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El hideputa ibérico

No sé si han leído ustedes la excelente novela “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre,” un obra extraordinaria del gran escritor aragonés y español, en realidad universal, don Ramón J. Sender.

Si no lo han hecho, se la recomiendo.

En ella se utiliza mucho esta expresión del castellano viejo, ahora español, de hideputa, que es una forma abreviada de hijo de puta.

También podría utilizarse una reducción mayor, la de joputa, aunque quizás excesivamente reducida.

El hideputa ibérico, llamado también político profesionalizado (que no profesional), es una plaga endémica, que asola nuestra Patria, y cuya principal característica es su instinto depredador.

Son bichos, animales o cosas semovientes, que han venido a la política no para servir a la polis, a la sociedad, al bien común, sino para servirse a sí mismos, pero no el menú del día, sino a la carta, y en régimen de bufet libre.

Recuerdo una estancia en Puerto de la Cruz, en Tenerife, destino paradisiaco que recomiendo a todos ustedes, dónde el maître del restaurante cuando bajábamos los clientes a desayunar, con el todo incluido, decía: ¡qué baja la marabunta!, dando a entender que éramos grandes depredadores, sobre todo los extranjeros, que no solo se ponían hasta el culo de comer de todo, y en grandes cantidades, sino que encima se llevaban comida a la playa, para no tener que comprar nada en todo el día.

Pues lo mismo sucede con esa pandemia, que lleva más de cuarenta años arruinando España, con paridas, ocurrencias y chorradas, a cual más estúpida.

El hideputa ibérico ha proliferado mucho en los últimos tiempos, y aunque España está afectada por el coronavirus, o por lo menos eso dicen, lo cierto es que a ellos el comunistavirus les ha fortalecido mucho, pues han acabado con la nítida división de poderes que existía, concentrando todo el poder en las manos del Duce, acompañado de su Lenin particular, que es realmente la cabeza pensante, pues el Duce es muy limitado intelectualmente, por no decir tonto del todo.

¡Él con mirarse al espejo a todas horas, y ver lo guapo que es, y soltarnos esos rollos soporíferos por la Pirenaica estatal, en sus dos modalidades, televisión y radio, y por todas las telemierdas, tiene más que suficiente!

Seguramente le gustaría ser Fidel Castro o Chávez, pero por desgracia para él, solo llega a Maduro, el gorila rojo de Venezuela, un simple conductor de autobús, con todo respeto hacia el gremio, por supuesto, ¡pero que no parece la persona más adecuada para conducir una gran nación como era y es España!

Pero claro, ya sabemos que los pueblos que olvidan su historia, están condenados a repetirla.

Y así estamos, con un conductor que nos lleva de viaje a ninguna parte, pues no sabe ni a dónde va, y vive a golpe de improvisación y de rectificación, intentando durar unos meses más en la presidencia del gobierno, mientras las querellas y denuncias contra su gobierno se van acumulando ante el Tribunal Supremo, y las demandas por vulnerar nuestros derechos fundamentales y libertades públicas, ante el Tribunal Constitucional.

¿Sabrán estar esos dos Tribunales a la altura de las circunstancias, cumpliendo con sus deberes, constitucionales y legales?

Lo dudo mucho, la verdad.

A estas alturas de la vida, ya solo creo en la Justicia Divina, y con dudas.

*Abogado y escritor.