De primero, envejecer lo moderno. De segundo, flambearlo

En abril de 2000, el estudio de arquitectura Denton Corker Marshall, el diseñador Philippe Starck y el grupo hotelero Morgans, liderado por Ian Schrager, padre del hotel boutique, ponían patas arriba el artrítico barrio de Fitzrovia, en pleno West End londinense. Habían convertido el Sanderson, un hotel de 1958 ubicado en un edificio de cristal y metal –de esos que hemos empezado a apreciar hace apenas un par de años, pero que entonces eran el recuerdo de una fallida modernidad– en el lugar más moderno de la ciudad.

Era complicado saber cómo sentarse en los sillones que Starck ideó y casi imposible pillar sitio en el Purple Bar, un local de color morado inspirado en Alicia en el país de las maravillas que se convirtió en el bar más guai de la ciudad. Trece años después, Schrager abría en la misma calle The London Edition.

La mutación de los gustos de la humanidad y de la idiosincrasia londinense se puede explicar en el abismo metafísico que separa ambos hoteles. Edition es un encuentro entre la tecnología moderna y la estética del nuevoviejo. Su bar (Punch) es todo madera y claroscuros y, en vez de bebidas de colores, sirve tragos que podrían consumirse en la serie Deadwood.

Pero la gran diferencia la marca su restaurante, Berners Tavern. Paredes llenas de cuadros y botellas. Maximalismo en materiales nobles y, sobre todo, un ambiente inclusivo y un menú que apuesta por confortar al comensal, no por asustarlo. Quizás de aquí a 10 años nos parezca tan dudoso como el Sanderson, pero, de momento, es nuestro deber informar de que es la leche.

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