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El Himalaya de robos de la Segunda República (2): el Oro de París

Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- ¿A quién se debió la orden de enviar a Moscú el oro del Banco de España? Parafraseando la declaración de Largo Caballero sobre el estado espiritual de Azaña —tan lamentable que no se le podía decir nada sobre la magnitud y el secretismo de la operación—, Luis Araquistáin, atribuyó el envío del oro a la coacción soviética: «Como estoy seguro de que Largo Caballero, de quien era yo entonces amigo íntimo, no se hallaba en tal estado de desesperanza en cuanto al desenlace de la guerra, y me cuesta también mucho trabajo imaginar presa de tal abatimiento a Negrín, no me queda otra alternativa que volver a la hipótesis de la coacción soviética, o declarar simplemente que la entrega del oro a Rusia fue una locura de todo punto inexplicable». Sin embargo, la mayoría de los historiadores coinciden en afirmar que la idea de trasladar el oro fue exclusivamente de Negrín, por lo cual la historiografía actual ha enterrado cualquier polémica sobre este tema.

Más debate existe en torno al interrogante de si el envío de oro a la URSS era inevitable, una imposición de unas circunstancias inexorables que eliminaban cualquier otra posibilidad.

La historiografía oficial políticamente correcta —encarnada sobre todo por el ínclito Ángel Viñas— justifica este gigantesco latrocinio afirmando que era absolutamente necesario para garantizar la supervivencia de la República, ya que está fue abandonada por las democracias occidentales, las cuales, basándose en el Pacto de No Intervención, no prestaron ninguna ayuda material ni militar al Frente Popular —detalle sumamente importante, dado que la causa fundamental de este aparente abandono fue que ninguna quería colaborar con la instauración en España de un régimen comunista que luego pudiera extenderse a sus países—.

Stalin en la Puerta de Alcalá madrileña: significativa expresión de la hegemonía comunista en la II República.

Stalin en la Puerta de Alcalá madrileña: significativa expresión de la hegemonía comunista en la II República.

Sin embargo, esto no es óbice para que uno de los principales investigadores del oro de Moscú, el relevante libertario Francisco Olaya Morales, autor de varios libros sobre el tema —«La gran estafa de la guerra Civil: la historia del latrocinio socialista del patrimonio nacional y el abandono de los españoles en el exilio» (2004); «El oro de Negrín» (1997); «El expolio de la República. De Negrín al Partido Socialista, con escala en Moscú: el robo del oro español y los bienes particulares» (2004)—, afirme sin tapujos que esa operación fue un gigantesco fraude que precipitó la derrota republicana, Pues provocó una infracción altísima, una devaluación impresionante de la moneda, y una crisis económica sin parangón. También afirma que el oro no se trasladó a Cartagena por motivos de seguridad o por ninguna amenaza franquista o anarquista, sino con la intención preconcebida de enviarlo a Moscú.

En efecto, resulta incomprensible que Negrín y Largo Caballero urdiesen un plan tan arriesgado argumentando la amenaza franquista, dado que cuando se elaboró el decreto —13 de septiembre de 1936—, el ejército nacional estaba en Talavera de la Reina, y tardaría casi dos meses en llegar hasta la capital. Si lo que motivó el «decretazo» fue la amenaza de que cayera en manos de los sublevados, eso quería decir que, pocos días después del Alzamiento, en la cúpula roja ya sospechaban que iban a perder la contienda.

La realidad es que el Banco de España contaba con una de las mejores cámaras acorazadas del mundo, que, una vez vaciadas, sirvieron de almacén para custodiar una gran diversidad de objetos valiosos.

Además, esta versión «oficiosa» que pretende justificar el «Oro de Moscú» como algo inevitable queda destrozada por el hecho de que, paralelamente al oro enviado a la URSS, también existió el «Oro de París», ya que 2.000 cajas —conteniendo 193 toneladas de oro, equivalentes al 27,4% del tesoro— acabaron en París, con el fin de convertir el metal en divisas con las que pagar armamento y víveres: dato importante, que demuestra que el Frente Popular podía haber colocado sin problemas aquella riqueza dorada en las democracias occidentales —en Suiza, sin ir más lejos—, en vez de enviarla a un país opaco, lejano, con una estructura ciclópea e impermeable al control.

Los mandatarios franceses permitieron esa operación por sus convicciones antifascistas y para asegurar la estabilidad del franco, lo cual demuestra que el envío del oro a Moscú no obedeció a necesidades perentorias, sino a decisiones políticas.

El traslado a París se realizó a partir de un acuerdo del Consejo de Ministros del 21 de julio de 1936, ¡solamente 3 días después del Alzamiento! Así pues, también puede hablarse del «Oro de París», cuyo montante puede tasarse en unos 196 millones de dólares, que al cambio de hoy dan la estratosférica cifra de 4.176 millones de dólares. A esta suma hay que añadirle el montante de los muchos envíos de oro, plata y joyas que entraron en Francia de contrabando.

Por si esto no fuera suficiente, la plata requisada en el Banco de España a la vez que el oro quedó almacenada en Murcia, siendo vendida en julio de 1938 a Francia y USA sin problema. Porque, como decían los useños, «la plata es la plata». Igual podían haber dicho que «el oro es el oro».

Y tampoco es cierto que solamente la URSS enviara armamento al Frente Popular, ya que el gobierno mexicano de Lázaro Cárdenas apoyó con entusiasmo la causa republicana, a la que proporcionó suministros por un importe de más de 2 millones de dólares, y haciendo de pantalla en los mercados internacionales para las transacciones rojas.

¿Cuál fue el destino del «Oro de Moscú»? El mismo Largo Caballero criticaba acerbamente la gestión de Negrín con estas palabras, pronunciadas en marzo de 1939: «¿Cuánto oro se entregó a Rusia? Nunca pudo saberse, porque el Sr. Negrín, sistemáticamente, se ha negado siempre a dar cuentas de su gestión. Después se ha sabido, por unas cuentas publicadas por el Banco de España en 30 de abril de 1938, que dicho Banco había entregado en custodia 1.592.851.906 millones [sic] en oro y 307.630.000 en plata. Aparte de esto, Hacienda se incautó de todo lo existente en cajas de seguridad de los Bancos oficiales y privados, cuyo valor se eleva, seguramente a muchos millones. ¿Todo esto más las alhajas que existían en el Palacio Nacional, en habitaciones reservadas, y las de muchos particulares, se han gastado en armas? ¿Al terminar la guerra qué oro quedaba en poder de Rusia? ¿Ha liquidado con el Gobierno llamado del Sr. Negrín? Esto no lo puede saber nadie más que él, pues (…) siempre se negó a dar cuenta de la situación económica. (…)

El señor Negrín, sistemáticamente, se ha negado siempre a dar cuenta de su gestión, (…) de hecho, el Estado se ha convertido en monedero falso. ¿Será por esto y por otras cosas por lo que Negrín se niega a enterar a nadie de la situación económica? Desgraciado país, que se ve gobernado por quienes carecen de toda clase de escrúpulos (…) con una política insensata y criminal han llevado al pueblo español al desastre más grande que conoce la Historia de España. Todo el odio y el deseo de imponer castigo ejemplar para los responsables de tan gran derrota serán poco».

Largo Caballero no fue el único que criticó abiertamente la sospechosa opacidad de Negrín, ya que entre los mismos exiliados se afirmaba que no todo el oro se invirtió en divisas para la adquisición de armas, ya que Negrín jamás rindió balances contables de la operación, ni a las Cortes en su momento, ni al Gobierno en el exilio.

Bastante revelador es el hecho de que, a los seis meses de la entrega del oro, el «Gosbank» —el Banco Central de la URSS— proclamara que sus reservas habían aumentado exponencialmente, lo cual hace sospechar que el oro español había sido incluido en ellas. Y también llama la atención que jamás se extendió ningún recibo que certificase la entrega del oro.

El mismo Ángel Viñas afirma que «en Rusia no quedaba oro español, que los rusos no parece que estafaran a España, pero que cobraron por todos los servicios y que el oro se vendió en Moscú, pero sólo una parte se gastó en la URS, en la medida en la que millones de dólares se transfirieron a París». Entonces, ¿por qué no se envió el oro directamente a París, en vez de a Moscú? ¿Por qué vendió la República el oro en Moscú, si después los soviéticos le ingresaban las divisas en París para realizar sus pagos?

Otro misterio insondable, el de determinar cómo fue posible que una suma tan elevadísima —15.300 millones de euros al cambio actual, la cuarta reserva mundial de divisas— se gastara en apenas dos años, pues a mediados del 38 la República se vio en la necesidad de emitir obligaciones al 3,5%, y vender la plata.

Por el contrario, los historiadores afirman que el ejército nacional recibió una cantidad de armamento prácticamente igual al ejército rojo, con la salvedad de que no tenían divisas para costearlo, ya que se pagó con donativos populares, con créditos, y con la entrega de productos del sector primario —metales (wolframio especialmente) y alimentos—. Sin embargo, al finalizar la guerra sobró una cantidad importante de dinero del aportado por las donaciones, hasta el punto de que esta suma se empleó en la construcción del Valle de los Caídos.

A pesar de que con la entrega de estas enormes cantidades de oro se amortizaba de sobra la compra de material de guerra soviético, según afirmaba José Giral, Stalin no entregaba ningún material si la República «no accedía antes a que fueran entregados a los comunistas importantes puestos militares y policíacos».

En este cúmulo de irregularidades puede incluirse asimismo el destino de los claveros del Banco de España que participaron en la operación, los cuales fueron retenidos en la URSS hasta octubre de 1938, mientras que los funcionarios soviéticos que colaboraron acabaron fusilados en su gran mayoría.

Extasiado ante tanta riqueza, Stalin dijo en una cena que celebró con su Buró para festejar la llegada de aquel tesoro: «Los españoles no verán su oro nunca más, como tampoco ven sus orejas».

Mas ese oro no es el único que jamás volvimos a ver… Porque, junto a la «Operación Oro de Moscú» se desarrolló otra, cuya estrategia se puede implementar plenamente en la mafiosería y la piratería: la «Operación Vita», el carguero que llevó otro Himalaya de riquezas a México.