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Crimen de Gádor: rituales de curandero, un niño de 7 años destripado y una confesión por venganza

Paco Delgado.- La tuberculosis en España alcanzó un total de 4.400 casos en España en el último año, según un estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS), pero para ello existen tanto tratamientos para curarla como proyectos de desarrollo de una vacuna en laboratorios como el de la Universidad de Zaragoza. No era el caso en la Andalucía profunda de principios de 1910, donde los métodos eran otros. Cuando Francisco Ortega “El Moruno”, entró con su mujer a la casa de Agustina Rodríguez, el plan era muy diferente a acudir a médicos o especialistas.

Era una época oscura en pueblos como el de Gádor, en la provincia de Almería. Se trata de la época en la que la figura del Sacamantecas estaba presente en la cultura popular, en una suerte de Hombre del Saco que asesina a mujeres y a niños, destriparles y usar jabones para jabones y productos curativos. Existía una gran reverencia a finales del siglo XIX, con la llegada de la industrialización, por el uso de grasas para maquinaria pesada. La creencia de que los grandes empresarios la sacaban de profanar tumbas llevó a los pueblos más incultos y supersticiosos a pesar que la grasa humana era la mejor y más efectiva a la hora de frenar enfermedades graves.

Imagen de la localidad de Gádor (Almería) en la actualidad

Con el paso de las décadas esto dio pie a que la figura del Sacamantecas estuviera cada vez más presente. De hecho, el Sacamantecas como tal es el apodo principal con el que se conoce a Juan Díaz de Garayo, un asesino que, entre 1821 y 1881 asesinó a toda una serie de mujeres en Vitoria, a las que violaba y, porteriormente, abría en canal. También se conocía como el Sacamantecas a Manuel Blanco Romasanta, a quien se le asociaba a la licantropía, o lo que es lo mismo, el primer hombre lobo de la historia de España.

El tercero de estos Sacamantecas fue Francisco Leona, un barbero de Gádor al que recomendó la curandera Agustina Rodríguez cuando “El Moruno” le pidió ayuda con la tuberculosis. Un crimen de enredos, supersticiones y terribles creencias que acabó con un niño de 7 años totalmente destrozado y la resolución más increíble que podía esperarse.

La mujer del Moruno

En el centro (de izq a der) Leona «El Barbero» y Julio «El Tonto»; a los lados los hermanos Hernández, José y Pedro

Antonia vio entrar a su marido una mañana de junio de 1910 a su marido por la puerta de la cocina mientras preparaba la comida. Francisco Ortega llevaba en la boca medio cigarrillo. La tuberculosis que padecía “El Moruno” le provocaba una tos incesante, a la que el tampoco tampoco ayudaba. “Si no dejas de fumar, no te curarás nunca”. Pero Francisco no hizo caso a su esposa. Se encendió el pitillo, sufrió un nuevo ataque de tos y tuvo que recostarse hasta que se le pasara. Antonia dijo basta, no iba a permitir que su marido terminara por matarse. Le quitó el cigarrillo de un guantazo, lo tomó de la mano y lo llevó hasta Agustina Rodríguez, una curandera de Gádor conocida por sus remedios y ungüentos.

Según recogen los atestados policiales de la investigación esta fue la conversación entre ambos: “¿Qué pasó, ‘Moruno’, que traes tan mala cara?” “Que parece que está pá morirse”, contestó su mujer. “Si quieres conservar la vida, has de encomendarte a la única persona que puede curarte”, le contestó la curandera. Esa persona era Francisco Leona, un barbero y curandero de la localidad almeriense.

Francisco Leona “El barbero” era una persona influyente en Gádor. No solo era familiar directo del alcalde de la localidad a principios de siglo, sino que también guardaba parentesco con el juez del municipio almeriense, que a su vez era el farmacéutico. Esos contactos, según recogían fuentes del pueblo tras el suceso, le permitieron obrar con total impunidad. Y es que, además de afeitar las barbas, Leona ofrecía sus servicios de curandero con un método muy particular.

Imagen de los cuatro sospechosos del caso, Francisco Leona y tres de los hermanos Hernández
En el centro (de izq a der) Leona «El Barbero» y Julio «El Tonto»; a los lados los hermanos Hernández, José y Pedro

Vista trasera del cortijo donde se planeó y se desarrolló el crimen de Gádor

El sumario recoge las palabras de Leona al Moruno: “Es necesario que, para el remedio, te bebas la sangre de un niño robusto y sano; pero la sangre tiene que estar caliente, según vaya brotando… y luego tendrás que ponerte en el pecho sus mantecas como cataplasma”. El trato se cerró en 3.000 de los antiguos reales. Agustina, de una familia con gran cantidad de hijos, ofreció a uno de ellos, Julio Hernández “El tonto” para que echara una mano a Leona a cambio de repartirse el pago por secuestrar y matar a un niño.

Agustina sería la encargada de esperar en un cortijo de Araoz, donde trasladarían al niño para el ritual y para sacarle la grasa. José Hernández, otro hijo de la curandera, sería el encargado de avisar al Moruno, de 55 años, cuando ya hubieran llevado al niño desde lo secuestraran su hermano y el barbero hasta donde les esperaba su madre. El plan era repartirse el dinero entre los máximos Hernández posible.

El asesinato del pequeño Bernardo

Vista trasera del cortijo donde se planeó y se desarrolló el crimen de Gádor

Asegura el atestado que hubo un primer intento en el que el Barbero y el Tonto intentaron secuestrar a una niña, pero el resultado fue un fracaso. Por ello, localizaron a un niño de 7 años de la localidad contigua de Rioja, también en Almería, para que fuera el sacrificado. Según revelan los escritos, la elección del pequeño Bernardo González Parra se explicaba en su complexión regordeta, inusual para la época. Uno de ellos aprovechó para distraerle mientras el otro lo sedada con cloroformo antes de, entre los dos, meterlo en un saco y llevarlo hasta Agustina.

Una vez llegaron a la finca los dos hermanos, Leona y el Moruno, procedieron al ritual. Cortaron la axila del niño para extraer la mayor cantidad de sangre posible, mezclarla con azúcar, y dársela al Moruno, de 55 años, para que comenzara el proceso de cura de la tuberculosis. Posteriormente, y para que el niño no estuviera despierto durante el procedimiento, Leona le aplastó la cabeza con una roca hasta que acabó con su vida. Después, extrajo la grasa y el reaño de su abdomen para posárselo en el pecho al Moruno y terminar con el procedimiento de cura.

Cuando terminaron, arrojaron el cuerpo del niño a una grieta en el suelo y, sin preparar si quiera entierro, echaron en el boquete un puñado de piedras que se limitasen a oculpar el cuerpo de Bernardo.

La confesión por venganza

Revista de sucesos de la época sobre el crímen de Gádor, con los implicados y el juicio al Sacamantecas

En un crimen en el que participaban tres personas de la misma familia y un hombre con conexiones políticas y sociales, poco parecía indicar que llegarían a acabar entre rejas, en unos años en los que los métodos policiales no eran específicamente precisos. Sin embargo, la historia llegó a un final a causa del protagonista habitual en este tipo de historias: el dinero. Como hemos mencionado antes, el Moruno prometió al Barbero 3.000 reales por el sacrificio y el ritual y, como tal, cumplió su promesa y le pagó nada más deshacerse del cuerpo del niño.

Leona intentó timar al Tonto y terminó por no entregarle su parte de botín. Este, enfadado, se marchó hasta el cuartel de la Guardia Civil y aseguró haber visto al Barbero asesinar a un niño, incluso estaba dispuesto a decirles donde estaba el cuerpo del pequeño. Ambos se enzarzaron en un cruce de acusaciones: el Barbero acusaba al Tonto de ser el artífice del asesinato y viceversa. Finalmente, ambos confesaron se coautores.