El día que Barcelona hizo ¡punk!

Fue un exitoso experimento de química de bareto. “Añade Coca-Cola a un vaso de café y verás qué cantidad de espuma sale”, dice Xavi Cot, el principal ideólogo del cóctel.

El café fueron grupos de rock a lo sumo bronca conocidos solo por su círculo de amigos. Por supuesto ninguno había pisado un estudio de grabación.

La Coca-Cola fue la palabra punk, metida por la cara en el cartel de la velada.

El resultado fue un géiser. De confusión, pero géiser al fin y al cabo: se vendieron todas las entradas (incluso se abrieron las puertas para evitar problemas con una avalancha, método colón muy de la época) y no hubo revista especializada ni diario que no diera su versión de la jugada. Forman todas juntas un pandemonio de desinformación, fantasías rockeras, desprecio y sociología patillera del que solo puede sacarse en claro la precariedad de los grupos y del tinglado, así como que este fue el inicio del asalto a la Bastilla de la contracultura con ADN hippioso, que tenía en el rock layetano su brazo musical.

La velada

El Festival Punk Rock de la Aliança del Poblenou se celebró el 4 de diciembre de 1977, domingo. Fue el primer jolgorio punk de España y asistieron más de mil personas y menos de mil quinientas. Actuaron, por este orden, la Banda Trapera del Río (rebautizada en la crónica del ‘Noticiero Universal’ como La Banda del Río de la Trapería), Marxa, Ramoncín & WC (las vedetes de la jornada y los únicos no barceloneses; de Madrid, para más información), Peligro y Mortimer.

Nada más salir al escenario, Morfi Grei, cantante de la Trapera, soltó una ristra de improperios y el representante de la SGAE en el bolo, entonces una especie de comisario cultural, le dijo a Cot que le dijera a Morfi que moderara su vocabulario. A lo que Cot respondió: “Dígaselo usted”. Ninguno de los dos se lo dijo.

De la seguridad en el interior de la Aliança se ocuparon brigadas de colegas de los grupos. Cot lo considera una jugada maestra: no solo ahorraron (entrada gratis a cambio de un trabajo) sino que evitaron tensiones por la presencia de individuos uniformados. “Además, ¿quién va a proteger a una banda mejor que sus amigos?”, dice Cot.

Se retiraron las butacas de la Aliança y la platea se puso merced a su mecanismo hidráulico en posición horizontal, con lo que los combos actuaron casi a ras de suelo, sobre una tarima de apenas un palmo. En igualdad de condiciones con el público, vaya. En el anfiteatro hubo quien folló y quien se inyectó heroína, droga que en breve se cobraría un disparatado número de muertes entre la juventud en general y las órbitas punk en particular. Había no obstante una cosa peor que el caballo para los grupos: la mili.

Por lo demás asistió un ojeador de la EMI, discográfica que en cuestión de días fichó a Ramoncín. La Trapera, Mortimer y Basura, grupo formado al punto por Panotxa, en el evento de marras en las filas de Marxa, también consiguieron pronto contratos discográficos, a cuál más birrioso, con Belter, el sello que grababa a Manolo Escobar. Y Peligro pasó a estar bajo el manto protector y explotador de la agencia de ‘management’ de Gay Mercader, lo cual le permitió telonear a Iggy Pop y Tequila, entre otros.

La génesis

La génesis del Festival Punk Rock fue el mundo al revés. Cot era el miembro central de Cuc Sonat, comando desorganizado de agitación cultural que lo mismo montaba viajes en autocar a Ámsterdan (la vuelta debía de ser digna de ver) que una actuación en el graciense Club Helena de Oriol Tramvia (quizá el primer punk local gracias a su canción ‘Béstia’). El ‘hit’ de Cuc Sonat había sido hasta entonces colar a los experimentales Perucho’s tres noches en Zeleste, el templo de la fina progresía. Tocaron la primera, les pagaron las tres y les rogaron que no volvieran a acercarse por allí.

Claro que habían llegado noticias del punk británico, pródigo en escándalos de la mano de los Sex Pistols. Hasta revistas poderosas como ‘Interviú’ y ‘Triunfo’ le habían dedicado páginas. Pero en general se le había tratado como un pintoresquismo juvenil, no como un movimiento. Cot, que conocía el percal tras haber vivido en Londres, puso anuncios en prensa: se buscan grupos para actuar en un festival de rock. En ningún lugar aparecía la palabra punk. Le llamaron decenas de formaciones. Algunas incluso con nombre en los ambientes progresivos. Fue a ver a unas a su local de ensayo, a otras las citó en la oficina de Cuc Sonat y les puso el ‘single’ ‘Anarchy in the UK’, de los Sex Pistols, y les preguntó: “¿Podéis hacer algo parecido?”. Fue este al menos el caso de Panotxa, que aulló: “¡Sí!”. Ninguno de los finalmente elegidos tenía entonces la más mínima idea de qué era el punk, si bien a la que se enteraron vieron ipso facto que era su rollo. Una revuelta que permitía expresarse a cualquiera y no solo a los músicos músicos.

El presente

De manera más o menos simultánea a la celebración del Festival Punk Rock apareció en ‘Disco-Exprés’ la cuarta historieta de la saga protagonizada por Makoki y su panda de piltrafas del arroyo. Se titula ‘Noche de masacre’ y en ella irrumpen los susodichos en Cheleste y cascan porque sí, solo por aburridos, a la Eléstrica Charna Orchestra. Es la historieta en cuestión una metáfora huna de lo que fue la cita de la Aliança. Y su traslación al presente resume los últimos cuarenta años de Catalunya: mientras la Companyia Elèctrica Dharma suena cada día de partido en el Camp Nou y actúa en todos los saraos de la ANC, de Makoki y el Festival Punk Rock se acuerda poca gente. Este lunes, 40º aniversario exacto de la cita, se reedita con la única ausencia de Ramoncín (y muchos caídos).    

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