“¡Danzad, danzad malditos!”: Jálouin, o cómo el humo de Satanás ataca de nuevo

Pinturas negras de Goya: El Aquelarre (1823).

Pinturas negras de Goya: El Aquelarre (1823).

Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- Como es natural, es completamente imposible que alguien como yo deje pasar impunemente el aquelarre satánico del «Jálouin». Faltaría más, que no diera la caña merecida a esta perversa celebración sulfurosa, organizada, presidida y dirigida por quien ustedes saben: el Señor de las Moscas.

Realmente, en nuestra atribulada Patria estamos sufriendo desde hace mucho tiempo un esperpéntico espectáculo jalouinesco protagonizado por la mafia catalana separatista, a la que sólo le ha faltado organizar un referéndum que, en vez de urnas, tuviera calabazas.

Jálouin, noche catalanita, noche walpurgiana la que nos están dando desde más allá del Ebro estos cavernarios de la barretina; noche estelada sacudida por un estremecedor Puigdemonium donde el humo masónico convoca a los amojamados Maciá y Companys, zombies irredentos que ululan grotescos mientras buscan su «Estat Catalá» en Montserrat Pelado.

A esta caterva se le podría aplicar muy bien una frase totalmente jalouinesca, maravillosa para describir el ridículo de quien se disfraza de indepe en noches de luna llena: «¡Danzad, danzad malditos!», título de una película dirigida en 1969 por Sidney Pollack, basada en la novela «¿Acaso no matan a los caballos?». Pues eso, y más cuando se trata de secesionistas que van como caballos locos por las vaguadas de Montserrat o las playas de Sitges.

Pero, a lo que vamos, ya tenemos nuevamente aquí, en el maligno Jálouin globalista, en todo su esplendor, exhibido sin ningún recato y disimulo, el maligno humo de Satanás, aventado desde las maléficas cavernas de Monte Pelado por el Gran Macho Cabrío, cuyas risotadas llegan a Marte, al comprobar cómo las masas adocenadas se disfrazan de toda clase de endriagos y engendros salidos de los tugurios de su inframundo: vampiros, fantasmas, momias, zombies, cadáveres semidescompuestos, brujas, demonios, etc.

Realmente, no haría falta esta perversa y putrefacta «kermesse», ya que todo el año asistimos a un carnaval de abrumador feísmo, presidido por siniestras calaveras y pérfidos tatuajes que desde zarrapastrosas vestimentas dejan ver a las claras los entes que se han apoderado de una ciudadanía inconsciente de su maligno simbolismo. Si a esta parafernalia le añadimos pelos imposibles, órganos perforados a lo bantú y apariencias patibularias, podemos decir que vivimos en un permanente jálouin. 3000 años de civilización europea para esto.

La diferencia es que ahora también se asocia a este grotesco espectáculo a los niñitos, jalouinitos que juegan a ser draculines, vampiritos, brujitas y esqueletitos patéticos y grotescos, ignorantemente iniciados por sus padres en esas «performances» de ultratumba. Y hasta se dan el lujo de pedir caramelos, que en mis tiempos sólo se les daban como aguinaldo navideño. Bondad graciosa.

El caso es que cada año se da más relevancia a esta zambra zugarramurdiana, hasta el punto de que, en un centro comercial muy conocido, pusieron la demoníaca decoración jalouinesca desde un mes antes, con efectos especiales de aullidos y risas satánicas incluidos.

Donde quiera que vayas, están las estúpidas calabazas illuminati, las espesas telarañas sobrevoladas por horribles tarántulas venenosas, los encabritados murciélagos de alas parabólicas, las feísimas hechiceras de verruga en la nariz, los draculones chorreando sangre profiden, los retorcidos esqueletos de desencajadas mandíbulas, conformando una perfecta escenografía para que la multitud idiotizada se haga patéticas fotos.

En el fondo, ¿qué es Jálouin sino un chabacano y macarra grito de «¡Viva la muerte!»? ―¡quién se lo iba a decir a Millán Astray!―. Por si esto fuera poco, Jálouin es otra muestra más de la abominable invasión de cutrecultura yanqui que corroe nuestras tradiciones patrias, porque aquí las únicas calabazas que siempre se han dado han sido aquellas con las que se certifica un fracaso, en el amor o en los estudios ―y en las elecciones también, no se crean, y no estoy señalando a nadie―.

Pero Jálouin no es sino una luciferina manifestación más de la paranoia zombi que contamina hasta el paroxismo una sociedad decadente y corrompida, pervertida hasta el tuétano, que no encuentra otra vía de sacudirse el aburrimiento que recurriendo a carnavales del horror, a esperpénticas zambras «gore» donde brillan colmillos lobunos, chorrea sangre a espuertas, chirrían esqueletos a go-gó, y las carnes descompuestas dibujan grotescas muecas del Averno. Casquería putrefacta, vísceras sanguinolentas traídas desde los Tártaros, desde los dominios de Pedro Botero, desde la Transilvania «gore».

Y, claro, ahí tenemos al rey de los disfraces, aquellos que señalan directamente al emperador de los «jalouines», a ese señor con cuernos, rabo y tridente, que se cachondea del mundo al ver la cósmica bacanal en la que resuena su grito de guerra: «¡Danzad, danzad, malditos!».

Y a los disfraces tradicionales podrían unírseles las originales aportaciones de los antisistema: disfraces de gorilitas ―bolivarianos,por supuesto―, metralleros, asaltacapillas, femenvestales, titirietarras, tuiteros antitaurinos, zapatiestos, guayaberitos, leninitos, y un largo etc., que no desmerecerían en absoluto en la «Pasarela Jálouin».

Por ejemplo, coges un «Ghostface», le quitas el cuchillo y le pones un puño en alto, y queda de lo más resultón. Y si coges a un Drácula y le pones coleta, pues para qué les voy a contar. En cuanto a las telarañas, de esas hay un montón en los antros leninistas, donde, además de a muerto, huele a naftalina que apesta. Las momias de los religiosos que profanaron en el 36 podrían dar el pego como esqueletos, no me digan.

Noche nochera del permanente Jálouin que sufrimos en nuestra Patria. Noche de mortífagos, de vampiros ansiosos de sangre azul, de zombies guerracivilistas, de aliens devorapatriotas, de ghostfaces antiespañoles que asaltan desencadenados las calles, los ayuntamientos, las televisiones, las redes sociales…

Dentro de poco tendremos otro solsticio, el de Navidad, y ahí se infiltrará nuevamente el feísmo avasallador del Señor de los Malditos, obsequiándonos ―a poco que nos descuidemos― con sus epatantes y jalouinescas kabalgatas, donde brillará exultante ―entre las risotadas del globalista y cocacolero Papá Noel, vestido de blanco y rojo Rothschild― el moderno disfraz de los druidas que crearon la festividad celta de «Samhain«, antecedente de Jálouin: el de los magos merlinescos.

Estamos advertidos.

Loading...