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Del aplauso solidario a la cacerolada indignada

«Sólo los borrachos, cuando les llaman borrachos, se ofenden» (Dicho popular) Me corregía mi abuela Florencia, la maestra de La Gomera y más tarde de Arroyomuerto, cuando yo dejaba volar mi imaginación para tapar algún desliz infantil, advirtiéndome que se coge antes a un mentiroso que a un cojo. Y tenía razón porque la mentira tiene las patas muy cortas. Quizá aún la propaganda que inunda cada día los informativos con medias verdades no ha sido percibida con la gravedad que debiera por los ciudadanos. O, aún peor, pudiera ocurrir que a nadie le interese realmente conocer la verdad. Porque la verdad no importa cuando la prioridad es la supervivencia.

¿No han visto ustedes esos documentales en que un rebaño se lanza al precipicio tras los que van delante? Probablemente miran a los de al lado y se consuelan con aquello del “mal de muchos…”

Pero no nos asustan como solían, recuerden el 11-M, con imágenes de cuerpos mutilados, o interminables filas de bolsas con cadáveres. Nos llevan a la muerte y a la ruina pero nos la ocultan.

Es un suicidio colectivo, votado, aceptado y aún en marcha. Como en esos instantes previos en que el suicida pierde su instinto de autodefensa y se deja caer al precipicio. Es cierto que, un segundo después, todos parecen arrepentirse cuando la fuerza de la gravedad –dichoso bosón de Higgs- ya ha tomado la opción de entre lo que es posible que ocurra a lo que realmente ocurre. A lo mejor por eso se ha denominado a ese corpúsculo, la partícula de Dios, pues no duden que Dios siempre estará al final de cualquier trayecto.

En tal marco ha de situarse la política con la que estamos afrontando la crisis del Covid-19. Basta hurgar en los comunicados oficiales para comprender que, además de los problemas sanitarios y económicos, soportamos una gestión embustera, nefasta, egocéntrica, populista e insolidaria, que apoya su continuidad en esa llamada a mirar hacia otro lado en silencio, predicada por los medios afines y los que no lo son, aunque estos últimos hayan claudicado temporalmente por puro instinto de supervivencia. Ello no obsta, sin embargo, a que la ciudadanía se despierte ya cada día a las 21 horas para cacerolar ruidosamente su indignación.

Para mantener esa situación el mayor tiempo posible, el gobierno socio-comunista, emplea como arma arrojadiza la mentira compulsiva. Miente y acusa a los demás de sus errores. Miente y se indigna cuando alguien airea sus mentiras, no importa que sea un prestigioso medio de comunicación, la Universidad Johns Hopkins, la OMS, o cualquiera que discrepe de la versión oficial. La mentira es el medio, aunque también la causa. Porque una mentira lleva a otra, y esta a otra…, y así sucesivamente.

Por ello, imposible evitarlo, irán radicalizándose aún más las posturas. Y así, mientras la mayoría de las buenas gentes dan pábulo al buenismo, irán a su vez en aumento quienes, por el contrario, ven al gobernante desnudo ante sus vergüenzas y apostarán por otros medios de supervivencia.

¿Qué negar? Donde impera la falsedad y el extremismo, mal se evita la anarquía. Y es posible que este sea nuestro futuro con un gobierno desnortado y frágil, tan ávido de mandar como incapaz de hacerlo con eficiencia. Cuanto más se mece en las manos de quienes desean destruir España, más se aleja de la realidad. Algo muy semejante a aquel borracho que ahoga en el alcohol sus desgracias, pero niega estar ebrio.

Es por lo que, como aquél, se ofende tanto cuando las caceroladas de cada día a las 21 horas le recuerdan la cruda realidad de lo que está haciendo con este País.