Contra el centroderecha vale todo

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El ridículo que ha hecho el diario El País con el máster de Pablo Casado es un ejemplo más de una tendencia muy peligrosa que poco a poco se asienta en nuestra sociedad promovida por ciertas corrientes políticas y algunos medios de comunicación y que hace peligrar los indispensables principios del Estado de Derecho y, por lo tanto, de la democracia. Hace 65 años que Europa respiró tranquila con la muerte de uno de sus villanos más abyectos: Josef Stalin. No obstante, perseguir a ciertas personas por su ideología, inventarles delitos e intentar desprestigiarlos a base de falacias recuerda al estalinismo puro y a aquel demencial ‘delito de pensamiento’ que recogía el artículo 58 del Código Penal de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia (RSFS). Entonces, la mera “sospecha” te podía llevar a la muerte civil y física. 

Ahora, sin llegar a lo segundo, sí que se busca lo primero: hacer un guiñapo con la reputación de ciertos políticos que por su ideología de centroderecha —también inmensa proyección en el caso de Casado— resultan incómodos a sus adversarios políticos y a los medios que les sirven de lanzadera tanto para enaltecer su imagen como para trata de socavar la de sus rivales. Casado ha mostrado este martes todos sus trabajos de máster y ha resuelto las dudas de los periodistas como lo hacen los políticos creíbles: cara a cara y sin miedo a las preguntas. Sin embargo, y a pesar del loable ejercicio de trasparencia, hay algo perverso en obligar a desnudarse a alguien que no ha hecho nada por una publicación falsa y malintencionada. Si llegamos a ese punto en nuestra sociedad, estaremos cayendo en una histeria muy nociva. El caso de Cristina Cifuentes no se puede utilizar para hacer causa general contra todos los integrantes del Partido Popular. 

Bien es cierto que el caso de la presidenta de la Comunidad de Madrid daña gravemente la reputación del partido y que, dado que ha mentido, debe dimitir. No obstante, una cosa es ella y otra políticos como Pablo Casado que, hasta el momento, han mantenido una conducta intachable tanto en el fondo como en las formas. Ir contra él es intentar desintegrar al PP en Madrid, ya que muchos lo relacionan con un futuro liderazgo en esa Comunidad. Algo que no es ético ni moral, mucho menos cuando está asentado en mentiras y con el agravante de que con políticos de otras ideologías la vara de medir hechos muy similares es totalmente distinta. Problemas con estudios y mentiras han tenido Juan Carlos Monedero —sancionado por la Universidad Complutense— o el becario black Íñigo Errejón y ambos siguen en la vida pública y en la política respectivamente sin que hayan padecido juicios sumarísimos como el que ha tenido que soportar un representante intachable como Casado. Los ciudadanos deben estar alerta con la realidad paralela que algunos tratan de montar a base de mentiras porque, de lo contrario, pronto no sabremos distinguir si vivimos amparados por una democracia o bajo el yugo de un remedo estalinista.