Comida, siesta y petanca

Todo listo en la pista 1 del paseo de Lluís Companys. El sol cae lateral, camino de esconderse por la calle del Comerç. Apenas hay viento, es día de manga corta y el terreno de juego está muy seco. Juan, Toni y Valeriano se enfrentan esta tarde a Gabi, Ramón y José. Las dos tripletas trazan su estrategia y estrechan sus manos porque primero son caballeros y después rivales. Empieza la partida de petanca. Es martes 17 de octubre y van al mejor de tres rondas de 13 puntos. El marcador lo trae Gabi de casa. Se lo regaló un carpintero del barrio. La ‘E’ son ellos; la ‘N’, nosotros. Que vuele el boliche.

Este es un encuentro de alto riesgo. Hasta que uno se da cuenta de que los mossos no están por el juego de las bolas, sino por los juzgados. El público va y viene de los frágiles bancos de madera. Un paisanaje básicamente local con algún que otro ‘seient lliure’ para turistas que observan la contienda maravillados por el buen hacer de la pandilla. Toman fotos. Y alguno se atreve a preguntar. Como un joven colombiano que está en Barcelona “estudiando una maestría” y que cuenta que su papá juega en las plazas de Bogotá a algo muy similar, llamado ‘el sapo’.

Caída a plomo

Una vez lanzado el boliche a una distancia de entre seis y 10 metros, primero tira el punto, nombre con el que se conoce al participante de muñeca más certera. Suave, sutil, auxiliándose con el trapo que desde la mano mala permite secar el acero para que no resbale al acariciar la yema de los dedos. Su misión es acercar la esfera lo máximo posible al bolo. Suelen lanzar como dando gas a una moto, dibujando una parábola que cae a plomo. Lo llaman hacer un ‘pinchito’. Los neófitos la deslizan por el suelo, como el niño que juega a ‘toquins’ en el patio.

Le sigue el medio, que, según convenga, romperá las bolas contrarias o también tratará de deja la suya pegada a la más pequeña, de color rojo. Cierra el tirador, el hombre que hace trizas la partida, el tipo que debe conseguir que su equipo gane la tanda. Siempre lanza la tripleta que no tiene la bola más cercana al epicentro. Y empieza el que ha ganado la ronda anterior. Cada una de las tres partidas se gana a los puntos. Se la lleva el primero que llegue a 13. En una misma mano, con dos bolas por cabeza, se pueden ganar varios puntos. Tantos como bolas de un mismo equipo estén más cerca del boliche que la primera pelota contraria.

No, no es tan fácil como parecía.

Juan explica que esta pista da poco juego, que es más emocionante cuando hay un poco de gravilla. “Porque la bola parece que va bien y en los últimos centímetros se puede ir a la mierda por culpa de una piedrecita”. Aunque el sentir popular reza que este es un coto privado de jubilados y abueletes, habrán visto pocos deportes con tantas alternativas en el marcador. Como cuando Gabi echa la bola de Juan en el último suspiro. O la rosca de Ramón, que consigue colar su esfera entre dos contrarias cuando parecía imposible. O el momento en el que Toni lanza su hierro de 650 gramos y lo deja a un milímetro del bolón, desplazando fuera de los límites el de José con una maniobra conocida como ‘carreau‘.

El chiste de Eugenio

Con 85 años, Toni es hoy el jugador más veterano. Empezó hará unos 40 años en Santa Coloma de Farners, donde con la señora se hicieron una casita. Usa las mismas bolas desde hace tres décadas; las compró en Andorra. Es un tipo simpático. Con grandes referentes, hecho que se demuestra cuando versiona a Eugenio y su mítico chiste del golf: “Incluso he escrito un libro sobre petanca. ‘La petanca y la madre que la parió’”.

Ninguno de los participantes usa imán para recoger las bolas. Dicen que eso es cosa de mayores. Se parten de risa. Valeriano, alias ‘Pana’ porque fue panadero antes de jubilarse, reboza su mano en la arena antes de lanzar. Por aquello del sudor. Su tiro gana la ronda definitiva, igualando la contienda 1 a 1. Las dos primeras partidas terminan con resultados ajustadísimos (13-12 y 10-13). La tercera manga decidirá al vencedor de la tarde.

Se produce un imprevisto. Llegan a la cancha dos nuevos jugadores que, por cortesía, son invitados a unirse a la contienda. Son Juan y Nieto. Este último, de 81 años, fue uno de los fundadores de las pista de Lluís Companys. “Nos pusimos muy pesados, con cartas en la prensa, y conseguimos que el alcalde Maragall las instalara. Yo me encargaba de recoger el dinero para mantenerlas”. Sus dos primeros lanzamientos sugieren suerte, pero una vez tras otra deja su bola a menos de un palmo del boliche, así que poca fortuna y mucha calidad. “Imagina cómo debía jugar el Nieto hace 40 años; es un crack”, aporta Juan, el más joven de la banda.

En esta última partida se producen un par de mangas dudosas. Valeriano saca el metro y desempata. Nadie discute sus medidas. Como tampoco se duda de la victoria final de Juan, ‘Pana’ y Toni, que se llevan el pato con un 13-6 final que no refleja la igualdad de todas y cada una de las rondas.

Se marchan para casa. También el público. Mañana, y siempre de lunes a viernes, lo mismo. Siempre después de la siesta.

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