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Carta del hijo de una víctima: «No olviden nunca lo que hemos vivido»

Ricardo Carrano.- Corría el 14 de marzo en la ciudad de Toledo, el tiempo parecía haberse detenido y nuestro país comenzó a pararse también. Recuerdo que esa semana comenzamos a sentir cerca la amenaza del virus y la información, por sesgada que llegase, sentaba como un jarro de agua fría que nos empezaba a asentar los pies sobre el suelo.

Fue un día que a nadie dejó indiferente y en el que mucha gente, sin saberlo, se contagió de una infección que acabaría con su vida en las semanas más trágicas de esta pandemia y en la que los negocios echaron el primer cierre que ahora no consiguen levantar. En la que la libertad de movimiento y el poder mostrar afecto cercano desaparecieron.

Nuestro caso fue distinto y ahora diríamos incluso que fuimos afortunados. Afortunados por ser rápido, silencioso, humano y, sobre todo, porque -pese al cristal- pudimos despedirnos con el respeto y la admiración que merece.

Para nuestra familia la vida comenzó a darnos un vuelco inesperado cuando ingresaron a mi padre y, solo 24 horas después, lo trasladaron a la UCI. Comenzábamos a decirle adiós.

Cuando quienes lo atendían pasaban cerca, conociendo de primera mano el desenlace que tendría mi padre, asumían en su mirada una culpa que en realidad nunca fue suya y comenzaron a ser incapaces de acompañarnos con esa mirada, porque esperaban tristes e impotentes el final.

Jamás olvidaré cómo ese mismo 14 de marzo amanecimos con un gran contingente de personal médico que se trasladaba de forma vertiginosa a un hospital que ya se había vaciado y que se preparaba para lo peor. Pese a su desconocimiento del hospital y sus salas, la nueva plantilla sabía cuál era su misión y estaba dispuesta a dejar su piel por cumplirla. En ese momento, sin aún haber recibido malas noticias, nuestras lágrimas ya caían pensando en la crisis sanitaria que se abalanzaría hacia nosotros y hacia todos nuestros compatriotas.

Días después recordamos la mirada del equipo médico que desde el jueves luchó por mi padre y contra este maldito virus. Ellos, valientes y profesionales, se enfrentaron a lo inesperado, a una amenaza potente y silenciosa e incluso hasta a ellos mismos. Esas almas y ángeles de la guarda cuidaron de mi padre y de nosotros hasta hoy. Jamás podré olvidar ni parar de admirar su valentía, su humanidad y su entereza profesional.

No puedo dejar de pensar en que el personal del complejo hospitalario de Toledo fue el único que semanas y meses más tarde se preocupó por nosotros y que aún con mucha pandemia por delante, dedicó unos minutos en escribirnos, llamarnos y sobretodo en darnos voz.

Donde otras administraciones solo han sabido hablar y acallar a los que todavía tienen fuerzas para protestar, o que en vez de apoyo y preocupación solo ponen requerimientos, trámites e impuestos que liquidar.

Esas semanas nos enseñaron a todos cómo realmente aprende la ciencia y cómo -aún en el siglo XXI- podemos quedar despojados de capacidad de reacción, sin palabras y, pese a todo, seguir adelante.

Porque esta pandemia ha dejado muchas víctimas directas y daños colaterales. Pero por desgracia y naturaleza humana, las más dolidas y con verdaderas pérdidas irreparables permaneceremos calladas. Gastando nuestras únicas energías en mantener vivo su recuerdo.

Es por ello que hago desde aquí un llamamiento a las administraciones y a la opinión pública para que no olviden nunca lo que hemos vivido. Todas las muertes son injustas, pero no hay sentimiento más triste y duro que tener que afrontarlo en soledad y de una forma tan rápida y violenta. Es por ello que todos merecen un respeto, una memoria y una compasión extraordinaria.

Ahora sí contamos con las herramientas e información para, al menos, detener la propagación del virus. Así que seamos responsables, parémoslo unidos y honremos a los que fallecieron para hacernos abrir los ojos, como mi padre. La salud es lo primero.

* Ricardo Carrano Martín tiene 21 años y vive en Olías del Rey, Toledo.