Café en prisión a 23 céntimos

Cárcel de Estremera, tarde del sábado, 2 de diciembre. Llega Carles Mundó al locutorio 1, unos segundos antes de que Oriol Junqueras haga lo propio en el box 6. Mundó se pertrecha bajo varias prendas de abrigo, no en vano en el exterior la temperatura coquetea muy seriamente con los cero grados. Mundó entra a la zona de su lado del cristal y saluda risueño. No se sentará en ningún momento de la visita, en esos 50 minutos que dura. Desde el box en que Junqueras, resfriado, atiende, llegan a veces las risas de la reunión con Mundó. Cuando finaliza, abruptamente, el tiempo, los contertulios del ‘exconseller’ coinciden en subrayar su buen humor, aunque comparten una confidencia: “Prefiere pensar que el lunes lo sueltan, aunque si no es así, el golpe será duro”.

Mundó es un tipo muy querido en el partido. Fue, incluso, una de las opciones que se barajó para sustituir a Junqueras cuando se empezaron a trazar los planes de contingencia por si inhabilitaban al entonces vicepresidente. Eso, claro está, hasta que se vio que también los ‘consellers’ iban a recibir lo suyo.

En la crisis de Govern de julio, cuando Marta Pascal, ante la ‘escabechina’ de ‘consellers’ posconvergentes, pidió la cabeza de uno de ERC, para maquillar el resultado, Junqueras le dijo a Carles Puigdemont que solo aceptaría que saliera alguien con carnet de Esquerra. Nunca un independiente. Eso fue lo mismo que decir que o él mismo o Mundó. El entonces ‘president’, que mantuvo siempre una excelente relación con el titular de Justícia, decidió, finalmente, no cobrarse la cabeza de ningún republicano.

Chascarrilos carcelarios

Este martes, después del acto de la cárcel Modelo, el corrillo de personas de ERC alrededor de Mundó superaba la veintena de miembros. Desde la mesa de prensa llegaban frecuentes carcajadas, y otras veces, explícitos silencios. Contó, por ejemplo, que en prisión “un café cuesta 23 céntimos”, más barato aún que en el Congreso, todo un hito. Y sin entrar a valorar a fondo la calidad de la comida (“muchos fritos y todo sabe a lo mismo”), reconoció que “el bocadillo de atún de lata era un recurso” y que comió bastantes. 

Curiosamente, dentro de la cárcel no hay hurtos. “Puede uno dejarse una tarjeta telefónica en una mesa y nadie la tocará”. No porque los reclusos sean escandinavos o japoneses, sino porque en caso de denuncia es todo el módulo el que recibe el castigo. No tardó a extenderse que él era abogado, con lo que se montó una consulta improvisada en la que los reclusos le pedían “consejo o instrucciones”. Y claro, el fútbol. “Muchos eran del Barça, sobre todo los extranjeros”.

Cartas con dibujos de niños

También más de 480 horas han pasado juntos en la misma celda Jordi Turull y Josep Rull. La experiencia, relata Rull a sus allegados, ha sido humanamente muy dura. En prisión han tenido tiempo para leer los centenares de cartas que les han llegado, algunas con dibujos de niños, la principal gasolina para el ánimo entre rejas. Tanto es así que ambos recomiendan seguir enviando cartas a Junqueras y Joaquim Forn y también al ‘president’ y los ‘consellers’ cesados que están en Bruselas. Rull y Turull, que no pertenecen a la misma familia política dentro del PDECat, han tenido tiempo de conocerse a fondo en esas hora de celda.

Horas de recibir cartas, de leer (salvo cuando empezaba a anochecer, porque no había luz suficiente) y de matar el tiempo viendo la tele, informativos y series como ‘La que se avecina’ y ‘Rex’, un policía diferente. Sin móvil, también tenían tiempo de escribir, letra a letra, los mensajes que querían tuitear. Rull y Turull tienen buenas palabra para la profesionalidad de los funcionarios de la cárcel de Estremera.

La relación con el resto de internos ha sido buena. Tanto es así que recibieron un caluroso aplauso de despedida de los presos del módulo cuatro. Rull ha destacado por su habilidad con el pimpón frente a un interno vietnamita. Otro le explicó sin pestañear que le arrancó la lengua y le rompió la mandíbula a un individuo que le debía dinero por drogas. El ‘exconseller’ se quedó pasmado.

“Normalmente no preguntabas los delitos -relata Turull-, pero había mucha humanidad. Fuimos uno más y cuando te vas de allí, pese a lo que se dice de los políticos, todos se te abrazan y aplauden. Reconforta mucho”. 

Lo más duro ha sido para ambos no tener el contacto con la familia. Por ello, lo primero que han hecho este martes ha sido, en el caso de Turull, llevar a su hija pequeña al colegio- Y Rull, abrazar fuerte y comerse a besos a sus dos hijos de 8 y 3 años.

Con la moral alta

Políticamente, los dos proclaman que salen de este tiempo entre rejas con la moral alta -pese a la dureza de la experiencia vivida-. “Hemos salido de la cárcel con la misma dignidad con la que entramos y con las mismas convicciones. Nuestros ideales, siempre por vías pacíficas y democráticas, los defenderemos”, narraron. Y todo ello, relata Rull, sin albergar en su interior ni un ápice de resentimiento o rencor. Tomando prestado un título del gran periodista fallecido el pasado febrero Carles Capdevila, ha recomendado: “Digámonos cosas bonitas”.

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