El hospital infantil de Sant Joan de Déu deja de dar miedo a los niños

Entrar en el túnel electrónico que realiza resonancias magnéticas (RM) da miedo, a muchos adultos y a la mayoría de niños. Esa prueba, que exige permanecer durante un mínimo de 30 minutos en absoluta quietud en el interior de un agujero ruidoso sin más protección que una batita verde, es imprescindible para diagnosticar un creciente número de enfermedades esqueléticas u orgánicas. La solución, cuando se trata de determinar qué sufre un niño, es, invariablemente, sedarlo o anestesiarlo, asumiendo como mal menor que las sustancias necesarias para ese adormecimiento forzado no son inocuas.

El área de diagnóstico por la imagen del Hospital de Sant Joan de Déu (HSJDD), de Esplugues, inmersa en un proceso general que busca transformar el centro sanitario infantil en un lugar amable y divertido además de riguroso, ha reducido un 18% las dosis de anestésico precisas para que sus pequeños pacientes superen las RM, o las TAC, sin el llanto, la ansiedad y la aceleración del ritmo cardiaco y respiratorio que sufrían en los momentos previos a su sedación, cuando veían a la  enfermera acercarse con la mascarilla anestésica. También han reducido la repetición de pruebas fallidas.

Dormido sin angustia 

“Un niño que se duerme anestesiado sin ansiedad ni agitación, no sufrirá alteraciones del sueño o la alimentación al despertar”, advierte David Ribera [doctor ‘Gota-Gota’], uno de los payasos contratados por el hospital para que acompañen a los pacientes  hasta la mesa de operaciones de los quirófanos, entren en la sala de RM, o intervengan en las múltiples situaciones en que habrá dolor, angustia o miedo al abandono entre amenazantes aparatos.

“Nos consta que tenemos un efecto terapéutico con los niños”, dice el payaso ‘doctor Gota-Gota’.

‘Gota-Gota’ y su compañera Lindes Farré [‘Doctora Fonendo’] se mezclan con el personal sanitario en todos los procedimientos médicos y quirúrgicos en los que participan niños de cualquier edad, hasta los 18 años. Su misión es que esos pacientes nunca dejen de jugar, aunque estén a un minuto de que les abra el cuerpo un bisturí. “Nos consta que tenemos un efecto terapéutico en los niños”, dice Ribera.               

La idea de que los hospitales infantiles sean lugares simpáticos y coloridos es antigua, pero en la inmensa mayoría de centros sanitarios españoles esa intención apenas se ha traducido en algo más que pintar ballenas y flores, muchas flores, en consultas y áreas diagnósticas. Una ambientación que, a juicio de los creativos del HSJDD, es demasiado infantil y con nula capacidad terapéutica.

El Sant Joan de Déu ha traspasado la imagen de ‘chiqui park’ que abunda en otros centros sanitarios infantiles, y ha introducido el elemento formativo y de apoyo emocional en la transformación arquitectónica y de uso mobiliario emprendida para conseguir un objetivo: “No se trata de que el niño se olvide o desconozca que está en un hospital, sino que cambie su percepción de lo que significa estar en un lugar donde hay médicos y enfermeras que harán lo posible por curar la enfermedad que sufre”, explica Maria Josep Planas, directora de Experiència del Pacient [servicio sin precedentes].

Experiencia científica

Hacerse una resonancia magnética (RM), siguiendo con el ejemplo, supone entrar en un inteligente entorno científico, con niveles de comprensión adaptados tanto a niños de 3 años como a chicos de 16 o a sus padres de 37, del que se sale con un notable conocimiento sobre la función del magnetismo del imán en el sistema solar y sus planetas, y la influencia de todo ello en la migración de las aves o la vida de las personas.

El servicio de imagen es un complejo circuito con seguridad gamificada para pacientes y acompañantes, en el que unas enormes franjas de colores alertan desde el suelo de la creciente potencia magnética del ambiente: a partir del azul, no pueden avanzar los papás con marcapasos o implantes de titanio. Si no es el caso, el familiar entra con el niño y toma asiento junto al tubo magnético en el que el pequeño paciente verá una película a través de unas gafas en tres dimensiones. Su acompañante observará un video científico en una pantalla que surge al final del túnel diagnóstico. Diagnóstico, terapia, diversión y formación. “La intención es que aprendan mientras están en tratamiento”, sintetiza Josep Munuera, responsable de innovación en el área de diagnóstico por la imagen.

Perros con formación sanitaria

En la zona de hospitalización del Hospital de Sant Joan de Déu, Mel, un bellísimo Golden Retriever de pelo blanco, tolera con mirada impertérrita las manipulaciones de Rubén, de 10 años, que, sujeto al palo del gotero que le dosifica la medicación que recibe en vena, simula ser un veterinario que lo ausculta con su fonendoescopio. Mientras permanece con este inteligente animal, Rubén deja de pensar porqué está hospitalizado. Mel es uno de los 10 perros de terapia formados para actuar en el entorno médico duro y riguroso del HSJDD, que los ha contratado.

Estos animales, con capacidad transversal para interpelar emotivamente tanto a un niño de 7 años que se niega a salir de la cama porque duele su escoliosis, como a un descorazonado adolescente de 18, forman parte de la transformación que este centro sanitario ha experimentado en los últimos años hasta conseguir, como ningún otro hospital infantil de España, que el entorno asistencial al completo sean percibidos como espacios agradables para los niños, acogedores para padres y casi siempre divertidos.

La entrada principal de este hospital simula ser un museo científico. Reproduce los sistemas orgánicos del ser humano en enormes objetos, siempre interactivos: un intestino de 20 metros por el que se atraviesa, un corazón que late si se activa, un cerebro que escribe mensajes luminosos en una tira informativa. Un tobogán enlaza un piso con el siguiente. Y los payasos, en plantilla del centro, se ocupan de que quien siente sufrimiento acabe sonriendo. Así lo hace Martina, de 4 años, derivada desde un hospital de Extremadura, que lucha desde hace nueve meses, junto a sus padres, contra un tumor extendido en metástasis. La niña, alegre y muy simpática, accede a que el payaso Gota-Gota se acueste junto a ella en una imposible camita de juguete. De momento, Martina se ha olvidado de que está en una cama del hospital de día esperando a la enfermera que traerá una jeringuilla.

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