Dudas sobre la supervivencia del pacto de May con los unionistas del Ulster

Como si no hubiera pasado nada, Theresa May prometió ayer estabilidad para afrontar las negociaciones sobre el Brexit, que deberían empezar dentro de diez días. Y aunque no es conocida por su sentido del humor –más bien todo lo contrario–, incluso se mostró confiada en permanecer otros cinco años al frente de un gobierno apoyado por los unionistas norirlandeses del DUP. La realidad sin embargo es muy diferente, porque todo ha cambiado. Su autoridad ante el propio partido, el país y Europa se ha esfumado. Los conspiradores han empezado a reunirse en la sombra para clavarle el puñal. Y aunque la ejecución no se consume, la perspectiva de unas nuevas elecciones después del verano no es descabellada.

Más que primera ministra, May ha quedado reducida al papel de gestora de una empresa en quiebra (el equivalente político británico del Banco Popular), hasta que se encuentre comprador. Convocó unas elecciones innecesarias borracha de ambición, con la promesa de un gobierno fuerte y estable (su eslogan de la campaña, repetido hasta la saciedad) que le permitiera negociar un Brexit duro con Bruselas. Pero lo que ha conseguido es un gobierno débil e inestable, al que los negociadores europeos le sugieren casi por caridad la posibilidad de aplazar el comienzo del tira y afloja hasta que recupere la salud.

La primera ministra acudió ayer a mediodía al palacio de Buckingham para pedir permiso a la reina a fin de formar gobierno. Los conservadores obtuvieron el mayor número de escaños (318), con el mayor porcentaje de voto, pero perdieron 12 respecto a las elecciones del 2015 y no llegaron a la mayoría absoluta. El Labour resultó el ganador moral, con 31 diputados más que hace dos años, y su líder, Jeremy Corbyn –hasta hace poco ridiculizado como una antigualla socialista al que no quería ni su propio grupo parlamentario y que jamás podría llegar a primer ministro–, fue proclamado el gran triunfador.

De madrugada, tras conservar su escaño por Maidenhead, una May descompuesta, con voz entrecortada y kilos de maquillaje para ocultar que había estado llorando, se ofreció para garantizar la estabilidad que ella misma le ha robado al país en las negociaciones del Brexit. Horas más tarde, un poco recuperada, compareció brevemente en Downing Street para anunciar que seguiría al frente del timón mediante un acuerdo (no una coalición formal) con el Partido Democrático Unionista (DUP) de Irlanda del Norte, formado por el reverendo Ian Paisley y que es la principal fuerza protestante de la provincia.

Pero a May le esperan aguas turbulentas, y lo sabe. Los planes de una remodelación ministerial a su gusto se han ido al garete. El responsable de Exteriores, Boris Johnson, que no oculta sus ambiciones de liderazgo, ha empezado a maquinar. Los pesos pesados del partido guardan un silencio ominoso, sin expresarle ningún tipo de apoyo, a la espera de acontecimientos. Sólo algunos destacados brexiteros duros, como Iain Duncan Smith, se han declarado partidarios de su continuidad, con la esperanza de que no se desvíe del camino de un divorcio duro con la UE. Y a todo esto Nigel Farage, el exlíder del UKIP, ha insinuado su regreso al ruedo político para procurar que su criatura, el Brexit, no se desvirtúe.

Pero, como un artista descontento con su creación, el óleo en el que está pintado el Brexit ha sido borrado por los electores, y May va a tener que empezar a componerlo de nuevo, tal vez con mayor suavidad. Frente a un gobierno débil, el Parlamento –con mayoría de partidarios de una ruptura suave– va a tener mucho más que decir y su voz no podrá ser ignorada. Ejercerá presiones difíciles de resistir. El Labour, reforzado, quiere permanecer en el mercado único y la unión aduanera, pero al mismo tiempo algún tipo de control de la inmigración que va en contra del principio de la libertad de movimiento defendida a ultranza por Bruselas. Es la cuadratura del círculo.

Las elecciones iban a ser sobre el Brexit, luego no lo fueron porque May no quiso hablar de él, y al final los resultados han tenido que ver mucho con el reparto de fuerzas entre las dos nuevas grandes tribus de la política británica, los leavers (euroescépticos) y los remainers (eurófilos). En realidad han sido la venganza de estos últimos, y también de los jóvenes en su batalla generacional contra el grey power de los jubilados. Si ambos grupos hubieran votado hace un año en el referéndum como lo hicieron ayer, tal vez la historia se habría escrito de otra manera y el país no se encontraría en el actual brete. Pero, en cualquier caso, después de un año de ser olímpicamente ignorados, esta vez decidieron acudir a las urnas, y montaron el gran lío.

La Gran Bretaña que quería un gobierno “fuerte y estable” es hoy motivo de risa (o schadenfreude) en Europa, con una primera ministra pendiente de un hilo, el Brexit en el limbo y una oposición crecida, con un Labour reforzado tras abandonar el centro y regresar a la izquierda pura y dura, y un líder que ha visto reivindicados sus planteamientos socialistas tradicionales, y sus planes de incrementar la presión fiscal sobre los ricos y las grandes corporaciones, las nacionalizaciones de los servicios públicos, el fin de la austeridad y una inversión de corte keynesiano en sanidad y educación. La derecha británica lo caricaturiza como un loco marxista y un peligro público, pero en realidad está en la línea de Bernie Sanders, Mélenchon o Pablo Iglesias (pero que no ha creado un partido nuevo, sino que ha cambiado el rumbo del equivalente británico del PSOE).

La indefinición respecto al Brexit le ha salido bien a Corbyn. En unas elecciones con mucho voto táctico, consiguió repartirse con los conservadores el del UKIP, manteniendo así sus reductos tradicionales de clase obrera del norte de Inglaterra, mientras en Londres fue llevado en volandas por los remainers, que ahora se conforman con un Brexit blando como mal menor. Los liberaldemócratas, el partido más abiertamente proeuropeo, ganaron cuatro escaños, pero su figura más carismática, el ex viceprimer ministro Nick Clegg, fue derrotado. También el expremier escocés Alex Salmond ha perdido su escaño.

A estas alturas hace dos años, tras la inesperada mayoría absoluta de David Cameron, ya habían dimitido Clegg, Farage y el laborista Miliband. Esta vez sólo lo ha hecho el líder del UKIP, Paul Nuttall, después de que su partido perdiera el único escaño que tenía y su aniquilación se confirmara oficialmente. Pero la supervivencia de May está en el aire, lo mismo que el Brexit. El Reino Unido ha cambiado de la noche de la mañana. La imagen de Corbyn como primer ministro ha dejado de ser una alucinación. El Labour, por el momento, ha abandonado cualquier noción de tercera vía. El bipartidismo ha vuelto. Fragmentación. División. Ya no es un país sólo para viejos, sino también para jóvenes. No sólo para leavers sino, quizás, también para remainers.

Loading...