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Catalunya no es ‘Borgen’

“Un príncipe ha de saber que el partido más seguro es ser temido primero que amado”. Esta sentencia maquiavélica es el punto de partida del episodio de la serie ‘Borgen‘ en el que (‘spoiler’ inofensivo) su protagonista, la moderada Birgitte Nyborg, líder del tercer partido de Dinamarca, acaba convertida en primera ministra tras unas astutas negociaciones en las que consigue romper los tradicionales bloques ‘rojo’ y ‘azul’. Típico se está haciendo el tópico de comparar el escenario que puede abrirse en Catalunya tras el dictamen de las urnas con esta ficción nórdica. Incluso dos presidenciables, Miquel Iceta y Xavier Domènech, han sido bautizados por sus respectivas claques como ‘candidatos Borgen‘, por aquello de que pueden tener la sartén por el mango a partir del día de la lotería.

Sin embargo, lejos del pragmatismo danés, la política catalana corre serio peligro de emular a la España del 2016, la del bloqueo de los bloques. Los candidatos al 21-D siguen guarecidos en las trincheras después de la primera semana de campaña, a pesar de que los sondeos les están advirtiendo de que podrían ser imprescindibles acuerdos transversales para alumbrar el nuevo Govern. Si esas encuestas no han enloquecido y todos los aspirantes convierten en infranqueables las líneas rojas fijadas hasta ahora, Catalunya quedaría abocada a una repetición electoral. Una amenaza agudizada durante este puente por las implosiones que se han desatado en cada uno de los bloques.

¿Juntos otra vez?

Pocos dudan de que si las fuerzas independentistas vuelven a sumar 68 escaños, repetirán singladura pese al fracaso de la última legislatura. Pero ERC transita por esta campaña con una candidata in péctore sin ‘punch’Marta Rovira, y carente de la holgura demoscópica de meses anteriores. Debilidades que Junts per Catalunya (o digámoslo más claro, Carles Puigdemont) ha aprovechado para hacerle saber que reclamará la investidura aunque quede por detrás de los republicanos. Si la distancia entre ambos es escasa, como apuntaba el último sondeo del GESOP para EL PERIÓDICO, el posconvergente podría hacer valer su condición de “presidente legítimo desde el exilio” frente a un Oriol Junqueras que difícilmente podrá siquiera tomar posesión de su escaño.

El final de la tregua decretada tras el azote del artículo 155 de la Constitución puede emponzoñar las relaciones entre este matrimonio de conveniencia, y a ello hay que sumar que el haraquiri programático turbará seguro la entente con la CUP. Si hace dos años no pararon hasta noquear a Artur Mas pese a compartir la fe unilateral, los anticapitalistas (ahora con Carles Riera) siguen clamando en el desierto del rupturismo y obstinarse en el órdago es su principal condición para apoyar el futuro ‘president’. En cambio, los difusos planes de Esquerra y de Puigdemont consisten en bajar el diapasón secesionista, parar el reloj y avanzar en las estructuras de estado sin corsés temporales.

Melancolía del tripartito

La argamasa que diluiría todos estos obstáculos sería la consecución del anhelado 50% de los votos independentistas. Si no se da semejante hito y la CUP se cierra en banda, los ‘comuns’ serán el objeto de deseo (y de ‘pressing’). Domènech exhibe a diario las llaves de su casa como metáfora de la bisagra que quiere ser, pero avisa de que le echará el cerrojo a Puigdemont y a Inés Arrimadas. Solo deja entreabierta la puerta a Junqueras y a Iceta, con la melancólica esperanza de que repesquen el tripartito 2003-2010. Pero la calculadora demoscópica tampoco llega a 68 con una fórmula que, además, hace fruncir el ceño a ERC y al PSC.

Junqueras nunca ha querido saber nada de los socialistas y el escozor que ha provocado en Esquerra y el PDECat el apoyo de Iceta a la aplicación del artículo 155 enmaraña aún más la convivencia. Además, los planes del líder del PSC pasan por lanzarse a la investidura si los independentistas yerran en su intento, y aunque no logre batir a Arrimadas. La candidata de Ciutadans no podrá concitar apoyos más allá de socialistas y populares, mientras que Iceta puede permitirse aspirar a la querencia de todo el bloque constitucionalista más los ‘comuns’.

Pero la carambola a la que se aferra el PSC es endiablada, pues los tres apoyos que requeriría serían de enorme complejidad. Si Arrimadas queda por delante de Iceta y este insiste en no apoyar a quien etiqueta como “inmovilista”, los naranjas podrían pagarle con la misma moneda después. El popular Xavier García Albiol, con el asenso de Mariano Rajoy, apoyará a cualquiera de los dos, pero aupar a la Generalitat al PSC puede minar al presidente del Gobierno la ya de por sí tortuosa travesía de esta legislatura en minoría, haciendo renquear la muleta de Albert Rivera en el Congreso.

Agresividad creciente

Para neutralizar esta amenaza, Ciutadans necesita no solo ser la primera fuerza constitucionalista, sino también cosechar una distancia apreciable sobre el PSC, y que la suma entre naranjas y socialistas supere claramente a la de Iceta y los ‘comuns’. De ahí la creciente agresividad dialéctica entre Arrimadas y Domènech, tratando de empequeñecer el peso de los morados tras las elecciones. Si Ciutadans y el PSC acaban en empate técnico, como vaticinaba el GESOP, el candidato socialista ganaría legitimidad como presidenciable, aunque todavía le quedaría la asignatura más chunga: los ‘comuns’. Pablo Iglesias le ha señalado el camino esta semana: prohibido facilitar toda fórmula que incluya en el Govern a PDECat, Ciutadans o PPC.

Son las mismas líneas rojas con las que Podemos dinamitó la investidura de Pedro Sánchez el año pasado, pero esta vez contrastan con la voluntad expresada por Domènech de no ser el culpable de una repetición electoral en Catalunya, escarmentados por haber allanado el camino a la derecha con aquel bloqueo. Y el reciente divorcio forzado por Ada Colau con el PSC hace presagiar que la brújula morada orienta desde hace semanas en dirección a ERC.

A falta del segundo acto de la campaña, tensiones y vetos azuzan el temor a una Catalunya ingobernable. Pero ya advertía Maquiavelo de que “un príncipe siempre tiene una razón legítima para incumplir sus promesas”.