El humo de Satanás (3): el asalto a los cielos de Karl Mordecai Marx

Karl Mordecai Marx

Karl Mordecai Marx

Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- ¿Quién fue el primer revolucionario de la historia? ¿Cuál fue la primera insurrección que intenta derribar un poder establecido a través de un golpe de Estado? Pues el pionero de las revoluciones fue Lucifer, alias el Señor de las Moscas, que se rebeló contra Dios comandando legiones de ángeles rebeldes, milicianos alados cuyo objetivo era derrocar a Dios, asaltando los cielos. Y lo que no consiguió con sus mesnadas angélicas, lo quiere conseguir con jacobinos y milicianos puño en alto, con Dantons y Robespierres, con Lenines y Maos, con Fideles y Pol Pots, con coletudos bolchevizados…

Desde entonces, su pestilente hedor a azufre, su siniestra garra de esfinge y su cornamenta caprina asoman en todas las insurrecciones que tienen por objetivo subvertir los sistemas, arrasando con los valores cristianos que han sido su estabilidad a lo largo de toda la historia. Porque todas las revoluciones, tanto demoliberales como bolcheviques, han sido diseñadas en los laboratorios de las élites financieras e iniciáticas que conspiran por establecer el Nuevo Orden Mundial, y la premisa irrenunciable de esta vasta conjura que viene desde el origen de los tiempos con la creación de la «Sinagoga de Satanás» es la destrucción de la religión, el aplastamiento del cristianismo para entronizar a Belcebú. Bajo la excusa de las libertades, igualdades y fraternidades… detrás de la cortina de humo de la liberación de los pueblos oprimidos y la emancipación de las famélicas legiones, ése es su verdadero objetivo.

Y, ¿quién es el padre, el «gurú», el «Mesías» de las revoluciones de la era contemporánea? Pues un personaje que nació el 5 mayo 1818 en Tréveris (Alemania), con el nombre de Moses Mordecai Levi Marx, en el seno de una familia judía con tradición de rabinato, que seguía practicando el judaísmo a escondidas, pues su padre se había convertido al cristianismo en 1816, y su vástago recibió el bautismo cuando contaba con seis años de edad, dándosele el nombre cristiano de Karl Heinrich.

Educado en una escuela jesuita habilitada como escuela secundaria, en su primera juventud Marx hizo alardes de su fe cristiana, hasta el punto de que su primera obra publicada (1835) se titulaba «La Unión de los Fieles con Cristo». En ella leemos estas hermosas palabras: «Por medio del amor de Cristo, volvemos nuestros corazones al mismo tiempo hacia nuestros hermanos, quienes están interiormente ligados a nosotros y por quienes Él se dio a Sí mismo en sacrificio».

Sin embargo, poco después de que se graduara en enseñanza superior, sufrió una espectacular metamorfosis, que le llevó a ser profundamente anti-religioso, sin que se hayan sabido nunca las causas de esta asombrosa transformación, que se reflejó, además de en su ideología, en la vida tan desordenada y licenciosa que comenzó a llevar desde entonces: bebía, perdía grandes cantidades de dinero en la Bolsa, era amante de orgías, tuvo un hijo con su criada que nunca reconoció, sufría de espectaculares ataques de ira… y todo esto mientras era mantenido por los Rothschild, que también le financiaron su «Manifiesto Comunista». Siendo estudiante en Berlín, recibía 700 táleros anuales para gastos personales, una suma enorme, ya que solamente el 5% de la población tenía ingresos anuales de más de 300 táleros. Por si todo esto fuera poco, dos de sus hijas se suicidaron.

Marx ha pasado a la historia como el profeta de una nueva era, como el Mesías de un proletariado irredento que iba a acaudillar ―como un nuevo Moisés― hacia una Tierra Prometida donde no habría clases sociales, ni explotación, ni miseria, ni opresión, presidida por la igualdad y la fraternidad, rescatándoles del «valle de lágrimas» en el que los mantenía el contubernio entre la burguesía y la religión. Porque «La abolición de la religión como felicidad ilusoria del hombre es un requisito para la verdadera felicidad». Esta idea se observa meridianamente en el programa revolucionario marxista, condensado en la consigna subversiva «echemos a los capitalistas de la tierra, y a Dios del cielo». Aquí vemos en toda su magnitud el eslogan revolucionario satánico de «asaltar los cielos».

El 10 de noviembre de 1837 ―cuando en apariencia seguía siendo cristiano―decía en una carta dirigida a su padre: «Ha caído el velo. Mi Lugar Santísimo se ha dividido en pedazos, y nuevos dioses han tenido que ser instalados».

¿Quiénes eran esos dioses? Quizás podemos columbrarlos en estos versos de su poesía «La Doncella Pálida»: «Por tanto, el cielo he perdido,/ esto yo bien lo sé./ Mi alma, otrora fiel a Dios,/ seleccionada está para el infierno».

Donde mejor se refleja este tremendo cambio ideológico es en su actividad poética, que no ha sido debidamente estudia. Hasta el momento se han encontrado 40 poemas, donde explica claramente su pasmosa metamorfosis. En su poema «Der Spielmann» («El Violinista»), escribió: «Ese arte, Dios ni quiere ni rechaza, salta al cerebro desde la negra niebla del Infierno. Hasta el corazón embrujado, hasta que los sentidos titubean: con Satán he hecho mi trato».

Esta idea de pactar con Satanás, como un nuevo Fausto, llega a ser obsesiva en sus poemarios, y ahí parece estar la clave su revolucionario cambio ideológico. En 1839, escribió que «abrigo odio contra todos los dioses», declaración que remacha afirmando que se opone a todos los dioses de la tierra y en el cielo que no reconozcan la autoconsciencia humana como deidad suprema ―justamente puede definirse así el ideal masónico―. Es decir, que proclama la rebelión del hombre contra Dios, la deificación del ser humano, que asalta el cielo para expulsar de allí a Dios y entronizarse él mismo en su lugar. En esto consistió la rebelión de Lucifer, y la caída del hombre en el pecado original.

En este pacto diabólico, como no podía ser menos, late obsesivamente la idea de vengarse de Dios, típicamente luciferina: «Deseo vengarme de Aquel que gobierna en lo alto». Así, en su poema «Invocación de un Desesperado» dice: «Pues un dios ha arrebatado de mí todo/ en la maldición y tormento del destino,/ todos sus mundos idos irrevocablemente:/ solamente me resta la venganza./ Construiré mi trono en las alturas,/ en una cumbre inmensa y fría:/ por su baluarte ―el miedo supersticioso:/ por su Mariscal ―la más negra agonía./ Quien mire en él con ojos sanos,/ retrocederá, cadavérico, pálido y mudo».
El trono que quiere construirse en las alturas, y la afirmación de que de él emanan espanto y agonía, nos remite a la orgullosa amenaza de Lucifer: «Subiré al Cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono» (Isaías 14:13).

La explicación de este deseo de entronización de Marx se encuentra en su obra dramática de juventud titulada «Oulanem», ―que escribió a los 18 años― nombre que consiste en una inversión del nombre divino Emmanuel ― «Dios con nosotros»―, inversión que es una práctica frecuente en la magia negra.

A su vez, la carga satánica de este drama, sólo puede entenderse a la luz de la siniestra confesión que hizo en el poema «El Violinista», donde es fácil adivinar un pacto con el Señor de las Moscas: «Los vapores infernales suben y llenan la mente,/ hasta que enloquezco y mi corazón es totalmente cambiado./ ¿Ves esta espada?:/ el Príncipe de las Tinieblas me la vendió./ Para mí marca el compás, y da las señales./Cada vez con más osadía, toco el baile de la muerte».

La venta de un espada pertenece a un rito de iniciación superior del culto satanista, que le garantiza el éxito a cambio de la entrega del alma a Satanás.

Este pacto con Belcebú se concreta también en la idea terrorífica de llevar al mundo a la perdición y la condenación, al abismo reservado para el Diablo y sus ángeles, parafraseando Apocalipsis 20:3, donde se dice que el Diablo será atado por un ángel y echado en el abismo. Este deseo aparece con toda crudeza en el final de «Oulanem»: «Aun tengo fuerza en mis juveniles brazos/ para agarrarte fuertemente y triturarte [es decir, a la humanidad personificada]./ Con tempestuoso poder/ mientras que para ambos se abre el abismo/ desmesuradamente en la oscuridad. /Te hundirás y yo te seguiré riendo a carcajadas;/ murmurando en tus oídos: ‘Desciende, /amiga: ven conmigo’”.

«Si existe Algo que devore,/ saltaré adentro, aunque traiga el mundo a su ruina./ El mundo que se dilata entre mí y el abismo,/ lo destrozaré en pedazos con mis perennes maldiciones./ Estrecharé mis brazos alrededor de su cruel realidad: abrazándome, el mundo sucumbirá estúpidamente,/ y entonces se hundirá en la nada absoluta,/ fenecido, inexistente: eso sería vivir verdaderamente».

Adam Weishaupt

Adam Weishaupt

También en su poema Orgullo Humano, Marx confiesa que su objetivo no es mejorar al mundo, ni reformarlo, sino simplemente arruinarlo y disfrutar con su ruina: «Con desdeño arrojaré mi guante/ en la misma cara del mundo,/ y veré el colapso de este pigmeo gigante/ cuya caída no ahogará mi ardor./ Entonces vagaré como un dios victorioso/ entre las ruinas del mundo/ y, dando a mis palabras fuerza activa,/ me sentiré igual al Creador».

Profetizando su propia muerte, al final del drama dice: «Pronto abrazaré la eternidad en mi pecho,/ y pronto rugiré gigantescas maldiciones sobre la humanidad». No parece ni de lejos el epitafio de un bienhechor de la humanidad, rescatador de la «gente». En esa misma línea, Marx citó en una obra las tremendas palabras de Mefistófeles en «Fausto»: «Todo lo que existe merece ser destruido». Quizás esta apocalíptica sentencia esté en la base de los horribles genocidios perpetrados por el comunismo.

En estas amenazas y maldiciones, no se observa ni el más leve atisbo de servicio a la humanidad ―a quien llamaba «los monos del Dios frío»― rescatando al proletariado para llevarle al socialismo, sino que, por el contrario, el objetivo de su vida era llevar al mundo a la ruina, y contemplar el espectáculo riendo desde su trono.

El mismo Bakunin hizo una tremenda descripción de Marx: «Aquí entra Satanás, el eterno rebelde, el primer librepensador y emancipador de los pueblos. El hace que el hombre se avergüence de su ignorancia y obediencia bestiales; él lo libera, le estampa sobre su frente el sello de la libertad y humanidad, urgiéndole a desobedecer y a comer el fruto del conocimiento». Blanco y en botella.

Estas poesías apocalípticamente luciferinas recuerdan a Jakob Frank, judío satánico illuminati de ideología orgiástica, con quien el padre Marx había contactado, instruyendo a sus hijos en esta ideología. Sin embargo, su padre espiritual fue el judío Moses Hess, comunista frankista, el padre del socialismo moderno, fundador del partido socialdemócrata alemán, con quien se encontró cuando tenía 23 años. Además de imbuirle de de su ideología comunista, fue quien le introdujo en la masonería.

Y todos los protagonistas de nuestra historia son judíos: los Rothschild financian y encargan al judío Adam Weishaupt la creación de la sociedad secreta «Illuminati» ―a la que pertenecieron Jakob Frank y Moses Hess―, cuya ideología se refleja decisivamente en el «Manifiesto Comunista». La conspiración sionista pasó posteriormente a convertirse en programa con «Los Protocolos de los Sabios de Sión», base ideológica a su vez de la revolución bolchevique de 1917, protagonizada por una troika judía, y financiara generosamente por la gran banca judía de Wall Street: Rothschild, Jakob Schiff, Warburg, Kuhn&Loeb, Rockefeller…

Nathaniel Rothschild

Nathaniel Rothschild

Como afirma Salluste en su obra «Los orígenes secretos del Bolchevismo», «Cuando una de las cartas de Baruch ―amigo de Marx― a Marx fue publicada, sus contenidos causaron un gran escándalo, el cual quisieron silenciar prontamente. Esta carta explicaba, entre otras cosas, que sería fácil para los judíos tomar el poder con la ayuda del proletariado. Así, los nuevos gobiernos serían dirigidos por judíos, que prohibirían toda la propiedad privada de tal manera que todas estas riquezas llegaran a las manos judías, o harían a los judíos los administradores de las fortunas y propiedades. De esta forma, un viejo sueño del que habla el Talmud, a saber, que todas las riquezas del mundo quedarán en las manos de los judíos, sería cumplido. En su carta, Baruch también le deja claro que las metas del Judaísmo eran el poder sobre todo el mundo, la mezcla de las razas, la abolición de fronteras nacionales, la eliminación de las familias reales y, finalmente, la fundación del Estado Mundial Sionista». Aquí tenemos formulado en toda su plenitud el NOM.

Porque el objetivo final del comunismo no es establecer otro sistema social o económico: es burlarse de Dios y alabar a Satanás; porque para Marx el socialismo no fue más que un pretexto: su objetivo fue el diabólico plan de arruinar a la humanidad por toda la eternidad, asaltando los cielos con su proletariado para llevarnos a los infiernos.

Porque, en resumidas cuentas, el comunismo no fue sino el ensayo, el anticipo del futuro Gobierno Mundial, que se caracterizará por el totalitarismo, el despotismo, la tiranía de una nomenklatura de plutócratas ―que sustituirá a la nomenklatura de funcionarios bolcheviques ―, el sometimiento total de masas esclavizadas, la exacción de todos los recursos de la Tierra, la destrucción del cristianismo, y la entronización de Belcebú.

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