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Carta de un hombre enfermo: «Quizás haya sido uno de los primeros casos de Covid-19, pero no me fue detectado porque en febrero aún no se buscaba»

Ramón Arenillas.- El 25 de enero fui ingresado en el hospital con una neumonía. Pese a mi EPOC hacía más de tres años que no sufría ninguna exacerbación, pero este invierno ya fue inevitable. Como les había relatado a los médicos, creía que todo había empezado con una infección en la boca, la cual insistió y persistió hasta que la neumonía fue sanada. La estancia se prolongó hasta el 5 de febrero y volví a casa, más o menos recuperado.

Me reincorporé a mis trabajos habituales, y sobre el 14 de febrero empecé a sentir un dolor desde la garganta a la tráquea, que no me permitía tragar y que por prescripción médica había que tratar con unas simples pastillas, en definitiva, con caramelos suavizantes.

Cada día iba a peor, sentía que me faltaba el aire y me fatigaba con más facilidad de lo habitual. El 20 de febrero fui a ver a mi médico de cabecera, pero no me encontró nada. «Debe ser mi paranoia con la salud, doctor, siento haberle molestado», le dije y me volví a casa.

Por la tarde, como otras muchas, tras pasear a mis perros quedé en casa de mi vecino para tomar un café. Le comenté que pese a haber ido al médico no me encontraba bien. «Bueno, vete a casa, descansa y no prepares la cena que ya te la hago yo», me dijo. Sobre las 19 llamé al hijo de la señora que me ayuda en las tareas domésticas para que viniera a buscar a los perros, porque me quería ir al hospital.

Yo estaba sentado, con el oxígeno puesto a la máxima potencia, pero aun así me faltaba. Mi vecino pudo ver a qué velocidad me estaba deteriorando. Llamamos a emergencias y mientras me introducían en la ambulancia yo me desvanecía. Tras ello, nada. Ni oscuridad, ni silencio, ni tiempo, sencillamente la nada.

Algo taladrándome la tráquea me trajo de allí, sentía mi cuerpo convulsionar mientras me forzaban por la garganta hasta llegar a los pulmones, abrí los ojos mientras me punzaron el antebrazo izquierdo e introducían algo que, poco a poco, llegaba hasta mi corazón.

No podía moverme, la garganta me ardía, giré la cabeza y vi una cara enmascarada. Parpadeando intentaba llamar su atención y escuché: «este se ha despertado». De inmediato volvió la oscuridad, el silencio y el tiempo se volvió a marchar.

Un lejano ajetreo y unos «bit-bit» me despertaron. Abrí los ojos y me recibió una cara amable que con mucha ternura se dirigió a mí. «Hola, soy la jefa de la UCI. Veo que te has despertado muy bien de la anestesia», me dijo cogiéndome de la mano. «Ahora estás entubado, sé que es muy molesto, pero estás reaccionando muy bien por lo que en un rato veremos si te los quitamos. Has estado muy mal, pero te repito, estás reaccionando muy bien». En ese momento entró mi hermana. Me cogió la mano con una hermosa sonrisa rodeada de una cara de preocupación y las lágrimas llenaron mis ojos.

Tras cinco días en la UVI fui trasladado a planta en el Hospital de Toledo, desde allí, a mi instancia, al HM Torrelodones, más cercano a mis familiares. El 7 de marzo empeoré gravemente y se detectó la presencia de «stenotrophomonas maltophilia», una de las denominadas infecciones hospitalarias, que ataca a pacientes con larga estancia y tratados con antibióticos de amplio espectro.

Quizás haya sido yo uno de los primeros casos de Covid-19, pero no me fue detectado porque en febrero aún no se buscaba en los análisis. He tenido suerte, pues el 18 de marzo, cuando me dieron el alta, la pandemia se cebó en la población colapsando los centros.

Justamente mi alta fue propiciada por el temor de los médicos a que fuera contagiado por el virus si permanecía ingresado, entendiendo, con prudencia, que estaría más aislado en mi casa, una localidad de 400 habitantes alejada de las grandes urbes.

A mediados de abril, y por sugerencia de la veterinaria de mis perros, decidí hacerme una prueba y resultó que había tenido el Covid-19. Sorprendentemente, he sobrevivido al virus que deduzco debió ser el responsable de mi ingreso por aquel 20 de febrero en la UCI. A fecha de hoy continúo recuperándome, gravemente afectado por las secuelas, que han afectado a mis ya de por sí maltrechos pulmones y corazón.

* Ramón Arenillas Lorente vive en Ciruelos, Toledo.