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Carteles camaleónicos

La Panadería de la Concepción (Girona, 74) no despecha una hogaza hace años. Hoy alberga una firma para la prevención de riesgos laborales.

Las ciudades tienen piel de reptil. Estás unos meses sin pisar un barrio o determinada calle y, cuando la revisitas, es probable que alguna tienda haya pasado a otras manos. En los años más duros de la crisis, la Diagonal daba pena por la profusión de letreros que anunciaban un cierre o un traspaso. Cambia, todo cambia. Pasa la vida, y las historias acumuladas se superponen sobre los viejos ladrillos como estratos geológicos. Ciertos comercios de Barcelona, sin embargo, conservan los antiguos rótulos de la fachada aun cuando el negocio haya cambiado drásticamente de orientación, como es el caso de Sagrista’s (paseo de Sant Joan, 87), un establecimiento histórico dedicado a la venta y reparación de instrumentos musicales que mutó en bar hace medio año. O Auto-Rosellón (Rosselló, 182), un antiguo taller de coches transformado en casa de comidas. O bien la ferretería centenaria Casa Ràfols (ronda de Sant Pere, 74), que reabrió el pasado verano después de cinco años cerrada, 11 meses de obras y 43 kilómetros de cable nuevo. Ahora es un restaurante.

Resultaría imposible verter aquí un catálogo exhaustivo de las rotulaciones conservadas. Las líneas que siguen son tan solo una aproximación, algunos ejemplos atesorados a golpe de azar y paseos sin rumbo más que por una búsqueda deliberada. Uno de ellos se encuentra bien cerca de la redacción de EL PERIÓDICO: la Panadería de la Concepción (Girona, 74). Hace años que ya no se despacha una hogaza —el local alberga hoy una firma para la prevención de riesgos laborales—, pero el escaparate mantiene la ebanistería modernista, con sus volutas y fantasías vegetales, que enmarcan paneles de cristal con paisajes cereales, encima de los cuales puede leerse: “Pan de castilla” y “pan de lujo”. El interior del establecimiento, diseñado alrededor de 1900 por Josep Suñer, conserva también las baldosas hidráulicas y el mostrador de madera original.

Justo un poco más arriba (Girona, 91), desapareció hará cosa de un par de semanas un dintel de madera que decía “Corsés” bajo una plancha metálica donde reza ahora “Biscuits Barcelona”. El dueño de la bombonería explica que intentó recuperar el letrero antiguo pero, arruinado por la carcoma y la humedad tras décadas de intemperie, optó por dejarlo donde estaba, justo debajo del nuevo rótulo.

Edificios catalogados

La mayoría de las veces es el Ayuntamiento quien obliga a respetar la cartelería antigua en función de si el edificio está catalogado por el Institut del Paisatge Urbà, creado en 1997. Por fortuna, ahora se vela por el patrimonio urbano. La ciudad ha sido testigo de atrocidades que no vienen al caso, pero, ay, si los contenedores y algún vertedero hablaran… Durante algunos años, ha estado de moda el llamado fachadismo según el cual las inmobiliarias, con el beneplácito municipal, procedieron a demoler viejas fincas conservando la carcasa de la fachada porque con ello garantizaban cierto caché y una posterior venta de los pisos nuevos a precios más elevados. Así se perdieron preciosos ejemplos de volta catalana.

El maltrecho letrero de la fábrica de naipes de la calle del Carme cobija ahora un ‘coffee shop’ 

Pero a lo que íbamos, a los carteles. Resulta casi un milagro que todavía se conserven el farol de forja, la tulipa de cristal y el doble mosaico que dice “Farmacia Laboratorio” en el número 8 de la calle Bruc, esquina con ronda de Sant Pere. La preciosa composición con teselas cerámicas data de 1925, de cuando el doctor Joan Viladot se hizo cargo del establecimiento, aunque la farmacia se había inaugurado veinte años atrás, en pleno fulgor modernista. Tras su cierre, el local pasó a manos de varias empresas del textil hasta que se la quedó la inmobiliaria de lujo Living, que pretende convertirlo en su sede comercial. La señorita al otro lado del teléfono confiesa que ya llevan dos años de obras bajo supervisión municipal y que no sabría aventurar una fecha de conclusión. En las idas y venidas, se perdieron por desgracia las pinturas del techo, obra de Eusebi Esquirol.

Camisería Bonet

También por precepto consistorial se preserva la fachada de la camisería Hermanos Bonet (Rambla, 72), inaugurada en 1889 y que se mantuvo en la brega hasta el cambio de milenio. Situada enfrente del Liceu, ya no ofrece a los turistas los guantes, bastones y corbatas de que se abastecían los señores de la burguesía, sino figuras de Lladró, que vienen a ser una vuelta más refinada del souvenir kitsch. En la vitrina, toros bravos, Copitos de Nieve y una flamenca, con sus faralaes de porcelana, que vale 4.100 euros. El reclamo dice una cosa y dentro se despacha otra. El paseante no pierde la sensación de que las calles de Barcelona tienen mucho de decorado.

Muy cerca, la Llibreria i Arxiu Teatral Milla (Sant Pau, 21), fundada en el año 1900, mantiene el rótulo de la entrada reconvertido el local en la tienda de móviles Uniq Phone House. En el número 29 de la calle del Carme aún puede atisbarse, muy maltrecho, el rótulo de Fabricantes de Naipes de España, nombre comercial de la firma Sucesores Francesc Torras i Lleó y uno de los vestigios de que la ciudad albergó algunas de las mejores estamperías de barajas de Europa. ¿Adivinan que se guarece bajo el dintel? Pues un fumadero de marihuana.

Otros establecimientos mantienen sus carteles antiguos por voluntad propia o barcelonismo militante, como es el caso de la librería No Llegiu (Pons i Subirà, 3) y la gastrococtelería Balius (Pujades, 196), ambas en el Poblenou. Fueron respectivamente una boutique de moda y una droguería perfumería muy arraigadas en el tejido social del barrio.