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Con los toros en el balcón

Barcelona hay que pasearla con la vista alzada, con la mirada puesta en sus gárgolas. Animales fantásticos, o no, pero siempre de grotesco aspecto. Y bestias con leyenda: las de la catedral, por ejemplo, se suponen brujas petrificadas, una de las cuales, mutada a elefante, hundirá el mundo, aunque para eso deberá primero perder su trompa. Pero que no cunda el pánico. Pese a la pesada carga de tener el futuro de la humanidad sobre su nariz, no es más que un desagüe, como el resto de gárgolas. Levantar la vista, permite, además, apreciar los coloristas mosaicos, los elaborados esgrafiados y los finos arabescos forjados. Modernismo y noucentisme, en las fachadas. Incluso barroco. Ahí están los enormes atlantes y cariátides que otean al paseante desde la Casa dels Velers. Pero no solo esto, ojear atentamente las alturas da, también, para ver toros, o mejor, escenas de tauromaquia.

Y es que Barcelona que es plaza antitaurina pero que antaño fue de lo más taurina –tres cosos lo atestiguan: el desaparecido Torín, el primero en levantarse en 1834; las Arenas, reconvertido ahora en centro comercial, y la Monumental, donde ya no se lidia pero se mantiene museo dedicado al tema– tiene la Casa dels braus. Paradoja. No hay corridas en la ciudad, pero la ciudad alberga el que posiblemente es el más taurino de todos los edificios habitados habidos y por haber. O “El edificio más taurino de viviendas del mundo, como lo definía Francesc Català-Roca. Cuesta apreciarlo, porque para ello, lo dicho,  hay que levantar la vista en la Gran Via. ¿Dónde? Frente a la Monumental, por supuesto. 

Verónicas y demás lances

A esa plaza de toros y a la pasión de un arquitecto por las corridas le debe la decoración la citada casa. Antoni de Moragas diseñó el edificio, junto con Francesc de Riba Salas, y para hacer convivir la obra con el espectador, o sea, con el ciudadano, decidió atraer la atención del que mira. Del que observa  hacia arriba porque hay que alzar la mirada para ver en el techo de cada uno de los múltiples balcones del inmueble imágenes con escenas taurinas.

Todas firmadas por Català-Roca. Ni más ni menos. El fotógrafo no era aficionado a los toros pero De Moragas y Albert Puig Palau, fundador de la ‘Revista’, donde colaboraba el artista, sí lo eran. Y Català-Roca se convirtió. Por lo menos estéticamente. Le gustaba el movimiento y la plasticidad de la lidia. Captó muchos momentos de la lucha entre el diestro y el toro. Con virtuosismo reconocido. Picasso, que a aficionado nadie le ganaba, coleccionaba y admiraba sus instantáneas del albero.

A De Moragas le debía pasar algo igual, así que pidió al fotógrafo imágenes taurinas para decorar la finca. Català-Roca aceptó de buen grado.  Corría el año 1960. Para el primero de los tres bloques del edificio escogió un pupurrí de escenas taurinas; para el segundo el tema elegido fue el toreo con capote (ya saben, verónicas y demás lances), y para el tercero, un resumen de los tercios de la lidia, desde el paseíllo inicial hasta el arrastre final, suertes de varas, banderillas y estoque incluidos. La entrada al ruedo se puede ver en el primer piso, pero del toro camino al desolladero no hay ni rastro. Una galería lo esconde, no es el único momento invisible, pues son más los balcones tapados. También los hay, en mal estado: humedades y desconchaduras, amén de los que sencillamente no tienen ya las imágenes en cuestión.

Motivos barrocos

Algo parecido pasa o ha pasado con las porterías. En el vestíbulo del primero de los tres bloques del edificio, donde antes  lucían toros de Altamira, ahora hay mármol. Las fotografías desaparecieron hace años, pero se mantiene una escultura, con el astado como tema, de Josep Maria Subirachs: una piel de toro con la nomenclatura que dan los curtidores a las diferentes partes (anca, cuello, punta, crupón…) grabada. El segundo vestíbulo ha gozado de más suerte, las paredes mantienen las ampliaciones de los barrocos detalles de la chaquetilla de los picadores.

Arreglar los desperfectos sería lo suyo, pues el edificio goza de cierta protección municipal. Y en el archivo del Col·legi d’Arquitectes de Catalunya guardan los originales. La mayoría imágenes tomadas en la mismísima Monumental.