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Cloaca de Babel, el libro sobre Barcelona que no se vende en Barcelona

Este es un libro tan difícil de encontrar (luego les digo el título, porque la cosa tiene su chiste) como difícil de localizar es su autor, Benjamín Moure (Bogotà, 1977), que en el último minuto, con la crónica medio escrita, dio señales de vida, así que fue posible darle las gracias por esas 87 páginas en las que resume sus ocho años de estancia en Barcelona como inmigrante, cierto que atípico, (gamberro, canalla, mosca de bar, gorrón, vasallo de la cofradía del nunquam dormio, el inquilino al que por juerguista muchos vecinos de la docena de fincas en que vivió terminaron por detestar) pero inmigrante al fin y al cabo, y como además de todo eso es escritor, una oportunidad estupenda de saber qué dicen de Barcelona a las espaldas de Barcelona.

Madrid también tiene su libro en esta colección, pero se titula ‘El oso y el madroño’, a años luz, pues, de ofrecer un ‘tour’ por las alcantarillas de la rediviva Babilonia

El libro no se encuentra ni en la Calders porque solo se distribuye en Colombia. Todo comenzó con una feliz idea (bueno, una idea loca pero feliz vistos los resultados) de Juan David Correa y Álvaro Robledo, responsables de El Peregrino Ediciones, con sede en Bogotá. Se les ocurrió poner en marcha un colección de libritos del tamaño y la estética de un pasaporte escritos por colombianos que han echado raíces en otras tierras o desarraigados de otras nacionalidades que han convertido en un segundo hogar lugares a veces poco apetecibles, como Marc Caellas, un catalán al que le pone Caracas.

En la colección de El Peregrino Ediciones, Madrid tiene su relato a cargo de Adriana V. López con un título, seamos sinceros, poco seductor,El oso y el madroño. Seguro que merece la pena, pero el escaparate de la portada es tan desalentador como el de Boston, Esto no es un cliché, o el de Londres, Postales de viaje. El de Barranquilla, un trabajo de inmersión a cargo de Sergio Zapata León, no está mal, Calenturas de un pobre diablo. También invita a entrar el de CaellasCaracaos, pero entre las treintena de libros que lleva ya la colección destaca como un zigurat en mitad de Babilonia el de Barcelona, el de MoureCloaca de Babel. Qué pelusa da cuando ideas tan estupendas se le ocurren a otro.

El falansterio del vicio

Moure llegó a la Barcelona de las pesetas, la de 1997, antes de que “el valor de las cosas fuera sustituido por el precio de las cosas” y, según asegura, de los ocho años que residió en la ciudad, durante seis no salió de Ciutat Vella, pues descubrió en ese puño urbano lo que el cree que es el verdadero sabor de la ciudad, no la imagen panfletaria que Turisme de Barcelona, el ayuntamiento, Spectre y el inextirpable ombliguismo local tratan de exportar al mundo. El Raval, el Born y la Barceloneta fueron, se deduce de la lectura de Cloaca de Babel, una suerte de falansterio del que no merecía la pena salir porque tenía de todo, playa, amantes, estudiantes de Erasmus, o sea, amantes, otros colombianos, pisos para compartir y, sobre todo, bares que descritos con tipografía Times Roman parecen literariamente la repanocha, como el Parnasse, el Escut d’Or, que por aquellos años ya regentaba un paquistaní, el Kentucky, Chez Popof, el Harlem, el Papillon, al que solo se accedía después de que el portero pusiera un ojo en la mirilla de una puerta metálica, y, cómo no, el bar más luminoso de la Cloaca de Babel, el Mendizábal, en la esquina de la calle Hospital con Junta de Comerç, estupendo puesto de vigía para hacer aquello de lo que Evelyn Waugh presumía ser un maestro. “Con la misma felicidad con la que algunos hombres observan aves, yo observo hombres”, explicaba el novelista inglés. Moure, seguro que con menos elegancia en el vestir que Waugh, ponía el codo en la barra del Mendizábal para tomarle el pulso a la ciudad, para ver pasar a “turistas, chaperos, artistas de rambla, ancianas volviendo de hacer la compra, pijos posando para hippies, estudiantes de arte y magrebís persiguiendo turistas”.

Como el libro no está la venta en Barcelona, una lástima, no es mala idea ofrecer un par de fragmentos que definen muy bien al protagonista.

El primero aparece en el capítulo titulado Un bus turístic llamado deseo y ofrece un apunte de lo que es la cacareada hospitalidad local cuando al barcelonés medio le tocan las pelotas y no le dejan dormir la siesta. “Una tarde recibí una misiva atada con dos cauchos a un tomate podrido que entró por la vetana y se estampó en la pared. Se podía leer, en una caligrafía torpe y apasionada, entre tinta corrida y pepitas resbalosas: ‘Nosotros, los del patio, no vamos a aguantar el jaleo y la música, hijo de puta’”.

De Moure eran unos anuncios de pared que ofrecían disparates varios. “Recibimos muchas llamadas, sobre todo para lobotomías gratis”

El segundo es un botón que muestra que el paso de Moure por la ciudad no fue en vano. Lo hizo en comandita, de ahí la primera persona del plural de la transcripción. “Ideamos varias campañas con carteles de fotocopias de esos que tiene flecos de papelitos desplegables en la parte inferior con un teléfono de contacto, ofreciento servicios gratuitos como trepanaciones, lobotomias, vacunas para el lupus, alivio para metereopatologías o apendicetomías preventivas”. Aquello fue como psicoanalizar a Barcelona, ponerla frente a un test de Rorschach. “Fue sorprendente la cantidad de llamadas que recibimos, sobre todo para las lobotomías”.

El motín de Ciutat Vella

De acuerdo, más de uno pensará que Moure se comportó en Barcelona y sus compinches de correrías como Fletcher Christian y sus amotinados en Tahití. Sustitúyase a las voluptusosas isleñas por estudiantes de Erasmus y la escena ya cuadra. Pero también tuvo tiempo para ser testigo y notario no de lo que es Barcelona, para eso ya está Permanyer, sino de en qué ciudad se ha convertido Barcelona, que es otra cosa muy distinta.

Cloaca de Babel es, aunque rarito e inusual, un posible obituario de una Barcelona que murió. Más extraño aún, ¡es un libro sobre Barcelona que no se vende en Barcelona! Así pues, sin consultárselo al autor, aquí van sus líneas finales, porque tan importante es cómo comienza un libro como su final. “Fue en ese estado de ánimo que me deshice de mis últimos lastres, regalé el saxofón, vendí mi cámara, pague mis deudas en los bares, compré un pasaje Barcelona-Madrid-Bogotá, pasé una última noche con la marsellesa y, sin más abrí la tapa de la cloaca y me escabullí”.

Un epílogo, gentileza de Moure

Lo dicho. Benjamín Moure, en el último minuto, dio señales de vida. Desde Bogotá. La conversación por whatsapp era ingrata. Dijo que mandaría unas líneas. Con un par, envió un epílogo de ‘Cloaca de Babel’. Mejor no tocar ni una coma. Es este.        

“Cloaca de Babel fue publicado en 2012 por el Peregrino ediciones (Bogotá), en el marco de la segunda entrega de la colección “Inmigrantes”. Esta colección, editada por Juan David Correa y Álvaro Robledo, tiene como premisa: “Ni crímenes históricos, detectives, agentes especiales, dragones, intrigas, tragedias o códigos secretos. El código No Ficción dicta hablar de lo que el autor conoce personalmente y no de lo que inventa oportunamente. Se habla en primera persona y no en la ficticia tercera persona que pretende ser como los omniscientes cotilleos de un dios”, invitando a los participantes a hablar de sus experiencias de exilio particulares y de la condición del inmigrante en general.

El mío, Cloaca de Babel, da cuenta de las alegrías, tristezas e indiferencias de los 8 años (1998-2006) que viví en Barcelona. Una experiencia que marcó para siempre, no sólo mi vida, sino mi capacidad de percepción de lo humano y en general del mundo. Fue una experiencia delirante en la que en la que fui testigo de la progresiva implementación de una deshumanización programada de la ciudad que empezó en 1992, de una limpieza social sistemática y estratégica, de una profunda aseptización general del casco antiguo y sus alrededores, tendientes a responder a la creciente demanda de la industria del turismo, a la especulación inmobiliaria y a la visión paneuropea de “ciudad boutique”, en detrimento de la verdadera riqueza de la ciudad, que era justamente la orgánica (aunque caótica) convivencia de un crisol de individuos de todo el mundo, de todas las razas y credos, de todas las clases sociales, hablando casi todos los idiomas, con distintas formas de vivir, sobrevivir y entender la vida.

De hecho se puede decir que yo también fui víctima de la esterilización de Barcelona. Desde que me enviaron el recibo de alquiler de mi piso por el doble de lo pactado en el contrato, acompañado de una carta arguyendo un cambio de administración y previniéndome del riesgo y el costo de tomar acciones legales, tuve claro que era hora de partir.  Eso fue hace doce años y lo que ha sucedido desde entonces no ha sido desgraciadamente más que una comprobación de mis peores miedos y amargas predicciones en cuanto al destino de la ciudad. Pero lo más triste es que no es un fenómeno exclusivo de Barcelona, se trata, me temo, de un fenómeno global. Una tendencia generalizada en todas las ciudades. Incluso Bogotá, en la que he vivido desde entonces, una ciudad de vanguardia en cuanto a la desigualdad entre pobres y ricos, se puede percibir de forma menos latente pero mucho más violenta el firme propósito de aislar al individuo que no tiene recursos transformando cosméticamente ciertas zonas y protegiéndolas con equipos de seguridad privada para mantener a los indeseables al margen en nombre del progreso.

El advenimiento del concepto de “ciudad souvenir” en Barcelona, generó en mi una profunda y enérgica respuesta vital. Una fuente de expresión creativa y una militancia anti-sistema que me han acompañado desde entonces. La nostalgia de esos años en la Ciudad Condal sigue intacta. Esa prolongación del salón de casa por los pasillos y recovecos de la ciudad. La intensidad de todo lo vivido, el ambiente y la música de las plazas, los bares atendidos por su dueño, los artistas de calle no carnetizados, los gitanos de la Barceloneta, los turistas aún como turistas no como dueños de la ciudad, los derruidos apartamentos del casco antiguo a precio asequible, el barrio de La Salud con acceso libre, el valor de la ciudad por encima de su capacidad de monetización…”

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