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El chuletón como trinchera

De todos los frentes de la guerra cultural que se está librando en España, el chuletón es, sin duda, el más gratificante. No diré que sea el más bello -ahí no tiene par la tauromaquia- pero se trata del más oloroso, el más jugoso, el más tierno y, seguramente, uno de los más nutritivos. Ha bastado que el comunista Alberto Garzón atacase el consumo de carne so pretexto de cuidar la salud y el planeta para que los españoles se echasen a las redes sociales en defensa de los ibéricos, la morcilla, las chuletas, el cordero lechal, el cochinillo, el tocino y las hamburguesas, y -por encima de todo- el noble chuletón que simboliza todas las carnes que en España han sido. 

El ministro de Consumo, que por cierto parece haberse propuesto arruinar todos los sectores productivos de España desde el turismo a la gastronomía, esgrimía dos de las coartadas más habituales de la izquierda para restringir las libertades: el cuidado de la salud y la protección del medioambiente. Por supuesto, la ofensiva contra la carne no tiene nada que ver con cuidar la salud de los ciudadanos. Si al gobierno le preocupase la salud, hubiesen adoptado medidas para contener la propagación del coronavirus en enero y febrero de 2020 cuando ya se veía venir la pandemia. No. Un consejo de ministros donde preocupa más facilitar la eutanasia que ampliar los recursos para cuidados paliativos y atención a dependientes está deslegitimado para decir que le preocupa la salud de los ciudadanos.

Se está intentando estigmatizar un sector económico a través de dos armas formidables de la guerra cultural: el miedo y la culpa

Huelga decir que tampoco se trata de cuidar el planeta. España es, en este sentido, un país afortunado. Puede producir alimentos en cantidad suficiente no sólo para alimentar a toda su población, sino para exportar y mantener reservas. Tómese el sector que se quiera desde la ganadería hasta la pesca, desde la huerta hasta los cotos de caza, nuestro país es rico en alimentos de gran calidad y de máxima seguridad alimentaria. No es a la ganadería a quien hay que señalar con el dedo acusador de la emisión de gases. ASAJA ya advirtió que la producción ganadera genera sólo el 7,8% del total de emisiones de los gases de efecto invernadero de España. Francisco José García, presidente de ASAJA Madrid, desenmascaró lo que realmente ha tratado de hacer el ministro: “Alberto Garzón realmente no está invitando a consumir menos carne, está demonizando a todo un sector, echándole sobre sus espaldas una culpabilidad que en absoluto le corresponde, y mucho menos de una forma exclusiva”. 

En efecto, desde hace tiempo, se está intentando estigmatizar un sector económico a través de dos armas formidables de la guerra cultural: el miedo y la culpa. Ideologías totalitarias como el animalismo pretenden arrojar sobre el consumo de carne la culpa del sufrimiento animal y los horrores del cambio climático. Pedirse un chuletón sería un acto de lesa naturaleza y una acción de extrema crueldad que legitima la opresión del ganado vacuno.

Por supuesto, las cosas son bastante más turbias. La industria de la carne artificial y, más en general, la ideología animalista han ido penetrando en el discurso cultural so pretexto de la protección de los animales y del medio ambiente. Los sustitutos vegetales de la carne -no se dejen atrapar en el engaño de llamarlo “carne artificial”- vienen apadrinados por un lobby que actúa no sólo en el plano regulatorio, sino también en las industrias culturales y en la acción política.

Al final, en España, los ciudadanos empezamos a estar hartos de tanta culpa impuesta y tanto temor infundido

En octubre de 2019, la Fundación Toro de Lidia reveló algunas de las fuentes de financiación de la industria animalista. Con ocasión del acto “Sostenibilidad, mundo rural y animalismo”, el presidente de la Fundación, el ganadero Victorino Martín, declaró que “el animalismo es un cataclismo económico, ecológico y cultural. Pero es, sobre todo, el fin de lo que somos como pueblo, como cultura. Y los primeros en pagarlo están siendo los ganaderos de pequeñas explotaciones extensivas, las menos rentables, pero tras ellos irá todo un tejido social, el de los pueblos de la España rural, que poco a poco está desapareciendo por falta de actividad y relevo generacional. Pues es la actividad ganadera, no la agrícola, la que fija la población en esa España que se nos vacía”. De esto se trata en el fondo: de la destrucción continua del interior de nuestro país so pretexto de cuidar la salud y la naturaleza. 

Pero Alberto Garzón, con esa frivolidad irresponsable de atacar a la carne agitando el miedo, ha logrado el efecto contrario. Al final, en España, los ciudadanos empezamos a estar hartos de tanta culpa impuesta y tanto temor infundido al servicio de unas modas culturales que esconden otros intereses. 

Así que el chuletón, como la caza, como la tauromaquia, como tantas expresiones de la tradición española, se ha convertido en una nueva trinchera de esta guerra cultural que se ha desatado no sólo contra la tradición, sino contra la libertad. 

Y por ella sí que vale la pena batirse.


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