Inicio Actualidad Coaliciones letales: los riesgos de pactar con tu enemigo

Coaliciones letales: los riesgos de pactar con tu enemigo

Si bien es cierto que en Europa los gobiernos de coalición no son excepción sino norma, no es menos exacto que las consecuencias en las urnas son a veces catastróficas para el socio más débil. Buena parte de la retórica que gastó Sánchez para «vestir» su pacto con Unidas Podemos y aquietar las suspicacias de muchos votantes socialistas pivotó sobre el mantra de que los gobiernos de coalición son la norma en Europa. Pasando por alto el hecho de que éste mismo argumento es el que esgrimió Iglesias durante la larga e infructuosa negociación previa al verano -y entonces no fue válido para el PSOE-, lo cierto es que el amplio historial de gobiernos de coalición en Europa pone de manifiesto que éstas en muchas ocasiones dejan el campo de batalla político sembrado de cadáveres. PSOE y Podemos tienen que hacer frente al reto de una legislatura con poco margen presupuestario y la extrema izquierda presionará al PSOE para sacar adelante políticas sociales que llevarán al límite la tensión en Hacienda. A la dura oposición que la lucha por la derecha entre PP y Vox va a provocar hay que añadir la falta de confianza evidente entre los dos socios del pacto y el punto ineludible de que Podemos dejará caer el Gobierno de coalición cuando más le convenga electoralmente. Este confluencia de factores hace pensar que el primer gobierno de coalición en España pasará un dolorosa factura al partido que peor sepa jugar sus cartas, extremo que la hemeroteca europea prueba de sobra.

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El mejor ejemplo de esta tendencia es Alemania donde los gobiernos de coalición son la regla, costumbre que, en parte, se debe a un sistema de partidos que hace que las mayorías absolutas sean una gran excepción. De hecho, la historia moderna de Alemania está marcada por los gobiernos bicolor. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, solo Konrad Adenauer, en 1957, consiguió una mayoría absoluta. En los otros casos, el partido mayoritario necesitó de una alianza para gobernar, siendo los liberales del FDP la opción favorita de conservadores y socialdemócratas (SPD). En 1998, Gerhard Schröder formó el primer gobierno de izquierdas de la historia alemana al pactar con los Verdes. Merkel volvió a popularizar la Gran Coalición con el SPD lo que, según las encuestas, ha perjudicado a la formación socialdemócrata.

Tampoco Portugal demuestra que las coaliciones suelen aportar estabilidad a largo plazo. De hecho, en los 45 años de democracia apenas seis de los 22 Gobiernos lusos han sido mixtos. En los 80 hubo dos coaliciones conservadoras: una liderada por el socialdemócrata Francisco Sá Carneiro, que acabó cuando él murió en un accidente aéreo en 1980, y la de Francisco Pinto Balsemão, que duró dos años pero siempre estuvo en funciones. Después vino el llamado «Bloque Central» de socialistas y socialdemócratas encabezado por Mário Soares, que colapsó después de año y medio. No hubo Ejecutivos mixtos en los 90, y en este siglo sólo hubo dos, ambos de socialdemócratas y conservadores. El primero, de José Manuel Durão Barroso, se hundió cuando éste se fue a la Comisión Europea en 2004. Entre 2011 y 2015 hubo una nueva versión encabezada por Pedro Passos Coelho, quien lideró Portugal mientras duró la crisis.

El paraíso europeo de las coaliciones (y el gran ejemplo de inestabilidad gubernamental) es Italia, donde lo extraño es que haya gobiernos monocolor. Desde la Segunda Guerra Mundial sólo la Democracia Cristiana lo ha conseguido en contadas ocasiones. Los distintos ejecutivos han contado con el apoyo de hasta siete u ocho partidos, organizados en pequeñas siglas, que en su mayoría han conseguido colocar a sus dirigentes en los consejos de ministros. El último ejemplo es el del pacto entre la Liga y el Movimiento 5 Estrellas (M5E), formado tras las últimas elecciones, que se rompió para dar paso a un Gabinete de signo contrario, compuesto por el propio M5E y los socialdemócratas.

En el Reino Unido, el complejo sistema electoral siempre ha favorecido la creación de mayorías. No obstante, tras los comicios de 2010, se creó una coalición entre los Conservadores de David Cameron y los Liberal Demócratas de Nick Clegg. Fueron las primeras elecciones desde 1974 donde las urnas dejaron un Westminster fragmentado. La coalición consiguió durar toda la legislatura. Pero en las generales de 2015, las filas de Clegg -que tuvo que hacer grandes concesiones, como el aumento de las tasas de las matrículas universitarias- les pasó una gran factura. La formación pasó de 57 a 8 escaños. Por su parte, Cameron logró una inesperada mayoría absoluta precisamente por ganar en distritos liberal demócratas.

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El caso de Francia es en cierto sentido atípico ya que el sistema privilegia ante todo la estabilidad política, tanto por su doble vuelta como por unas legislativas que se celebran justo después de las presidenciales y que suelen otorgar al partido del presidente sólidas mayorías parlamentarias en las que se apoye su gobierno. Es el caso en estos momentos de La República en Marcha de Emmanuel Macron. Ahora bien, es tradición que los presidentes incluyan en sus gobiernos a miembros que no son de sus partidos sino de socios aliados con los que colaboran para llegar al poder. Así Macron contó con ministros del centrista MoDem en su Ejecutivo, como antes hizo Hollande con Los Verdes o Sarkozy con la UDI de centro derecha. No son coaliciones propiamente dichas, pero sí gobiernos en los que se incluyen miembros de socios preferentes.

En los países nórdicos, donde impera un sistema electoral proporcional, las coaliciones son una práctica habitual en la vida política desde las últimas décadas. El caso más significativo es Finlandia, gobernada desde abril por una coalición de cinco partidos liderada por la socialdemócrata Sanna Marin. Junto al SDP conviven en el Gabinete centristas, verdes, extrema izquierda y minoría sueca. En la vecina Suecia, el también socialdemócrata Stefan Löfven encabeza un Gobierno en minoría con Los Verdes que necesita del apoyo parlamentario de centristas, liberales y ex comunistas para sacar adelante los presupuestos y el retos de proyectos legislativos. Un auténtico juego de equilibrios para evitar la influencia de la extrema derecha, que fue la tercera fuerza más votada en las elecciones de 2018. Finalmente, en Dinamarca los socialdemócratas de la primera ministra Mette Frederiksen gobiernan en minoría desde junio con apoyos puntuales de otras tres pequeñas formaciones de izquierdas. Sin embargo, la líder danesa apuesta por una política de pactos de geometría variable que le permita contar con la derecha en política migratoria y de asilo. La creciente fragmentación política en Países Bajos obliga a formar coaliciones más amplias elección tras elección. Siete meses necesitó el liberal Mark Rutte tras las legislativas de marzo de 2017 para pactar un Gobierno con otros tres partidos (liberales progresistas, democristianos y calvinistas). Hace una semana, Austria se convirtió en el primer país europeo en estrenar una inédita coalición entre los conservadores (ÖVP) de Sebastian Kurz y los ecologistas tras tres meses de duras conversaciones. Lejos quedan los años en los que los socialdemócratas (SPÖ) y el ÖVP se sucedían en el poder en Viena o gobernaban juntos. En concreto, las grandes coaliciones se convirtieron más en una norma que en una excepción (43 de los últimos 75 años) desde el final de la II Guerra Mundial.

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