El cine jubila (por fin) al príncipe azul: una embarazada vengativa y una bruja feminista ocupan su lugar

Encontrar al príncipe azul, ser esposa y amante, engendrar hijos y comportarse en todo momento sumamente complaciente. Son muchos los clichés que se han grabado a fuego en el subconsciente femenino a lo largo de tantos siglos de hegemonía masculina y que ahora empiezan a ser dinamitados en la pantalla por algunas directoras que se atreven a escarbar en la trastienda de los convencionalismos y la ideología patriarcal para ofrecer relatos en torno a la reivindicación de la mujer en toda su compleja dimensión, por encima de clichés y estereotipos misóginos.

“Tenemos que reivindicar el poder primario de la mujer como una diosa. Y para ello hay que enseñar a los hombres cómo deben amarla y adorarla” -The Love Wicth-

Quizás por eso no resulta casual que coincidan en la cartelera dos películas como Prevenge y The Love Witch dirigidas por dos mujeres que se encargan precisamente de darle la vuelta a las ideas preconcebidas que se pueden tener alrededor de temas tan delicados como el embarazo o tan utópicos como la búsqueda del amor verdadero. Tanto Alice Lowe como Anna Biller no se cortan a la hora de sumergirse en las zonas más pantanosas de la psique femenina ofreciendo relatos complejos y nada acomodaticios que van más allá de lo políticamente correcto e incorrecto para lanzar incendiarias reflexiones en torno al papel de la mujer en el mundo actual y a los retos a los que se tiene que enfrentar en el seno de la sociedad. Todo a golpe de mucha ironía y humor negrísimo.

Una mujer embarazada de ocho meses se presenta en una entrevista de trabajo. Da igual que esté perfectamente cualificada… ¿cómo se le ocurre intentar conseguir un empleo poco antes de dar a luz? Alice Lowe se planta en un lujoso despacho con su barriga a punto de estallar y aguanta la mirada de su interlocutora, la jefa de recursos humanos, mientras le explica que es de sentido común que una empresa no contrate a una mujer embarazada. ¿Y por qué no?, le contesta ella.

El cine jubila (por fin) al príncipe azul: una embarazada vengativa y una bruja feminista ocupan su lugar

En Prevenge, la directora se encarga de ir analizando muchos de los estigmas a los que está sometida una mujer durante su estado de gestación. No puede conseguir trabajo, ya lo hemos visto. Tampoco puede ligar. De eso debe olvidarse. Si además está sola, sin una estructura familiar que la apoye, puede llegar, como es el caso, a volverse absolutamente loca y terminar convirtiéndose en una asesina que cree que el bebé que lleva dentro la obliga a vengarse de todos aquellos que le pueden infringir algún mal… antes incluso de que se lo hayan hecho.

¿Deberíamos estar las mujeres escarmentadas y no permitir el más mínimo atisbo de engaño o abuso? Es lo que apunta Lowe en su ópera prima a través del personaje de Ruth, que utiliza la maternidad como caja de resonancias de toda la incomprensión y desprecio que genera a su alrededor para pasar a la acción convirtiéndose en la mejor psicópata prenatal de la historia del cine.

Está asumiendo los roles masculinos para llevarlos a sus últimas consecuencias, con la diferencia de que a ella siempre la juzgarán haga lo que haga por el mero hecho de ser mujer

A Alice Lowe la conocimos como la protagonista y también coguionista junto a Steve Oram de la corrosiva Turistas (2012), de Ben Wheatley. Prevenge es su ópera prima como directora y aprovechó su propio embarazo, ya instalada en el tercer trimestre, para filmar en tan solo once días una película en la que subvierte la imagen tierna e indefensa que suele asociarse con la gestante transformándola en algo mucho más impredecible y amenazador. Y sobre todo para poner encima de la mesa la pérdida de identidad y los miedos que sufre una mujer antes de ser madre (sobre todo, como en este caso, si está sola, desempleada y tiene 39 años) dentro de un mundo despiadado que va a ser mucho más cruel con ella de lo que jamás pueda imaginar.

Tanto la Ruth de Alice Lowe como la Elaine de The Love Witch son dos auténticas outsiders, dos mujeres que no parecen tener lugar en la sociedad y por eso no les queda más remedio que esconderse en sus márgenes, camuflarse en sus pliegues para después hacerse notar de forma contundente a través de sus acciones.

Elaine se encuentra en búsqueda permanente del hombre de sus sueños. Se imagina con él montando a caballo en un paisaje idílico, retozando y riendo. Una gran fantasía naíf. Una gran mentira. Pero en realidad no está dispuesta a aguantar demasiadas tonterías, sobre todo desde que dejó atrás el pasado y a un marido que la humillaba indiscriminadamente para tenerla sometida a su voluntad. Ahora ella quiere hacer lo mismo con los hombres, darles una ración de su propia medicina, y qué mejor que en forma de pócimas alucinógenas bajo cuyos efectos terminan plegándose a sus designios y adorándola como si fuera una auténtica Afrodita.

El cine jubila (por fin) al príncipe azul: una embarazada vengativa y una bruja feminista ocupan su lugar

“Tenemos que reivindicar el poder primario de la mujer como una diosa. Y para ello hay que enseñar a los hombres cómo deben amarla y adorarla”, dicen a modo de mantra en un momento de la película. Por eso Elaine se ha hecho bruja y su especialidad son las pociones de amor. Las hace de muchas clases, incluso algunas contienen orina y tampones usados, porque como apunta, la sangre menstrual de las mujeres es hermosa y todos los hombres deberían verla. Aunque la verdad, no siempre acierta con la fórmula correcta y lo único que consigue es que aquellos que caen en sus redes, acaben muriendo por llegar al éxtasis sensitivo que ella les proporciona.

En realidad, Elaine los utiliza a su antojo para conseguir lo que quiere de ellos en un momento dado, ya sea sexo, adulación o compañía. Es decir, está asumiendo los roles masculinos para llevarlos a sus últimas consecuencias, con la diferencia de que a ella siempre la juzgarán haga lo que haga por el mero hecho de ser mujer.

Detrás de esta fábula perversa se esconde la personalidad arrolladora de la artista visual y activista Anna Biller, que además de dirigir, también produce, escribe y se encarga de los decorados y el vestuario de la película, al mismo tiempo que utiliza la narración para introducir una serie de reflexiones políticas en torno a los roles de género. “Hemos sido esclavas, sirvientas, putas, muñecas de fantasía”, dice una de sus heroínas en Tecnicolor. “Durante siglos han querido satanizar nuestros instintos y emociones, reprimirlos. Ahora es el turno de revelarnos contra eso”.

“Durante siglos han querido satanizar nuestros instintos y emociones, reprimirlos. Ahora es el turno de revelarnos contra eso”

A Biller le preocupa que relacionen su película con el género de la sexplotation, al que pertenecen obras como Más allá del valle de las muñecas (1970), de Russ Meyer, porque asegura que su intención es hacer precisamente lo contrario: que las mujeres no se conviertan únicamente en objetos de deseo, que sepan utilizar sus armas, pero sin que recaiga sobre ellas el estigma de la cosificación sexual, sino que sean las que lleven las riendas de la narración, de la vida, de forma libre y autoconsciente.

El resultado es un irresistible cóctel a modo de explosivo pastiche que puede tener millones de influencias pero que, en el fondo, se encuentra atravesado por la poderosa imaginación de Biller. La directora reinventa el concepto de la femme fatale aportándole un aura mística y psicodélica, pone patas arriba los cuentos de príncipes y princesas Disney, se rinde a los pies de Alfred Hitchcock mientras se divierte con los looks victorianos, la estética retro y la simbología cromática al mismo tiempo que trastoca los códigos del melodrama clásico para convertirlo en un espectáculo de Burlesque, fetichismo y lujuria enfocada a satisfacer las fantasías femeninas.

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