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De profanar a Franco como revancha definitiva a sufrir en carnes propias el zarpazo de una enfermedad que ellos torpemente han extendido

AR.- Corría el año 530 antes de Cristo. Belsasar, el soberano corregente de Babilonia —ya que el monarca primero era su padre Nabónido— celebraba un festín en compañía de sus nobles cuando tuvo la ocurrencia de beber en los vasos sagrados substraídos del Templo de Jerusalén en tiempo de Nabuconodosor. De inmediato, una misteriosa escritura apareció en la pared, trazada por una mano espectral, la cual ninguno de los sabios fue capaz de interpretar.

Llamado Daniel, judío deportado, por sugerencia de la reina quien recordaba su clarividencia, éste censuró duramente al rey y, sin aceptar sus promesas de obsequios, descifró la escritura. El texto anunciaba, en arameo, la caída de Babilonia en manos de los persas. Dijo el profeta Daniel al rey: «Quédate con tus dones y da a otro tus regalos. Yo leeré al rey lo escrito y le explicaré su sentido. Te has rebelado contra el Señor del cielo, has hecho traer los vasos de su templo, para brindar con ellos en compañía de tus nobles, tus mujeres y concubinas. Habéis alabado a dioses de oro y plata, de bronce y hierro, de piedra y madera, que ni ven, ni oyen, ni entienden; mientras que al Dios dueño de vuestra vida y vuestras empresas no lo has honrado. Por eso Dios ha enviado esa mano para escribir ese texto. Lo que está escrito es: «Contado, Pesado, Dividido».

La interpretación es ésta: «Contado»: Dios ha contado los días de tu reinado y les ha señalado el límite; «Pesado»: te ha pesado en la balanza y te falta peso; «Dividido»: tu reino se ha dividido y se lo entregan a medos y persas.» Entonces mandó Belsasar vestir a Daniel de púrpura, y poner en su cuello un collar de oro, y proclamar que él era el tercer señor del reino”. La misma noche fue muerto Belsasar, rey de los caldeos. Y Darío el Meda tomó el reino.

Con el correr del tiempo, aquella profecía del “Contado, pesado y dividido” ha adquirido el significado premonitorio de quien está amenazado por una catástrofe inminente… ¿No contemplamos en la persona de Pedro Sánchez y su gobierno Frankenstein a esos profanadores que se enfrentan a su ya casi inaplazable final? Lo que es sumamente penoso es que su dolosa incompetencia se lleve por delante miles de vidas. La infame gestión de una calamidad pública como la pandemia del coronavirus ha puesto en evidencia no sólo su negligente torpeza, sino su depravado calado moral.

Los mismos que con irrefrenable soberbia arrastraban por el fango los restos de un difunto fallecido hace 45 años y lo presentaban como revancha definitiva de sus rencores escanciados, ahora sufren en sus carnes el zarpazo de una enfermedad que ellos han contribuido a extender con infinita torpeza.

Profanaron el descanso de un ilustre difunto, violentaron un recinto sagrado y humillaron públicamente a su familia. Violaron el orden natural con leyes inicuas, la presunción de inocencia con leyes de Violencia de género y de Odio, corrompieron a los menores con pornografía en los colegios y preparaban el asesinato masivo de pensionistas con la Ley de eutanasia… ¡Contado! Sí,  don Pedro, porque tu gobierno y tu misma vida tienen un límite, tú que piensas que eres inmortal por macho alfa… ¡Pesado! Sí, don Pedro, porque eres la vacuidad, la vaciedad más absoluta, parasitado totalmente por aquellos que piensan por ti, sicario, esbirro mequetrefe de la patulea leninista de Podemos. ¡Divido! Sí, don Pedro, porque no puedes exigir unidad cuando mientes más que hablas y escondes tu analfabetismo personal con tu careto repeinado… Tienes un gobierno de retales mal cosidos, cueva de todos los vicios e indignidades que “aprisionan la verdad en la injusticia”, como dice el apóstol Pablo.

Sois, Pedro, serviles esbirros de aquellos lóbregos y ocultos poderes globalistas que quieren convertir España en el laboratorio de pruebas de ese orden mundial que quiere transformar la raza humana en un rebaño de zombis -muertos para el bien y vivos para cualquier perversidad- dispuestos a trabajar, fornicar, abortar y consumir hasta reventar.

Pedro, el profeta Daniel te habla a ti, sepulturero profanador: ¡Contado! ¡Pesado! ¡Dividido!
Todavía estarías a tiempo de cambiar, si quisieras. Pero probablemente sufres ya de oclusión intestinal… Las heces que no se evacúan a tiempo acaban pesando demasiado y corrompiéndolo todo. ¿A que sí, Pedro?