El festival de la beneficiencia, de los antidisturbios y del reciclaje

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El Festival de la Infancia y la Juventud tiene tantos años ya, 54, que la carpeta del archivo de EL PERIÓDICO donde se guardan textos y fotos de este clásico de las Navidades no es una carpeta sino una caja, como si fuera el caso del aceite de colza, el secuestro de Olot, el saqueo del Palau de la Música o el asunto del buque ‘Prestige’. Una opción sería ofrecer aquí un resumen de lo publicado, ofrecer al lector un retrato de la evolución de esta cita nacida en el ecuador del franquismo hasta la más colauista actualidad, pero parece una alternativa más emocionante meter la mano a ciegas en la caja y, alehop, sacar al azar un sobre con fotos, en este caso de las ediciones celebradas entre 1980 y 1984, en las que aparecen los cuarentones de hoy, gente predispuesta en algunos casos a dirigir un país, cuando tendrían unos 10 años de edad y en sus visitas al salón podían testar profesiones con futuro. Por ejemplo, policía antidisturbios.

Efectivamente. Así es. En la primera de las imágenes un niño sujeta con la mano uno de esos escudos de la Policía Nacional que tan polivalentes eran, pues servían para protegerse de las pedradas en formación de tortuga, a lo legión romana, para dar unos buenos empellones a las turbas y, llegado el caso, para repartir leña. A su lado, una niña se coloca una máscara antigas. La escena la contempla con agrado Marta Ferrusola, bajo cuya presidencia se celebró durante años el Salón de la Infancia.

La sonrisa de Ferrusola

Más fotos. Dos niños con casco y Cetme en una trinchera de estética guerracivilista. La siguiente. Cuatro niños ya más talluditos esperan a que un quinto les deje apuntar a ellos con la ametralladora de lo que parece un tanque. Otra foto. Un niño judoka le practica una humillante llave a su rival, otra vez bajo la mirada de agrado de Ferrusola. Vamos, que las señales de que a la primera dama de Catalunya no había que perderla de vista estaban ahí, a la vista de todos, y nadie se dio cuenta.

Tampoco hay que menospreciar la escena de esos dos niños a los que un par de policías pasean a caballo. Los animales, en este caso, eran tan polivalentes como los escudos, pues si era necesario se iba con ellos a reprimir protestas, como si los casi 100 años transcurridos desde que Ramon Casas pintó ‘La carga’ fueran en balde.

Hay más fotos. Niños bomberos, no solo porque se pongan el casco, sino porque apagan un fuego que ríete tú de Steve McQueen en su lucha contra el coloso en llamas. Niños aviadores de combate. Niños escaladores. A la mayoría, hay que aceptarlo, se les ve tan contentos como a esos otros de otra fotografía que tienen su primera fiesta de la espuma, más decente, eso sí, que algunas de las que años después se celebrarían de noche en discotecas de la ciudad y la costa. Lo de que se les ve contentos parecerá una apreciación subjetiva. De acuerdo. ¿Contentos comparado con qué? Pues no hay en esa caja de las fotos, a simple vista, pasando hojas como cartas de una baraja, ningún púber con brillo en los ojos en ese instante en que recicla cristal, cartón y plástico, cada residuo en su correspondiente contenedor. Son niños, ¡caray!

Un festival muy poco ‘goonies’

Este año, el Festival de la Infància también se recicla, tanto que hasta cambia de nombre. La Ciutat dels Somnis, pasa a llamarse. Es un nombre que (los cuarentones a los que van dedicadas estas líneas lo entenderán) muy poco ‘goonies’. Tal vez el problema de fondo ha sido siempre que el festival lo organizan adultos (lo cual es hasta cierto punto natural) pero sin preguntar a los niños. Así fue ya desde su génesis.

Eso fue en 1963. Con motivo de la Navidad, Radio Nacional de España organizó una campaña benéfica, algo que tendría gracia si fuera berlanguiano, pero no, porque el propósito era, según el NO-DO, “llevar la alegría a los pequeños de los suburbios” con la recogida de juguetes y alimentos. Como en ‘Plácido’ pero sin un pobre en la mesa. Desde entonces, decenas de miles de niños han pasado por ahí. Algunos, lo dicho, hasta son candidatos electorales.