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El alférez conquistador – La Gaceta de la Iberosfera

Presenté el pasado jueves en el Ateneo de Santander un gran libro. “La Guerra Civil en el Norte” del general Rafael Dávila, nieto del general Fidel Dávila, el que fuera fundamental artífice de la victoria nacional en la Guerra Civil.  Un libro imprescindible por su serenidad y equilibrio, con una documentación inédita y sorprendentemente reveladora. El general don Rafael Dávila, nieto de don Fidel, ha sido coronel jefe de la Guardia Real con Don Juan Carlos I y general jefe de la Legión Española. Su padre, también general. Una dinastía de honor, servicio a España y sabiduría militar. Don Fidel fue el comandante jefe del Ejército del Norte, triunfador en Asturias, Santander, Bilbao, El Ebro y Cataluña. Y ahí, en la campaña de Cataluña y la toma de Barcelona, descubrí el único fallo del libro del general Dávila. El olvido – involuntario, por desconocimiento de los hechos-, del conquistador en solitario de Barcelona. El alférez del Requeté don Ángel Antonio Mingote Barrachina, que al cabo del tiempo transcurrido, se convertiría en uno de los genios españoles de los siglos XX y XXI. 

El 21 de enero de 1939, el alférez Mingote lucía orgulloso su boina del Requeté con su estrella dorada de seis puntas

El Ejército al mando del general don Fidel Dávila aguardaba la orden de ocupar Barcelona. El alférez Mingote formaba parte de la oficialidad del Cuerpo del Ejército de Navarra que esperaba en el Tibidabo-Valvidrera las órdenes para descender hasta la Ciudad Condal. Orden que se emitió el 24 de enero de 1939. Pero tres días antes, Barcelona fue ocupada por un alférez en solitario. Un alférez desarmado, que del Tibidabo a la calle Muntaner, y bajo su exclusiva responsabilidad, descendió tranquilamente hasta Barcelona para poder abrazar a su madre, doña Carmen Barrachina,  a la que no veía desde 1936. El marido de doña Carmen, don Ángel Mingote, era el director desde 1918 de la Banda Municipal de Sitges, y la guerra les sorprendió en Barcelona. El álférez Mingote nació en Sitges en 1919, pero su alma siempre estuvo dividida entre Aragón y Madrid, entre Daroca y El Retiro.

Los uniformes, al final de la guerra, eran despojos. No se distinguían apenas los detalles. No obstante, el 21 de enero de 1939, el alférez Mingote lucía orgulloso su boina del Requeté con su estrella dorada de seis puntas. Su presencia en las calles de Barcelona causó sorpresa, y posteriormente, júbilo y temor. Barceloneses que le abrazaban y barceloneses que huían despavoridos del alférez desarmado al grito de “¡Ya han llegado, ya han llegado!”. El alférez conquistador –Mingote en aquellos tiempos era flaco, espigado y rubio-, golpeó con energía el portalón cerrado de la casa donde vivían sus padres.  Abrió la portera. Al distinguir a Mingote, le preguntó asustada: -Antoñito, pero…¿qué haces aquí? ¿Ya habéis tomado Barcelona?-.-Todavía no, Francisca, pero está al caer. He bajado sólo para abrazar a mi madre-. –Pues tu madre está en Sitges. Se marchó hace dos días con tu padre-. “En vista de ello – contaba Antonio con su modestia habitual-, abandoné Barcelona con la misma educación que la tomé y subí hasta el Tibidabo para reunirme con el resto de las tropas-. Un alférez desarmado toma Barcelona y pospone su conquista hasta nueva orden.

Cuando Mingote describía el abrazo con su madre, sesenta años más tarde, le faltaban las palabras y sus ojos se llenaban de lágrimas

El 24, con su sección, llega a Barcelona. Le pide a su coronel permiso para trasladarse a Sitges. Es autorizado, y en soledad, cubre a pie los 50 kilómetros que separan a Barcelona de Sitges por las cuestas y curvas del Garraf. A dos kilómetros de Sitges, descubre en la lejanía a una figura de mujer que con los brazos abiertos corre hacia él. La mujer no baja los brazos. Y el alférez Mingote Barrachina corre hacia ella. Se trataba de su madre. Una intuición, un pálpito, le anunció que su hijo estaba de camino. Cuando Mingote describía el abrazo con su madre, sesenta años más tarde, le faltaban las palabras y sus ojos se llenaban de lágrimas. Lágrimas de hombre, de militar y de hijo. 

Como en el “Pequeño Mundo de Guareschi”, ésta es una pequeña, mínima historia que tuve el privilegio de conocer desde la memoria y la palabra de un amigo maravilloso. Vivió hasta los noventa superados y España perdió su ingenio y talento incomparables. Con anterioridad fue un militar, el alférez Mingote Barrachina, que conquistó Barcelona en soledad y desarmado para abrazar a su madre.                                     


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