Croacia, el destino de moda europeo – Alerta Digital

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Desde el café Luxor de Split se contemplan los restos del palacio de Diocleciano. Arquitectura románica y veneciana en Trogir. Y las islas de Brac y Hvar. Una ruta de esencias mediterráneas.

Croacia lo tiene todo. La afirmación suena categórica y exagerada, pero lo es apenas. El pequeño país balcánico (4,5 millones de habitantes y 56.542 kilómetros cuadrados, una extensión dos veces la de Bélgica) y en especial la costa dálmata representan la quintaesencia mediterránea. Un clima seco y soleado, aguas limpísimas de tonos que oscilan entre la azurita y el jade, y relieves de tipo kárstico cubiertos de una vegetación que huele a ciprés, higuera y lavanda.

Pequeñas ciudades cuajadas de joyas arquitectónicas en piedra calcárea, gentes de sonrisa y verbo fáciles, y productos culinarios que aún saben a sodio y a terruño. A esto se suma una economía en alza y un sistema democrático joven pero eficaz, que han llevado al país a ser candidato al club europeo (su integración en la UE se prevé para este año o el próximo).

Es el destino de moda en Europa. Las guías Lonely Planet lo declararon el más deseado en 2005, mientras que la revista de viajes Traveller incluyó la isla de Hvar entre las 10 más bellas del mundo. National Geographic, por su parte, le adjudicó a Croacia en 2006 el título de mejor lugar para el turismo de aventuras.

Los daños de la guerra

Claro, que es fácil obtener esta fama cuando se cuenta con una naturaleza portentosa e intocada, y con gran parte de sus habitantes agolpados en las ciudades principales. Ello hace que Croacia esté en el punto de mira, no solamente de los turistas ávidos de belleza y sol, sino también de los promotores internacionales. Y ahí, precisamente, radica su vulnerabilidad. ¿Cuánto tiempo aún conservará el país su estado de gracia?

Pero no sólo la naturaleza o la historia son las causantes del éxito. Los croatas han tenido que trabajar duramente para recomponer su pequeño territorio herido a muerte por una guerra que, en pleno corazón de Europa, fue silenciada por la ignominia internacional. Comprobando el óptimo estado del patrimonio, reconstruido a base de esfuerzo y ayudas internacionales, cuesta hacerse a la idea de que, hace apenas 15 años, el país sufriera aquella brutal agresión que llevó a acoger a los refugiados croatas y musulmanes en los hoteles, por ejemplo. Hoy, cuando se escarba entre las gentes, sobre todo las de cierta edad, las heridas aún escuecen, pero el entusiasmo por la recuperación supera el dolor. Los hoteles reviven y se multiplican (con cautela, de momento), los restaurantes y tabernas hierven de público y buen hacer, y el sol es aliado casi constante de este tramo costero que invita al relajamiento como pocos lugares del maltrecho Mediterráneo.

Split es la capital de Dalmacia central, con sus más de 300.000 habitantes. A la belleza de su casco histórico se añaden islas tupidas, calas de ensueño (sin arena, eso sí, sólo cantos rodados y rocas) y poblaciones trufadas de historia. La mayoría de las localidades importantes está a orillas de ese mar, el Adriático, que por su cerrazón sobre sí mismo (Croacia queda frente a la costa italiana) y la protección que le brinda la dorsal montañosa Dinárica, que atraviesa el territorio de norte a sur, es poco menos que una balsa de aceite junto a la cual la vida discurre con dulzura. A esto se añaden los infinitos fiordos y brazos de mar de un litoral que suma los 1.780 kilómetros de longitud, islas aparte.

La tetrarquía romana

La principal razón de ser de Split, desde un punto de vista histórico, es el fabuloso casco antiguo, en cuyo corazón late el palacio de Diocleciano, emperador de Roma del 284 al 305. Este dálmata protagonizó las más feroces persecuciones a los cristianos, asesinando hasta 150.000; entre ellos, Cosme, Damián y Dimas. Pero también fundó la tetrarquía romana (dos emperadores augustos y dos césares augustos), logró restablecer la economía del imperio y conquistó Egipto.

Tras sus numerosas campañas, Diocleciano decidió construirse una ciudad palatina en este enclave adriático, para reposar. Del palacio, destruido por los habitantes de la ciudad de Salona que se refugiaron en él en el siglo VII tras las invasiones bárbaras, queda la estructura amurallada, así como los sótanos, que pervivieron gracias a que fueron cegados hasta el siglo pasado. También permanecen algunos vestigios más. El recinto amurallado mide 180 por 215 metros, y continúa ocupado y vivo, inmiscuyéndose en la ciudad, repleto de viviendas, capillas, iglesias y comercios.

Para hacerse una idea de lo que fue este palacio que se bañaba en aguas adriáticas, basta con adentrarse en los sótanos, a ocho metros por debajo del nivel del mar, que reproducen las estancias que se elevaban sobre él. Allí se almacenaban tanto víveres como presos y esclavos, que debían ser numerosos a juzgar por la velocidad en que fue levantado el recinto: 10 años.

Los sótanos contienen salas de planta circular de enormes sillares de piedra caliza coronadas de cúpulas de ladrillo de factura oriental, el refectorio, o triclinio, y diversos jardines interiores. Algunas de las galerías subterráneas se han convertido en animado mercadillo de recuerdos de Croacia, como esas filigranas que, gemelas de las cacereñas y las charras de Salamanca, fueron introducidas en el siglo XVI por la colonia sefardí que se estableció aquí, huyendo de la barbarie española. De hecho, un tal Daniel Rodrigo fue el constructor del puerto de Split. En la orfebrería dálmata abundan también los corales, de un tamaño y un color que indican la extrema pureza de las aguas, pero también hacen cuestionarse acerca de la supuesta prohibición de su pesca.

Volviendo a Diocleciano y a la superficie del palacio, a cielo abierto esta vez, hay que disfrutar del peristilo, convertido en plaza-pulmón de la vida cultural de Split, con sus columnas sosteniendo el cielo, su esfinge egipcia velando por los transeúntes y los numerosos conciertos nocturnos que se celebran al aire libre. Desde la planta superior del bullicioso café Luxor se abarca como en una escenografía no solamente el peristilo, sino también el gran campanario románico reconstruido a principios del siglo XX en un cierto estilo neo, y una preciosa capilla renacentista que hoy acoge la oficina de turismo.

En ese mismo cogollo monumental, por el que asoman edificios góticos, renacentistas y barrocos pisando la calzada romana sin complejos, se ubica el mausoleo de Diocleciano, cuyo cuerpo desapareció hacia el siglo XVI (nadie sabe dónde está), y que los católicos, para resarcirse, convirtieron en una diminuta catedral. Se trata de un espacio circular con escenas cotidianas romanas esculpidas en los frisos. En él se amalgaman en un pastiche estilístico de calidad las reliquias de Dimas, un púlpito románico con columnillas egipcias de pórfido, unas puertas de nogal esculpidas en el siglo XIII por el maestro Buvina y un altar de 1427 creado por Bonino da Milano.

Trogir, hito arquitectónico
Otro de los lugares de culto es el templo de Júpiter, convertido en baptisterio, presidido por una figura en bronce del gran escultor modernista Ivan Mestrovic, cuya obra, de corte religioso y mítico, y conocida mucho más allá de sus fronteras, se puede contemplar hoy en la galería que él mismo diseñó a los pies del monte Marjan, frente al mar.

En Split, además de pasearse por el casco histórico o el barrio comercial de tiempos napoleónicos, es imperativo dejarse ver por el recién restaurado paseo marítimo, en un estilo muy fashion y homogéneo, que no a todos encandila, añorantes de su antiguo sabor, más popular y mestizo. No lejos queda Trogir, pequeña ciudad patrimonio mundial de la Unesco, situada en una islita atada al continente mediante un simple puente. Es un hito de la arquitectura románica y veneciana (Venecia conquistó Dalmacia en el siglo XV), toda ella en piedra blanca de la isla de Brac. Una piedra tan preciada que se solicitó, incluso, para levantar parte de la Casa Blanca. En la plaza Mayor se concentran, amén de numerosos turistas y trotamundos, algunos monumentos de rara belleza, como la catedral de San Lorenzo. Muestra una portada románica tallada de forma excepcional por el maestro Radovan en 1240, con gran riqueza narrativa. Dos audaces esculturas de gran tamaño de Adán y Eva semidesnudos provocaron que se tapara hasta el siglo XIV. Una de las capillas más singulares es la de San Juan Orsini, del siglo XV, con una colección de querubines abriendo las puertas de la sabiduría. La tumba fue labrada por Nicolás Florentino, lo mismo que el baptisterio de la catedral, con un bajorrelieve de san Jerónimo en el desierto, como inacabado o de una inusual modernidad.

A escasos 33 kilómetros tierra adentro se sitúa la población de Sinj, que no tendría nada de particular si no fuera por su interesante torneo ecuestre llamado Alka, que se celebra cada primer domingo de agosto. Data de 1715 y rememora la victoria sobre las tropas turcas, bajo la protección, claro está, de la Virgen de los Milagros de la ciudad.

Cuenta la leyenda que un puñado de habitantes de la región venció a la soldadesca otomana, que se contaba por millares.

Pero algo más que un mero escarceo tuvo que suceder allí, cuando se advierte que el traje tradicional de los jinetes es turco de la cabeza a los pies, habiéndose perpetuado su confección local a lo largo de los siglos. Durante el torneo, los jinetes montan sus caballos, visten sus pesados trajes bordados con piezas de oro y plata, sus gorros y sus turbantes, y empuñan una lanza que habrá de atravesar en plena carrera el alka, una suerte de anillo de metal que sustituye el corazón del enemigo.

Calas de color esmeralda

No se entendería este tramo de Dalmacia sin sus islas, y las principales y más hermosas son Brac y Hvar. Ambas se alcanzan fácilmente desde la ciudad de Split en transbordador, son ondulantes y accidentadas, están rematadas por calas de color esmeralda y cubiertas de un espeso bosque mediterráneo abundante en pinos, lentiscos y cipreses que despuntan como alfanjes contra el cielo. Su infraestructura turística es satisfactoria y aumenta en calidad, y están repletas de marinas donde los ricos europeos amarran sus veleros y yates de vértigo.

Los campos fueron ganados a golpe de azada y empeño por sus habitantes, que los escalonaron en bancales y los despejaron piedra a piedra, de suerte que aún se observan los muros secos y algunos refugios de pastores trashumantes de formas esféricas, arcaicas y prehistóricas. Ambas islas viven esencialmente del turismo, pero en Brac además se extrae la famosa piedra blanca caliza, con la que no solamente se construye desde hace milenios, y de forma magistral, sino que también se tallan útiles. En el bellísimo pueblo de Pucisca, junto a un fiordo al resguardo de los vientos, se ubican la escuela oficial de cantería y algunas esculturas peculiares.

Hvar se dedica a la elaboración de aceites esenciales y productos de lavanda, que abarca hasta 30 subespecies en la isla. Por lo demás, tanto en Hvar como en las demás islas, la agricultura y la pesca se explotan de forma intensiva, y el aceite de oliva y el vino, elaborado esencialmente con la variedad local plavac, alcanzan una calidad irreprochable.

Hvar, que cuenta con unos 12.000 habitantes en invierno y ha sido muy castigada últimamente por los incendios, está además rodeada de un pequeño satélite de islotes deshabitados, los Pakleni, o islas de la Resina (también conocidas como diabólicas, pese a su aspecto virginal), que hacen las delicias de los turistas de un día. En la isla de San Klement se estableció hace más de 300 años una familia veneciana. Hace 100 años fundó un pequeño restaurante que aún permanece, y en época comunista se convirtió en un oasis de creatividad libertaria yugoslava, como aún testimonian las obras que asoman por cada esquina.

La capital, Hvar Grad, es un auténtico dije arquitectónico de sabor medieval y veneciano, con un puñado de excelentes restaurantes y hoteles donde recala gente guapa de medio mundo, y también numerosos mochileros. Pero es fuera de temporada cuando resurge su verdadero rostro, que es cuando se debe viajar allí. Desde la fortaleza española, aupada en un cerro, la vista se desparrama sobre la villa, el puerto, las islas y el mar: la naturaleza no escatimó al crear este delicado rincón del planeta.

GUÍA PRÁCTICA

Información y datos básicos- Prefijo telefónico: 00 385 21.- Oficina de turismo de Croacia en Madrid (www.visitacroacia.es; 917 81 55 14).- Oficina de turismo en Split (www.visitsplit.com; 34 56 06).Cómo ir- Clickair (www.clickair.com) vuela directamente de Barcelona a Dubrovnik, que es muy recomendable y queda a unos 200 kilómetros de Split. Desde allí se puede alquilar un coche para todo el viaje por poco más de 25 euros. También vuelan a Split Lufthansa (www.lufthansa.es), Alitalia (www.alitalia.es) y Croatia Airlines (www.croatiaairlines.com), entre otras, vía alguna ciudad europea.

Dormir- Adriana (75 02 00). Paseo Marítimo, s/n. Hvar Grad. Isla de Hvar. Bonitas vistas al puerto de recreo, diseño muy moderno y funcional. La doble, 248 euros.- Waterman Resorts Club (64 01 55; www.watermanresorts.com). Supetar. Isla de Brac. Agradables y bien equipados apartamentos frente al mar, desde 52 euros la noche para dos personas.- Hotel Park (40 64 00). Hatzeov Perivoj, 3. Split. Frente a la playa, y no lejos del centro, clásico y confortable. La doble, desde 159 euros.- Existe una red de alojamientos privados por precios más que razonables que se puede consultar en la web de turismo de Croacia.ComerLos restaurantes ofrecen, en general, una excelente relación calidad-precio.

Buenos pescados, vinos y postres, entre 12 y 25 euros.- Sperun (34 69 99). Sperun, 3. Junto al casco antiguo y el puerto, buena cocina croata y mediterránea.- Monika (88 48 08). Budislaviceva, 12. Trogir. Muy buenos productos locales.- Vinotoka (63 09 69). Junto al puerto de Supetar. Isla de Brac. Excelente cocina croata e italiana.- Kod Kapetana (74 22 30). Puerto, s/n. Ciudad de Hvar. Isla de Hvar. Muy buen pescado.- Konoba Arsenal (00385 99 / 516 38 77). Mala Banda. Jelsa. Isla de Hvar. Guisos tradicionales de pescado.

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