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Casado aparta a Cospedal del PP

La filtración de que la ex secretaria general del PP María Dolores de Cospedal encargó al ex comisario José Villarejo espiar al hermano del ex ministro Alfredo Pérez Rubalcaba provocó ayer la reacción «in extremis» de la dirección nacional del PP para cortar el desgaste para las siglas que estaba suponiendo esta crisis y el coste que empezaba a suponer también para el crédito del liderazgo de Pablo Casado.

La intención de Cospedal era seguir resistiendo, y para ello contaba con el apoyo de sus afines, muchos de ellos ex ministros de Mariano Rajoy, colocados en sitios clave dentro la nueva cúpula popular en pago a los favores prestados por la ex ministra en la batalla congresual en la que se decidió el relevo de Mariano Rajoy al frente de la organización política.

Pero la novedades publicadas ayer en el portal Moncloa.com hicieron saltar por los aires el aguante de Génova. Por la mañana Cospedal fue convocada para que acudiese a una reunión en la sede nacional del partido, donde la recibió el secretario general, Teodoro García Egea. De ser por Génova y por la opinión mayoritaria del partido, la salida habría sido su retirada de la política, con abandono de escaño y de la presidencia de comisión que ocupa en el Congreso de los Diputados. Pero el acta es suya, y si ella no cede tampoco hay manera de quitarle la presidencia de esa comisión parlamentaria que recibió tras el Congreso del PP de julio. Aunque la decisión de que ocupe ese puesto fue de Casado, en respuesta a su apoyo durante el Congreso de julio, ya es un cargo institucional al haber sido votado por todos los miembros de ese órgano parlamentario. Ante su resistencia a ceder el paso, Génova llegó ayer hasta donde estaba en su mano, retirarle la vocalía en el Comité Ejecutivo del partido que también ocupaba por decisión directa de Casado. No es todo lo que se esperaba en la formación, pero a Casado le vale como gesto de autoridad para marcar una distancia «imprescindible» con una situación que afectaba ya a su crédito dentro del partido.

La crisis abierta por las filtraciones sobre la relación de Cospedal y su marido con el ex comisario Villarejo ha abierto a Génova varios frentes internos, además del posible coste reputacional ante la opinión pública. Por un lado, ha desestabilizado la unidad que Casado ha cuidado desde que asumió la dirección nacional. La información sobre que Cospedal, como «número dos», se había planteado junto con su marido contratar los servicios de Villarejo para espiar al «número tres» de entonces, Javier Arenas, cayó en el PP como una bomba nuclear. No hay excusa para justificar ese comportamiento que pone en cuestión las reglas y códigos internos de la organización. En el PP no hay ya «sorayistas», pero sí hay todavía muchos cargos territoriales de la cuerda de Arenas, aunque éste ya no tenga ninguna responsabilidad en las tareas de Organización. También quedan cargos cercanos a Cospedal, y el problema para la dirección nacional estaba, sobre todo, en que a sus principales afines les había colocado en puestos de mando en la negociación de reparto de poder del Congreso de julio. El pulso con ella afectaba a los equilibrios en la cúpula, con cargos de relevancia en manos de dirigentes que fueron en la candidatura de la ex ministra que tumbaron en primera votación los militantes, por ejemplo la portavocía en la Cámara Baja.

La fortaleza de Casado descansa sobre todo en su promesa de ofrecer un liderazgo nuevo, regenerador, que marque un antes y un después con la etapa anterior. Y cargos territoriales estaban advirtiendo de que Cospedal era un lastre para mantener esa imagen, como informó ayer este periódico.

Casado gana tiempo y autoridad interna, bajo el riesgo de que nuevas revelaciones hagan insostenible que Cospedal mantenga su escaño en la bancada popular. Entre el poder territorial son mayoría los que creen que debería haberse retirado del todo, abandonando su escaño, igual que hicieron en su día Mariano Rajoy o Soraya Sáenz de Santamaría. Incluso en su comunidad autónoma, el feudo manchego, se marcan distancias con quien fuera su «número uno» y hasta presidenta del Gobierno regional.

Pero también hay cargos que se posicionaron de su lado en la batalla congresual y que continúan defendiendo que el partido tiene la obligación de ofrecerle una salida digna después de los servicios prestados.