Inicio Actualidad De Lady Gaga al perrito Timbre: Gaugamela no fue para tanto

De Lady Gaga al perrito Timbre: Gaugamela no fue para tanto

Se debatían este jueves en el Congreso tres leyes de naturaleza podémica: la Ley Trans, la Ley del Aborto y la Ley de Bienestar Animal. Me prometieron los compañeros Rubén Fernández y Maite Loureiro –no así Míriam Muro, nobleza obliga– un evento épico, una reedición parlamentaria de la batalla de Gaugamela en la que sus señorías se arrojarían, dialécticamente, claro, estatuas de La Veneno, galgos ahorcados o cadáveres de sietemesinos. Augurio fallido: la sesión fue aburrida, en el hemiciclo había más asientos vacíos que en una sala de cine independiente –la única representación ministerial fue la de Irene Montero– y, por los pasillos, el principal tema de conversación fue el de las barbaridades escupidas por los pijos idiotas del Colegio Mayor Elías Ahuja, de las que se hizo eco la ministra de Igualdad: «Esto es cultura de la violación, es intimidación y es miedo, y esto se cura, señorías, con educación sexual».

Comenzó la cosa con la Ley Trans. Montero lamentó que «la derecha quiere un país lleno de armarios». Carla Toscano: «¿Se imaginan un mundo en el que todos estén obligados a tratarnos como nos sintamos, ya sea ornitorrinco o Lady Gaga?». Sí, gracias al primer capítulo de la novena temporada de South Park, «La nueva vagina del Sr. Garrison», estrenado el 9 de marzo de 2005 –Trey Parker y Matt Stone siempre fueron unos magníficos visionarios–. La diputada de Vox criticó la incoherencia de la ministra porque, «cuando estaba embarazada de su hija, anunció que era una niña. ¿Por qué? Por sus genitales». La popular María Jesús Moro señaló que la transexualidad no es «como cambiar el modelo de consola o de móvil». Joseba Agirretxea, del PNV: «¿Cómo no vamos a defender los que defendemos el derecho de autodeterminación de los pueblos el derecho de autodeterminación de las personas?». Madre mía, si le escuchara Sabino Arana.

Precisamente, con Belarra ausente, el nacionalista vasco expuso su enmienda contra la Ley de Bienestar Animal por considerarla terriblemente «centralista». Ángel López Maraver, de Vox, en una cámara vacía de ministros, argumentó, con lógica, que es un «disparate dar falsos derechos a quien no puede adquirir obligaciones» y pidió a los socialistas que no se dejen llevar por «el fanatismo de quienes ponen ropa interior a los perros y acuestan en cunas de bebé a los gatos». Echenique revolvió las tripas al personal hablando de zorros torturados, jabalíes despeñados y de cómo mataron al pobre «perrito Timbre», amén de reivindicar la búsqueda del «bienestar de nuestros compañeros de planeta», no sé si incluyendo a las garrapatas, a los mosquitos o al candirú –un pez aficionado a meterse por el agujero del pito de quienes se bañan en el Amazonas–.

La faena se remató con la Ley del Aborto. Montero: «El derecho al aborto les parece mal –a los partidos de derechas– porque su objetivo no es disminuir los abortos no deseados, sino que las mujeres no podamos disfrutar libremente de nuestra sexualidad». Sara Giménez, de Ciudadanos, se ciscó en la «concepción conservadora del cuerpo de la mujer» que, en su opinión, tienen PP y Vox. Criticó la ley por desamparar a las familias con niños nacidos por gestación subrogada y reivindicó, en un ejercicio de humildad típico de su partido –entiéndase la ironía–, que «los liberales somos los únicos que defendemos la verdadera libertad de las mujeres». Lourdes Méndez Monasterio subrayó que «nunca puede considerarse un derecho matar a un ser humano» e instó a la movilización del personal porque, a su juicio, «si uno se pone perfil, la cultura globalista y de la muerte acabará triunfando». «Frente a la cultura de la muerte, Vox defiende la concepción, defiende la vida hasta su extinción», concluyó, con toda la bancada voxera en pie. Leo Naphta también la hubiera ovacionado.

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