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Contra esta Feria del Libro – La Gaceta de la Iberosfera

Razones por las que no iré a ella…

El pasado viernes se inauguró la Feria del Libro de Madrid, instalada en su escenario habitual: el Paseo de Coches de los Jardines del Buen Retiro. A lo largo de los últimos doce meses han salido tres libros míos: Galgo corredor. Los años guerreros (1953 a 1964), en Planeta; Habáname, en Harkonnen; y Eldorado, en Berenice (grupo Almuzara). El último es una reedición de la primera novela que escribí en 1960 y no apareció hasta veintitrés años mas tarde. Lo lógico, en teoría, es que acudiera a firmarlos, como suelo y suele hacerse, en la Feria a la que aludo. Tenía, de hecho, varias sesiones apalabradas. La dignidad y el sentido común me han obligado a anularlas. Lo siento muy de veras por los posibles lectores, los editores, los distribuidores y los libreros, pero ni ellos, ni yo, ni mis colegas en el ejercicio de la literatura somos, al menos en teoría, ganado lanar. Tampoco lo son o no deberían serlo los organizadores de La Feria, que ninguna culpa tienen en las medidas draconianas (adjetivo que no viene de Dragó) supuestamente sanitarias y carentes del más elemental sentido común impuestas por el Ayuntamiento de Madrid, que es quien empuña el bastón de mando y a veces, como en esta ocasión, lo utiliza para medirnos las costillas a los vecinos del poblachón manchego (Cela dixit). 

Lamento, señor Almeida, propinarle este capón, porque le tengo simpatía y creo que, en la medida de lo posible, que no es mucho, está siendo usted un buen corregidor, pero creo que en lo concerniente a la Feria del Libro ha incurrido en un claro abuso de autoridad y exceso de pleitesía, por no decir, si me consiente la palabra, de gilipollez. No excluyo que sean otras autoridades, superiores a la suya, las que le hayan obligado a ello, pero eso son ya intrigas palaciegas que no puedo verificar.

Me indigna que las patentes de corso sanitarias […] en el caso del Libro, de la Literatura, de la Lectura y de la Cultura se transforman en sevicias

 Quizá no todos los lectores de La Gaceta sepan de lo que estoy hablando. Lo explico con brevedad…

Para tener acceso a la Feria se establece un angosto corredor sanitario sometido a un engorroso itinerario cartográfico y a severos filtros claramente discriminatorios. Sólo se podrá entrar por una de las puertas del Retiro (la del Norte, que a saber cuál es) en cuyas fauces habrá dos rastrillos: uno para los autores registrados de tal a tal hora, con precisión de reloj de cuarzo, en la página web de la Feria, que serán recogidos y guiados hasta su caseta, no sé si con traílla o esposados, por una azafata o azafato, y otro para los lectores ávidos de firmas, para los simples curiosos ‒ingenuos ellos‒ y para quienes acudan en compañía de los autores, ya sean sus hijos, sus madres, sus mujeres, sus concubinas, sus [email protected], la chica de la editorial, la vecina del quinto o los primos que han llegado del pueblo. La primera cola quizá no sea muy extensa, pero la segunda puede llegar al extrarradio si el personal se anima y está sujeta al goteo del aforo permitido, que no es muy alto ‒tres mil novecientas personas, me parece‒ y que obligará a los usuarios a permanecer sabe Dios cuántas horas soportando el tórrido sol del cambio climático o a los chaparrones originados por la gota fría de finales del verano. Prudente será que acudan provistos de paraguas, sombrillas, abanicos, quizá burkas, cremas de protección solar y taburetes desplegables. Todo sea por el Libro, fetiche cultural en régimen de caída libre y especie en extinción.  

 Item más… Los autores, una vez acomodados en sus casetas, y a razón de uno solo en cada una de ellas y durante dos horas como máximo, tendrán que resignarse a que la cola de los peticionarios de firmas no supere nunca las veinte unidades y se mantenga al milímetro la distancia social. Cuando no concurran esas dos condiciones, será el sufrido librero quien tenga que salir garrote en mano a expulsar a los intrusos, conminándolos a desistir de su intentona, a poner tierra por medio o a buscar consuelo en otra hilera.

 Lo de las veinte personas es un decir, porque muy rara vez se produce ese fenómeno, pero autores y, sobre todo, autoras hay, reclutadas mayormente entre las caritas y las carotas de la tele, que van a ser presas de no poca consternación al detectar tan drástico descenso de su lectorado y, en el caso de los políticos, de su electorado.

Yo propongo que se boicotee y créanme si les digo que al hacerlo no estoy tirando piedras contra mi tejado ni el de mis colegas

Tengo ochenta y cuatro añitos, al borde ya de los ochenta y cinco, no soy una oveja clónica, soy alérgico a la estupidez, vigoroso es el sistema inmune que me protege de las tomaduras de pelo y me indigna que el fútbol, o los botellones, o las manifestaciones de odiadores alentadas por el gobierno, o los turistas de Magaluf, o las pataletas de los antisistema, o las playitas con sus cervecitas, sus chiringuitas, sus biquinitas y sus suegritas disfruten de patentes de corso sanitarias que en el caso del Libro, de la Literatura, de la Lectura y de la Cultura se transforman en sevicias.

 O sea (y disculpen la grosería): que se metan esta Feria por donde les quepa. Yo propongo que se boicotee y créanme si les digo que al hacerlo no estoy tirando piedras contra mi tejado ni el de mis colegas, sino todo lo contrario. Lean, lean, lean, pero no se presten a mascaradas.

Y un addendum… ¿Qué tal si esta revista, o la Fundación Disenso, o Vox, o cualquier grupo, partido o institución comprometida con la batalla por las ideas convoca en paralelo una Feria disidente en la que sin infringir las normas sanitarias que sean de sentido común podamos estar presentes quienes nos negamos a comulgar con ruedas de molino? 

Sirvan estas líneas de convocatoria.

 Libertad… J’écrit ton nom.


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