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Carta del hijo de una víctima mortal: «Nadie parecía tener derecho a saber si ya estaba libre de virus. Nosotros lo supimos a 200 euros la prueba»

Daniel García.- Leo las diferentes historias que publican los afectados, todas tan diferentes como los perfiles de víctimas y los síntomas que este maldito virus provoca. Pero hay algo en lo que coinciden: veo con pavor que no soy el único que sufrió la desinformación y el abandono de las instituciones.

Tengo 33 años y vivo en Madrid, al igual que mi hermana de 26. La semana que esto estalló y el confinamiento comenzó yo tenía vacaciones, pero todo se precipitó tan rápido que el jueves 12 de marzo cancelamos el viaje de esquí que tenía para el día siguiente. El plan b era bajar a Córdoba, al pueblo, a visitar a la familia. Sin embargo, el viernes 13 en Madrid todo iba a peor y los informativos se llenaban de noticias clamando la irresponsabilidad de los madrileños por escapar de la ciudad. Eso, unido al miedo de llevarle el virus a mi familia (mis padres, mi hermano de 37 con mis dos sobrinos pequeños y mi hermana de 30 embarazada de 5 meses) hicieron que definitivamente decidiera quedarme en casa para lo que pensábamos que serían solo dos semanas.

La única persona de la que me preocupé fue mi abuela, que con 87 años y asmática era la definición típica en la que los políticos insistían. Recuerdo la preocupación de mis padres por «los niños» que estaban en Madrid, cómo le quitamos importancia a la febrícula y lo floja que estuvo mi hermana un par de días porque los síntomas inequívocos eran tos y fiebre. Ya se encargaban de repetirlo los políticos y la televisión.

Ese mismo fin de semana mis padres empezaron a sentirse mal del estómago, con diarrea y cansancio. Nada que preocupase, total, ese bicho estaba en Madrid y provocaba fiebre y tos. Además, no habían viajado y en mi pueblo no había casos. A mi padre se le sumó luego la fiebre. Tras tres días con fiebre alta, ya preocupados, fueron al médico. Saturaba a 86. Aquel día conocí ese término, en lo que sería el comienzo de un máster en coronavirus que hice a base de leer y apoyarme en unos increíbles amigos médicos que tengo.

Papá fue de cabeza al hospital. Sin saberlo, aquel momento sería el inicio de una pesadilla. El coronavirus estaba ya en el cuerpo de mis dos padres y mis dos hermanas, aunque eso lo supimos después a base de palos y muchos euros gastados en la sanidad privada.

Dejaron a mi madre ingresar con él incluso cuando le confirmaron el positivo. Eran los primeros días, su hospital no tenía muchos casos y valoraban que por apoyo psicológico era mejor que estuviesen acompañados. Por desgracia, sirvió de poco, ya que mi padre empeoró tan rápidamente que en 24 horas ya estaba en la UCI, sedado e intubado. Es entonces cuando mi hermana y yo vamos a Córdoba y descubrimos, una vez más en contra de lo que decía, que una vez que el coronavirus entra en una casa esa familia está condenada a buscarse la vida sola.

Desde un primer momento decidimos que nosotros nos ocuparíamos de mi madre, ya que tenía que estar aislada. Se le negaba la prueba pero todos la dábamos por infectada. La prioridad era proteger a mis sobrinos y a mi hermana embarazada. Así que, lejía en mano, llegamos a casa, mi madre se enclaustró en su dormitorio y nosotros vivíamos en el resto de la casa.

Es entonces cuando comenzamos a buscar ayuda, desesperadamente y obedeciendo instrucciones de los políticos, e intentamos contactar con los teléfonos de ayuda. Mi madre se sentía mal pero sin fiebre y mi hermana embarazada estaba resfriada. No tardamos en comprobar que nunca recibiríamos ayuda de ese sistema. Ni pruebas ni llamadas de seguimiento, y eso que era una Comunidad Autónoma poco afectada.

No había pruebas para nadie en la seguridad social, sin embargo por lo privado no había problema, solo hacía falta cartera. En la televisión decían que estaba todo el sistema privado intervenido pero, una vez más, mi realidad decía otra cosa. Fueron cayendo los positivos. Mi madre, además con neumonía; mi hermana embarazada y mi hermana pequeña, que vino infectada de Madrid. A ella se lo hicimos porque en algún sitio escuchamos que un síntoma era la pérdida del gusto y el olfato. Ella lo había perdido desde que se sintió enferma diez días atrás, en el famoso 8M. En los teléfonos de ayuda negaban que ese síntoma fuese del virus y el doctor Simón seguía insistiendo en tos y fiebre. Es entonces cuando ya me doy por infectado, aunque yo no desarrollaba síntomas.

Lo siguiente fue el ingreso hospitalario de mi madre y el comenzar a sentir el señalamiento en el pueblo, otro daño colateral del que se ha hablado poco en los medios. El miedo y la ignorancia son malas consejeras. Por suerte, casi todas las situaciones más incómodas y dolorosas las viví yo solo, al ser el que salía a comprar.

A final de marzo mi madre recibió el alta del hospital y mi hermana pequeña ya dio negativo en PCR. Creíamos que la suerte comenzaba a rozarnos, qué ilusos. El 2 de abril llegó la peor noticia. El día que para los informativos quedaría como el pico de la epidemia, el día que murieron 950 personas, detrás de ese escalofriante número se rompían 950 familias, entre ellas la mía.Tras 15 días de UCI, papá no pudo más. Tenía solo 62 años, sin patologías.

Jamás olvidaré el final tan injusto y triste. Solo tres personas despidiéndolo, ni siquiera sus cuatro hijos y su mujer. Demasiado duro para ser verdad. La capacidad humana de adaptación es increíble. Allí estaba yo junto a dos de mis hermanos, escuchando cómo un cura le daba un responso de diez mientras entraba al crematorio. Fue el único momento que vi a mi hermano mayor en todo este tiempo. Ni familia, ni amigos, ni abrazos. Las cenizas se recogían al día siguiente o se enviaban como un paquete.

Para entonces todo el mundo sabía que no era una gripe, ya se hablaba de más síntomas, se conocían muchos casos de gente joven y casi todo el mundo conocía a alguien afectado. La información llegó con la mano bien abierta. Saqué a mi madre de su aislamiento, total, para todo el mundo yo era un infectado asintomático, no tenía nada más que temer.

Quedaba por delante una pena inmensa, mucha soledad y conseguir que el sistema confirmara que mi madre y hermana estaban curadas. Es cuando nos volvieron a negar las pruebas. Nos decían que contasemos 14 días desde el final de los síntomas a la vez que alguna ministra continuaba dando positivo tras más de 40 días. Para ella con sintomatología leve había PCR semanal, para mi madre con neumonía bilateral ni una que le ayudase a diferenciar qué malestar le venía del virus y qué de la pena inmensa de quedarse viuda. No le veíamos sentido. Tampoco había prueba para mi hermana, que llegó a estar en la situación de ver que le negaban revisiones de su embarazo por ser positiva pero el epidemiólogo no le indicaba la PCR que le confirmase su negativo. Dantesco.

Cada día, en el macabro recuento de cifras, los periodistas acababan con el dato de curados de las últimas 24 horas. Serían en todo caso posibles curados, ya que nadie parecía tener derecho a saber si ya estaba libre de virus. Nosotros lo supimos a 200 euros la prueba. Yo volví a rascar la cartera y di negativo tanto en anticuerpos como en PCR. Inexplicablemente nunca me contagié del virus más contagioso que tiene a la humanidad encerrada. Fui el único de mi familia que se salvó. Con el negativo de todos volví al anonimato de Madrid. Nos trajimos a mamá. A llorar aquí, solos, pero no señalados. Papá, nunca te olvidaremos.

* Daniel García Vázquez vive en Madrid. Los hechos que narra ocurrieron en Puente Genil, Córdoba.