El coqueteo de Trump con la violencia

Algunas personas podrían haber definido el reciente tuit de Donald Trump de un videoclip que le muestra dando un puñetazo en la cara de un hombre con un logotipo de CNN en la cabeza como otro ejemplo de la vulgar bufonería del presidente de Estados Unidos. Pero otros han señalado algo más siniestro, y por buenas razones.

Trump ha denigrado constantemente la cobertura de prensa que es crítica de su Administración calificándola como “noticias falsas”, así como ha tratado de socavar la autoridad de la judicatura independiente señalando a aquellos que lo desobedecen como “los que se llaman” jueces. Tiene el hábito de tuitear estos epítetos ofensivos directamente al “pueblo”, un tipo de comunicación que él llama “la presidencia moderna”. De hecho, el acto de socavar las instituciones democráticas al abusar de ellas frente a las turbas que se burlan no es moderno del todo. Es lo que los aspirantes a dictadores siempre han hecho.

Lo sorprendente, sin embargo, y profundamente inquietante, es la rapidez con que la violencia extrema puede estallar entre las personas que han vivido en paz durante largo tiempo. Los judíos alemanes no fueron molestados por sus vecinos gentiles hasta que los líderes nazis despertaron a las turbas después de 1933. Cristianos y musulmanes coexistieron durante siglos en Sarajevo, hasta que agitadores serbios, respaldados por las fuerzas armadas, pidieron expulsiones violentas y asesinatos. Los hindúes y los musulmanes que se habían acercado unos a otros solos, o incluso tenían relaciones amistosas, repentinamente fueron a por las gargantas del otro cuando el norte, en gran medida musulmán, se separó de India, predominantemente hindú, en 1947. Los musulmanes vivieron pacíficamente en Birmania hasta que los budistas comenzaron a quemar sus casas y les atacaron hasta la muerte.

Una y otra vez, en sociedades de todo el mundo, las normas civilizadas que nos protegen de la anarquía y la violencia resultan ser peligrosamente finas. Algunas personas pueden estar más dispuestas a la brutalidad que otras, pero los impulsos agresivos pueden ser activados con sorprendente facilidad. Los pequeños celos o la codicia simple pueden convertir rápidamente a los ciudadanos normales en agentes de la barbarie.

(Ignot)

Trump, durante su campaña, alentó a los seguidores en sus manifestaciones masivas a atacar a la prensa verbalmente como “escoria”. Ahora denuncia regularmente a los periodistas como “enemigos del pueblo”, y dice a sus seguidores que no dejen que las “noticias falsas” se entrometan en su camino.

Un recién elegido miembro republicano del Congreso, Greg Gianforte, tomó esto literalmente y asaltó a un reportero del The Guardian después de ser interrogado sobre su opinión sobre la atención médica. Más recientemente, un representante de la Asociación Nacional del Rifle instó a los televidentes a luchar contra las “mentiras” de los principales medios de comunicación con “el puño cerrado de la verdad”. Una vez más, la amenaza es velada apenas para cubrirse por las protecciones constitucionales de libertad de expresión. Pero los patriotas autoungidos pueden leer entre líneas.

Hasta el momento, una importante diferencia entre los populistas de derecha de hoy, en Europa y Estados Unidos, y los fascistas y nazis de los años treinta del siglo pasado ha sido la ausencia de tropas de asalto. No hay equivalente de los matones de camisa parda o de camisa negra a quienes los líderes políticos les dieron permiso para golpear a sus oponentes, o peor.

Pero esto también puede estar cambiando. James Buchal, un político republicano en Oregón, sugirió en mayo que los republicanos deberían contratar a grupos de derecha de la milicia como guardas de seguridad durante las manifestaciones republicanas. Estos extremistas armados, cuya idea del patriotismo es considerar al Gobierno federal como el enemigo, son diferentes de los camisas pardas de los años treinta solamente en el nombre. Todo lo que se necesita para una política de violencia institucionalizada es que estas personas tengan una licencia oficial para desencadenar sus impulsos más brutales.

Esta es la razón por la cual los tuits de Trump no son sólo juegos de palabras. Una vez que los más altos representantes de una democracia comienzan a agitar la violencia, la mafia se hace cargo. Estados Unidos no es una excepción: llegado ese punto, la democracia morirá.

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