Inicio Actualidad El adivino que anunció la Guerra Civil

El adivino que anunció la Guerra Civil

«En 1936 estallará la guerra». La noticia bomba se publicó en la revista ilustrada «Estampa» a finales de 1935, seis meses antes de que comenzase la Guerra Civil española. El número de esta joyita de hemeroteca, fundada en 1928 por Luis Montiel de Balanzat, ingeniero y monárquico moderado, cayó casualmente en mis manos durante una visita a un conocido anticuario madrileño. «Estampa» tenía un formato muy parecido al tabloide. Editada en papel cuché, más del 70 por ciento de su contenido constaba de curiosas e impactantes imágenes en tonos sepia. Un año después de su aparición, la revista tiraba ya alrededor de 200.000 ejemplares, tantos como toda la competencia junta. «La revista de todos y para todos», rezaba, con razón, su publicidad. Se dirigía así a un público masivo, popular, sobre todo femenino, pues pronto abanderó el feminismo más progresista, convirtiéndose en plataforma de algunos de sus miembros más destacados como Victoria Kent, Clara Campoamor y Matilde Huici. Otro de sus eslóganes, decía: «Son las modistillas –alegría y gracia de Madrid– las lectoras más entusiastas». Sea como fuere, muchos pudieron leer aquel número extraordinario elaborado por Navidad, en cuyas primeras páginas aparecía la asombrosa revelación del profesor Aris, según la cual España caería al abismo de una guerra fratricida con la llegada del nuevo año. Pésimo augurio para las miles de familias que celebraban entonces, alegres y en paz, las tradicionales fiestas navideñas. Otros, en cambio, se tomaron entonces a chanza aquella especie de profecía calamitosa. El reportero Feliú, acompañado del fotógrafo Llompart y Legorgeu, fue testigo de aquel horrible vaticinio mientras su excéntrico autor deambulaba absorto por su despacho, en uno de cuyos rincones se hallaba su médium Fakara en trance hipnótico. Minutos antes, el profesor Aris había consultado sus libros de Astrología, oteado en el planisferio y escudriñado el Zodiaco. «¡Atención, Fakara! –exclamó Aris con mirada endemoniada. ¿Tienes algo que rectificar de nuestros pronósticos para el año próximo?». Desde lejos, la médium negó con voz entrecortada: «No… La guerra se acerca… Dos amenazas: una en España y otra en Oriente, se ciernen sobre la paz…» Los reporteros presenciaban boquiabiertos la escena. «La premonición –advirtió Aris– no es infalible, pero falla muy pocas veces… Yo quisiera encontrar alegrías y venturas que predecir a ustedes, pero me limito a decir lo que veo… En mis predicciones sobre el año que acaba, publicadas en Estampa el pasado 5 de enero, dije ya que 1935 era el prólogo de una guerra… Hoy afirmo que el conflicto armado es inminente». Aris mostró a continuación su libreta, en la que había anotado: «Veo una seria enfermedad de Su Santidad el Papa… El señor Azaña será invitado a formar parte de un nuevo Gabinete, pero rehusará la oferta porque más tarde será el factor principal en un nuevo Gobierno… Definitivamente regresará a España un célebre general que hoy está desterrado voluntariamente».

La salud del Papa

¿Qué encerraban de verdad aquellas tres premoniciones? Bastante, si analizamos lo que sucedió más tarde. Para empezar, la salud del Papa Pío XI se resintió progresivamente hasta su muerte, acaecida en febrero de 1939, dos meses antes del final de la Guerra Civil en España. Azaña, por su parte, sería encargado de formar gobierno tras el triunfo electoral del Frente Popular, en febrero de 1936. Por último, un relevante militar, «desterrado voluntariamente» como comandante en jefe del Ejército español en Marruecos, regresaría en julio de 1936 a España para ponerse al frente de la sublevación contra el Gobierno de la República. El general Franco lideró así el inicio de la guerra, vaticinado por el profesor Aris. Pero el polémico adivino nada dijo en cambio sobre el año en que concluiría la contienda: 1939…

Vislumbró, eso sí, durante otra de sus proféticas sesiones, las terribles consecuencias de una guerra fratricida no solo para los soldados que combatían en el frente, sino sobre todo para los pobres civiles inocentes que poblaban las dos retaguardias. En Barcelona, avanzada la guerra, una sola imagen valía más que mil palabras: centenares de perros abandonados pululaban por las calles en busca de alimento. Igual que el número insólito de ratas muertas indicaba la gravedad de una epidemia de peste bubónica, el perro constituía la mejor señal del alcance de una epidemia de hambre humana. En una de sus sesiones visionarias, como decimos, el profesor Aris pudo contemplar legiones enteras de perros deambulando sin rumbo, esqueléticos, por las ciudades.