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De Lincoln a Trump: de derogar la esclavitud física a emancipar a los norteamericanos de la esclavitud mental

Trump y Lincoln

AR.- Washington acabó ganando la guerra, Lincoln salvó la unión, acabó definitivamente con la esclavitud y pasó a la historia como el mejor presidente de EEUU. Hoy, una inmensa estatua de mármol de 175 toneladas dentro de un majestuoso templo al estilo griego inspirado en el Partenón de Atenas mira de frente y vigila permanentemente a los congresistas en el Capitolio.

Con grandes dudas sobre si su acción era legal o no y fiándose sólo de su conciencia, el 1 de enero de 1863 emitió la Proclamación de Emancipación, por la que, como comandante en jefe, abolía la esclavitud en los territorios sujetos a jurisdicción militar. Dos años más tarde, la 13ª enmienda de la Constitución la abolió en todo el país.

155 años más tarde, de nuevo un presidente de Estados Unidos ha debido enfrentarse a la inmensa tarea de liberar a su pueblo de otra esclavitud aún peor, la que atenaza los espíritus, mucho más implacable. Las cadenas físicas precisan de una simple llave para liberar el cuerpo del esclavo. Las cadenas mentales te atan al esclavista sin que el atado sienta su falta de libertad. Las cadenas físicas no logran que el esclavo renuncie al sueño de su libertad, ni que deje de pensar libremente. Las cadenas mentales, en cambio, son un conjunto de eslabones férreamente entrelazados con las teorías deformes en el campo de la física, la biología, la sociología y la política. El sistema de represión del pensamiento está en vigor a través de las televisiones, que debe transformar a las personas en ciudadanos dóciles, que no piensen, que necesiten la representación por las imágenes para interpretar el mundo real. También la sensualidad obra de manera demasiado nociva sobre las facultades intelectuales y la clarividencia de las cosas, inclinándose hacia el lado peor y más bestial de la actividad humana.

Aunque nos falta perspectiva temporal para valorar los efectos que la acción emancipadora de Trump tendrá en las próximas generaciones de occidentales, es un hecho que antes de su llegada a la Casa Blanca, los hijos no bastardos de Estados Unidos crecían vacíos, sin espiritualidad, sin cultura, sin compromiso patriótico, sin valores trascendentes. Por eso eran presas fáciles para un sistema depredador y consumista, que ha sustituido la búsqueda del bien común por el utilitarismo en lo económico y la identidad religiosa por una visión hedonista de la existencia humana. .

En apenas cuatro años, Trump ha conseguido que la fe vuelva a muchos de los que la habían perdido y que millones de norteamericanos se rijan según la ley natural. Para la izquierda progresista, la libertad política es una idea y no un hecho. Se necesita saber aplicar esta idea cuando es necesario atraer las masas a un partido con el cebo de una idea de libertad. Esa idea de libertad al final se convierte en más cadenas y telarañas mentales. El problema se agrava en el sector femenino de la población. Las jóvenes occidentales ya no sueñan con ser madres de familia: quieren ser youtubers, actrices, modelos, cantantes, tronistas y viven prisioneras de las modas y tendencias que deciden un puñado de modistos afeminados. El éxito hoy no se mide en términos de excelencia académica, sino en el número de amigos en Instagram. España por ejemplo es un país laboratorio de la ingeniería social en Occidente.

Como es natural, la clase dirigente postcomunista y sesentiochista, que ha tomado las riendas de la política europea, se posicionó a favor de los disturbios y los saqueos en Estados Unidos. Su objetivo: echar de la Casa Blanca al que ha puesto en jaque el sucio negocio de los nuevos esclavistas y poner al frente del país al satánico Biden, que es el símbolo de una sociedad enferma y sin futuro.

Las cadenas mentales pretenden corromper, embrutecer y prostituir la juventud occidental por una educación cimentada en principios y teorías falsas y que ha sido inspirada por las élites. El resultado: un sinfín de jóvenes vencidos, indefensos, con un horizonte mental cada vez más menguado y que serían incapaces de sobrevivir en condiciones adversas.

Muchas de estas patologías sociales eran predecibles aquí, en nuestra propia casa, a poco que se observase el comportamiento delictivo de nuestros representantes públicos, el escaso nivel formativo de nuestra enseñanza pública y el grado de desistimiento de algunas instituciones estatales. Nadie quiso enterarse y dejamos que los legisladores, con sus normas y sus clanes mafiosos, lo corrompiesen todo a su paso. Los esclavistas modernos hablan del servicio al pueblo, de la grandeza de la política al servicio de los desfavorecidos. Este sistema ha producido un número mayor de esclavos de lo que cualquier sociedad decente sería capaz de tolerar. Pero al menos hemos tenido a un líder libertador que ha hecho frente a la enfermedad que causa el debilitamiento de la voluntad.

Ya nada será igual. Los estados tendrán muy limitada la autoridad para hacer frente a la disidencia verdadera, no como la de la falsa derecha, atrapada en el pelaje de las telarañas mentales. Trump nos ha marcado el camino. Nos ha transmitido el aliento vital de una vida mínimamente aprovechada en torno a los ideales de siempre.

Trump y el trumpismo ha sido, y debe seguir siéndolo, una voz potente, sugestiva e íntegra que clame contra la indignidad y la mentira, que saque al sol toda la mugre que el sistema esconde y que abra ventanas a la luz de tentadoras empresas de futuro, que sólo una voz así podrá agitar las aguas estancadas del conformismo agónico y despertar la voluntad colectiva de regeneración. Atractiva hipótesis para soñar. Pero hoy, cuando los líderes se diseñan para responder a un consumo previamente configurado, cuando sus fabricantes son los dueños del dinero, cuando éstos controlan casi el entero aparato mediático, cuando redes subterráneas a su servicio no conocen límites a la hora de abatir obstáculos incómodos para el triunfo de la marioneta elegida, esa posible voz de redención pretende ser ahogada sin conmiseración a través del mayor fraude electoral nunca conocido. Los grandes líderes como Trump sólo insurgen cuando el caos ha fracturado la osamenta del sistema, las instituciones son como trastos desvencijados tirados a la calle, la miseria se hace insoportable y la anarquía se adueña del paisaje. Sólo entonces, rotos los grilletes de la alucinación, los pueblos buscan un verdadero hombre guía al que seguir, en vez de al flautista de Hamelin.

El ejemplo de Trump debe ser esparcido para liberar a los pueblos de Occidente de sus grilletes mentales con la llave de nuestra renacida conciencia.