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Champeta colombiana en el bosque

Como cada domingo, el camino de Sant Llàtzer que se adentra en el parque de Collserola desde el barrio de Roquetes es un ir y venir de ciclistas, ‘runners’ con equipación fosforescente, abuelos buscando espárragos y familias que acuden a este privilegiado entorno a respirar el oxígeno que les permita sobrellevar otra semana en la ciudad. Tres vecinos se han detenido a conversar sobre ese viejo edificio que asoma entre los pinos. “Si los propietarios lo han abandonado y el ayuntamiento tampoco hace nada, me parece bien que esta gente lo cuide”, afirma uno de ellos. Los otros dos asienten, respiran hondo y siguen su paseo.

Can Masdeu es un edificio de cuatro plantas que a principios del siglo XX funcionó como leprosería y que llevaba más de medio siglo abandonado por su propietario, el Hospital de Sant Pau, cuando fue ocupado en el 2001. Sus actuales habitantes organizan cada domingo visitas para explicar la historia del recinto y sus actividades. Can Masdeu nunca quiso ser una okupa hermética. “No queremos vivir aislados, sino ser interdependientes”, afirma el okupa que hoy hace de guía. Su referente es la ocupación de la planta asfáltica en la que se construiría el Ateneu Popular de Nou Barris. Si aquella ocupación vecinal de 1977 atajó la contaminación que la fábrica escupía sobre el vecindario, la toma de Can Masdeu quiere evitar la urbanización de este pulmón del barrio.

Solo actividades diurnas

De un tiempo a esta parte, también los domingos, Can Masdeu cede parte de sus instalaciones en la zona alta de la casa para que los colectivos sociales puedan organizar allí encuentros con asociados y simpatizantes. Siempre viene bien una escapada al campo a veinte minutos a pie del metro, una comilona en plena naturaleza y, cómo no, un poco de música. Este centro social programa solo actividades diurnas, rompiendo con la inercia del ocio nocturno y haciendo así que sus propuestas siempre se desarrollen en un clima familiar y relajado.

Hoy la cooperativa de manteros DiomCoop ocupa la okupa. En la sala de reuniones, el equipo liderado por la presidenta Ndaye Fatou Mbaye presenta un proyecto que persigue para cambiar la mirada de la ciudadanía hacia este colectivo y dignificar la vida de quienes, sin opción de entrar en el mercado laboral, se dedican a la venta ambulante. Diom, en lengua wolof, significa hospitalidad, dignidad, fortaleza, solidaridad. Son valores ya interiorizados en Can Masdeu, pero hoy, pronunciados por estos migrantes senegaleses, refuerzan todavía más esa idea de interdependencia que tanto ansía impulsar la okupa rural.

‘Terra i llibertat’

Ya hay hambre. Fuera se ha formado una larga cola de gente. Los integrantes de la cooperativa se han encargado de la comida. Hay menú senegalés a base de yassa y maffe. También se sirven batidos con sabor a jenjibre e hibisco. No, no hay food trucks ni se las espera. La cerveza artesana es ultralocal, pues se fabrica en la misma casa. Se llama ‘Terra i Llibertat’. Detalle curioso: los vasos de plástico reciclables que corren por las mesas son del Festival de Pedralbes.

Can Masdeu empieza a tener exceso de grupos que desean subir un domingo para actuar en tan confortable entorno. Este domingo sirve la música el colectivo El Sonido de Veldá, cuyas sesiones afrolatinas sacuden cada mes el bar cooperativo Koitton Club de Sants. Hoy DJ Maltí no cuenta con su socia habitual, la barranquillera Negra Puloy, pero aquí está la también colombiana Maira, dispuesta a reforzar con su saber y sabor antioqueño la descarga de músicas populares y latinas que se avecina.

En deferencia a la gente de DiomCoop, Maltí y Maira vienen cargaditos de champeta, género muy popular en Colombia desde los años 70 y 80 entre la población humilde y afrodescendiente que fue bautizado por las élites del país de forma despectiva en referencia al cuchillo (la champeta) con que iban a bailar los campesinos tras la jornada laboral. En estos soundsystems callejeros, que allí se llaman picós porque los altavoces se instalan en la parte trasera de la camioneta o pick up, se pinchaban muchos discos africanos y cuyos títulos indescifrables, eran rebautizados en castellano gracias al ingenio popular.

Mobali, ‘La bollona’

El picó de Can Masdeu ya menea. Esa mujer negra se ha levantado como un resorte a bailar ‘Mobali na ngai wana’, de la congoleña Mbilia Bel. Tan feliz está de volver a escuchar esta canción tantos años después y a tantos kilómetros de su país de origen, que va corriendo a agradecérselo a la discjockey. Maira, sorprendida, le cuenta que esa canción es muy popular en Colombia, pero que allí la llaman ‘La bollona’. Y así es como la champeta colombiana y la rumba congolesa se reencuentran en esta soleadísima tarde de domingo en el parque de Collserola mientras los niños corretean entre las mesas y las primeras parejas (mixtas y no mixtas, blancas e interraciales) se animan a bailar.

En este restaurante en el bosque no hay dos turnos de comidas, de modo que nadie va a echar a los comensales. El que quiera se quedará charlando en la mesa hasta que anochezca. O bailando. Maltí y Maira tienen candela para rato: de Joe Arroyo, de El Gran Combo de Puerto Rico, de Petrona Martínez, de Richie Ray… También traen mandanga moderna: Ondatrópica, Miss Bolivia… Y como ambos pinchan con el ordenador portátil, entre canción y canción tienen tiempo de sobra para liarse un cigarrito. Parte del público baila descalzo para sentir mejor el tacto de la arena en los pies. Suena la ‘Cumbia de mi tierra’.

Can Masdeu es hoy una mezcla de fiesta mayor y costellada en el campo; aunque es fácil perder la noción del espacio y no saber a qué país pertenecería este campo. En las conversaciones se mezclan múltiples idiomas: wolof, inglés, castellano, catalán, francés, italiano… En una mesa hay tipos siguiendo el ritmo de la música con arpas de boca. El puesto de ropa y material de DiomCoop que hay junto al escenario no está muy concurrido, de modo que, para no aburrirse, los vendedores cogen el djembé y el balafón que tienen a la venta y también se ponen a tocar al son de la música. Suena ‘Rebelión’, canción anticolonialista del gran Joe Arroyo cuyo estribillo dice: ‘No le pegue a la negra’.

Nadie quiere marcharse

Parece que nadie quiere marcharse hoy. ¿Dónde se puede estar mejor que en el parque de Collserola escuchando el ‘My sound’ de Skarra Mucci mientras la voz de Wendy Rene se cuela entre los árboles? Antes de cerrar su pase, Maltí y Maira pinchan otra vez ‘La bollona’ para que su nueva amiga africana la baile otra vez. Ya sube al sombreado escenario de madera DJ Lotine: más ritmos africanos para ver atardecer desde esta privilegiada azotea. Desde aquí arriba se ve el Mediterráneo, la Torre Mapfre y el Hotel Arts, símbolos de la operación urbanística de apertura de la ciudad al mar que advierte de lo que podría pasar el día que alguien decida que Barcelona también debe abrirse a la montaña.

Son las ocho. Esos dos músicos que han llegado al centro social hace una hora preguntando si podrían actuar suben el escenario para animar con su reggae africano a los que aún aguantan de pie. Los socios de DiomCoop echan cuentas. Habrán servido un centenar de comidas a siete euros. La recaudación de la jornada será de gran ayuda. Es la tercera vez que DiomCoop organiza un encuentro en Can Masdeu. Esta vez, han decidido traer un presente para los moradores de la casa. Son dos plantas de baobab, un regalo cargado de simbolismo. Si arraiga bien, un baobab puede vivir 800 años o más.