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Donald Trump, el ícono contra la destrucción de Occidente

Por Raúl Tortolero.- La censura contra el presidente Donald Trump y su equipo no sólo no cesa, sino que se ha intensificado en las últimas horas. Una cadena televisiva más cortó de tajo a Kayleigh McEnany, portavoz de la Casa Blanca, cuando exponía detalles que abonan a un fraude electoral.

En Estados Unidos, nación emblema mundial de las libertades, los derechos humanos y la democracia, la libertad de expresión está siendo atacada descaradamente en todo el país y en instantes prime time.

Sólo que en esta ocasión, no es una autocracia la que silencia las voces que la contradigan, sino, insospechadamente, al revés: un tenebroso enjambre de medios electrónicos y digitales decide qué se puede decir y qué no. Un aglomerado de marxismo cultural promotor del pensamiento único, que está dictando lo que debemos pensar y que limita lo que debemos saber.

Tanta unanimidad nunca es fruto de la democracia

Esta ‘dictadura cool‘ no se apersona con casaca militar, sino con anchors carismáticos, presentadores de noticias y opinadores de toda estirpe, pero que, “casualmente”, piensan todos igual. Responden a un guión establecido, a una narrativa nada improvisada.

Circula un video en redes que se muestra cómo no menos de 15 conductores repiten que “es un peligro para la democracia” la actitud de los republicanos de exigir el recuento de los votos. ¿Quiénes escriben este guión y cuáles son sus objetivos ocultos? Tanta unanimidad nunca es fruto de la democracia.

Twitter sigue también bloqueando casi cada posteo de Trump y su equipo. En Estados Unidos y el mundo, los dueños de las redes sociales deciden qué se puede decir y qué no. Están por encima de los presidentes legalmente elegidos. Y te redirigen a la nota “correcta”, a la información aprobada por el enjambre progresista.

Interesante comprobar hoy para qué les ha servido inyectar la ideología de supuesto respeto, inclusión, no discriminación y protección de las personas: alegando la violación de estas normas, callan a Trump, ergo a quien sea en todo el orbe.

No se puede criticar la ideología de género, y el feminismo radical, por ejemplo, sin sufrir consecuencias, como la cancelación; tampoco se puede hablar de un fraude, y documentarlo, como hace Trump, sin ser “cancelado”. La ideología de la ‘dictadura cool’ opera con estrategia geopolítica.

Del ‘biopoder’ al ‘psicopoder’

Foucault definió el ‘biopoder’ como un conjunto de medidas políticas de Estado que inciden directamente sobre el cuerpo, disciplinas como la reclusión en prisiones y psiquiátricos, o internados; campañas anticoncepción, de prevención de enfermedades venéreas y de cáncer, de vacunación, y ahora pro aborto.

El coreano Byung Chul-Han habla de la evolución del ‘biopoder’ al ‘psicopoder’, donde la población es controlada no mediante la bota, sino con métodos cool: ya nadie tiene que torturarte para saber todo de ti y controlarte; ahora tú mismo te desnudas en las redes sociales, que además, con el big data, saben lo que comes, tus medicamentos, si consumes porno, tu ideología política y tus transacciones bancarias.

Vivimos en realidad simultáneamente las políticas disciplinarias del ‘biopoder’ y del ‘psicopoder’. En un grotesco ejemplo de ‘biopoder’, el COVID-19 surgido en China obligó a una larga reclusión, con estragos económicos. Ningún gobierno está preparado para eso y afecta a todos si hay elecciones.

A eso se sumó el ‘psicopoder’ de las redes sociales y el mainstream media, buscando que todos opinen que no hubo fraude –sin aportar pruebas de la virginidad electoral-, que Trump es lo peor y que Biden es el ángel de la democracia.

Biden, el avance del globalismo

Como sea, los más de 70 millones de ciudadanos que votaron por Trump no van a desaparecer aun cuando los resultados, en un recuento legal, no lo favorecieran. Las mafias mediáticas y sus “aliados” van a tener que lidiar con la mitad de la población, que apoya a Trump.

Pero la llegada de Biden y los intereses que lo impulsan, el progresismo y la izquierda radical, representan el avance del globalismo y por tanto una aproximación al fin de Occidente y sus valores tradicionales.

El pluralismo que habría votado por Biden se traduce en la dominación de minorías rabiosas presentadas como víctimas para controlar e imponer su agenda; las mayorías quedan maniatadas por la “corrección política” y la ideología cobijada por el Estado e instituciones globalistas como la ONU. Nadie se puede salir de la línea porque es “cancelado”. La realidad calcada de episodios de Black Mirror (cf. Caída en picada y Blanca Navidad).

“New World Order” vs. “Make America Great Again”

¿Cuáles son los verdaderos intereses que afectó Trump como para ser tratado así por los faraones mediáticos y de redes ahora? Sólo un ingenuo puede pensar que es rechazado porque es “conservador” y los otros son “liberales”.

El fondo es estructural: Trump desafió y logró quitar la batuta a un grupo político megapoderosos enquistado durante 28 años (de 1988 a 2016) y que operaba entre los burros, como entre los elefantes.

Ese periodo inició con George H.W. Bush, de quien se recuerda su simbólica frase de 1991, en la que calificaba la guerra del Golfo Pérsico no como la afectación a un pequeño país, sino como el inicio de un “New World Order”.

Agenda muy diferente es dejar de lado los sueños de dominación mundial y regresar los ojos al interior de Estados Unidos, a las clases populares, en lo que ha basado Trump su gobierno: la reivindicación de los trabajadores, y por tanto, la del nacionalismo y del patriotismo. Eso es “Make America Great Again”.

Sin guerras, sin invasiones, Trump afectó los grandes negocios del globalismo y sus tiranos en los partidos políticos, en la industria, y en los medios y redes sociales. Esos sectores usan la agenda progresista para dominar a Occidente a través de una ideología, que opera como un software en la mente ciudadana: si no lo acatas, vives en el error y sufres las consecuencias.

El progresismo globalista disfrazado de socialismo cool

Como ha escrito Roger Scruton, la izquierda radical siempre ha luchado por apoderarse del lenguaje; su principal legado es la transformación del lenguaje político. Pensemos todos los términos que hoy se nos imponen incluso como políticas de Estado, que son de observancia “obligatoria”: heteropatriarcado, feminismo interseccional, nuevas masculinidades, género fluido, cancelación…

El socialismo cool –que es progresismo globalista– es el responsable directo de los intentos para la destrucción de la familia de padre, madre e hijos, de la desacralización de la vida, y asumir como “religión” cualquiera de sus causas “paganas”, de la cosificación del ser humano y asumirlo sin espíritu, como una máquina de producir y consumir.

Y sobre todo, de transferir el sujeto de la revolución clásica marxista, de obreros y campesinos contra burgueses, a la lucha abierta de hombres contra mujeres, heterosexuales contra homosexuales, a blancos contra negros e indígenas, a cristianos contra musulmanes.

Por esto hoy, Trump –pese a sus exabruptos y defectos personales– y con sus más de 70 millones de votantes, es un ícono contra la destrucción de Occidente y los valores de la cristiandad, que no se va a ir a ningún lado.