El 155 entra en Barcelona

El 155, el artículo martillo pilón de la Constitución española, también es una línea de autobús de Transports Metropolitans de Barcelona y en estos días de zozobra no está de más hacer un hueco en la agenda y montarse en él, no por hacer una gracieta, porque no está el patio para bromas, sino para lograr (a) un punto de vista distinto y (b) por el mismo precio (quedan ya avisados) recomendar una lectura, ‘Trieste o el sentido de ninguna parte’, de Jan Morris. Pesa poco (224 páginas, ideal para este viaje de ida y vuelta en el 155) pero cuenta muchísimo, por ejemplo cómo una ciudad de éxito (dicen que Barcelona lo es) puede en un pis pas perder su estrella en un mal día histórico, eso que tanto abunda en este agitado octubre. Lo de Morris lo dejamos para el final. Primero, la ruta 155, que no tiene el glamur de la 66 americana, de acuerdo, pero que si la pillara un Steinbeck local se sacaba unas uvas de la ira versión Vallès Occidental que tendría su qué.

Palabra de Google Maps, el bus 155 circula unos metros por Barcelona, por la ‘unnamed road’. Esto promete

El 155 es un bus de Montcada i Reixac, sí, pero rueda durante unos 20 metros o más por Barcelona, o sea, que cuela el título de que el 155 llega a Barcelona, ni que sea por despertar la curiosidad. Es un autobús que cubre la ruta que separa Can Cuiàs, barrio hermano siamés de Ciutat Meridiana, del de Terra Nostra, al norte de Montcada, pero, lo que son las cosas, brevemente pisa Barcelona. Según Google Maps, para dejar Can Cuiàs el bus cruza la “unnamed road”, la calle sin nombre, todo un presagio de lo que vendrá después si, como es el caso, esta es la primera ocasión en que uno se monta en esta línea, rumbo a lo desconocido.

‘Borbonear’, ese verbo

Montcada i Reixac era antes de 1917 un lugar deliciosamente rural. Viñedos, árboles frutales, cañizales junto al río… Tenía hasta los restos de un antiquísimo castillo que en 1713 ordenó ‘borbonear’, cómo no. Felipe V. La cuestión es que en 1917 la industrialización llegó a Montcada, y de qué manera, por favor. Lo que la ruta del 155 exhibe es en cierto modo la cara b de que Catalunya haya sido durante el siglo XX la comunidad más desarrollada de España, un disparate urbanístico en la trastienda. El municipio no llega a los 35.000 habitantes y tiene cinco estaciones de Renfe. Cinco trincheras. En el viaje de ida suben al bus señoras y algún señor con el carrito de la compra. Silencio sepulcral. A la vuelta, a la hora que acaban las clases, suben escolares. Guirigay. Casi se agradece ese rato algarabía, porque el paisaje exterior no tiene remedio. En estos tiempos de banderas en los balcones, las que despuntan en Montcada son las que reclaman, y con razón, el soterramiento de las vías de Adif.

El autobús cruza Montcada de Can Cuiàs a Terra Nostra o, si se prefiere, muestra de forma descarnada el precio del progreso

Al fondo se intuye la silueta de la catedral laica de Montcada, la antigua cementera Asland, hoy Lafarge. Está ahí desde el día en que murió el bucolismo en ese tramo del Besòs, el antes citado 1917. La empresa presume de que de sus fraguas o como diantre se llamen han salido los cementos que han dado forma, por ejemplo y por presumir, a la Sagrada Família, al Museu d’Art Nacional de Catalunya y a la Boqueria. La ruta del 155 es, en cierto modo, un paseo por el precio del progreso. Eso, desde el punto de la vista de la realidad. Desde el metafórico, si el 155 autobusero es un reflejo de lo que será el 155 constitucional, solo se puede decir una cosa: ¡glups!

Freud, anguilas, testículos

Ahora, lo prometido. Jan Morris, la autora elegida para hacer más llevadera esta descorazonadora excursión. En el año 2001 publicó su decimoséptimo libro de viajes, un sentimental retrato de la menos italiana de las ciudades italianas. Es Trieste, ejemplo mayúsculo de cuán caprichosa puede ser la historia, precedente a sopesar este octubre. El Imperio Austrohúngaro la eligió como su salida preferente al mar. Era, en la distancia, el puerto de Viena. Era, pues, una ciudad estratégicamente situada. Fue un imán para las grandes fortunas de Europa, también era un puerto franco para intelectuales de todas las ramas, escritores sobre todo, pero también tipos singulares como el joven Sigmund Freud, que según cuenta Morris dedicó sus meses de estancia en Trieste a inútilmente diseccionar anguilas en busca de sus ignotos testículos. Pobre, no se sabía entonces que eran hermafroditas.

Trieste fue tan vibrante y cosmopolita como Barcelona hasta que en un día histórico su estrella se apagó

La estrella de Trieste parecía que iba a ser eterna cuando, he aquí lo imprevisto, las fronteras europeas se resituaron al gusto de los vencedores de la Gran Guerra. Pasó a manos de Italia. Aquella ciudad, antes cosmopolita y comercialmente vibrante, cayó en una melancólica depresión, muy literaria, sí, pero nefasta a todas luces.

El 155 regresa Can Cuiàs. Fin de trayecto. Hora de echar un ojo a las últimas noticias en el teléfono. Pastas Gallo traslada su sede fiscal a Córdoba. Las empresas que han huido son como mínimo 700. Y eso que el 155, de momento, es solo una línea de bus.

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