios de Josep Pla en sus paseos por Manhattan (el mejor, pronunciado en Times Square, cegado por las luces de la plaza mayor de Occidente, es el famoso: I totaixò qui ho paga?). Pero la pueblerina era muy espabilada y se hizo suya la ciudad en muy poco tiempo, convirtiéndose rápidamente en la alternativa moderna y juvenil al canónico (y excelente) Alfred Stieglitz. Le pasó lo mismo con los retratos, que enseguida se especializaron en captar el alma, si tal cosa es posible, de los retratados: el que más se ha visto es el de James Joyce, que es casi de publicación obligada en cualquier artículo sobre el escritor irlandés.

               La exposición incluye también muestras de su apuesta por la abstracción en los años sesenta, con unas piezas magníficas que juegan con la luz de una manera muy ingeniosa, sacándole al blanco y negro unas posibilidades imprevistas en su rotundidad, que algo parece deber al cine expresionista alemán. Y la propina de las fotos de Atget se agradece enormemente.

Man Ray y Lee Miller  

Aunque siempre se ha afirmado que Berenice Abbot fue, además de ayudante, también amante de Man Ray -un hombre que estaba a la que saltaba y que consiguió los favores de una de las mujeres más guapas de todos los tiempos, la también excelente fotógrafa Lee Miller-, la experiencia no debió resultarle especialmente memorable, pues nuestra heroína se instaló en un loft del Village en 1935 con su novia, la crítica de arte Elizabeth McCausland, con la que vivió hasta el fallecimiento de ésta en 1965. Sola en la vida, la mujer que había unido su existencia a la ciudad de Nueva York, abandonó esa ciudad para siempre y se retiró al pueblo de Monson, en el estado de Maine, donde pasó sus últimos años.

Personaje fundamental de la fotografía norteamericana del siglo XX, la exposición -ideal para barceloneses propensos al ‘New York stateofmind’, como quien esto firma- y su correspondiente catálogo nos acercan a la vida y la obra de una mujer que sabía mirar y que basó en esa mirada su condición de artista y, sobre todo, de ser libre que supo hacerse notar en una época mucho más machista que la nuestra.