El interculturalismo y la ideología del mestizaje cultural, antesala del mestizaje racial y del fin de nuestra identidad

Barrio madrileño de Lavapiés.

Barrio madrileño de Lavapiés.

Por León Riente.- Ideología y práctica política que propugna la integración cultural de las distintas comunidades étnicas presentes en un estado multiétnico, mediante una comunicación fluida e igualitaria entre estas comunidades y los subsiguientes intercambios culturales, causantes a la postre de un mestizaje o hibridación cultural. El resultado inmediato del interculturalismo coherentemente desarrollado es el de una población cuyos miembros, aún siendo adscribibles la mayoría de ellos a alguno de los grupos raciales que componen el estado multicultural, tienen una identidad cultural común pero que no concuerda con ninguna identidad étnica conocida. Esto es así porque las distintas identidades étnicas de las distintas etnias integrantes de la sociedad multiétnica anterior al programa intercultural son dejadas de lado, en beneficio de una amalgama confusa y extraña, una especie de mosaico, formado por los elementos de cada cultura étnica susceptibles de ser compartidos por todos, generalmente los más superficiales.

El programa intercultural parte del presupuesto falso de que no existe jerarquía alguna entre culturas, por lo que cualquier intento valorativo de una cultura debe partir necesariamente de un juicio emic, es decir, de acuerdo con sus propios criterios culturales, y no etic, por lo que resulta imprescindible, a la hora hacer esta valoración, dejar en suspenso nuestros propios juicios, so pena de incurrir en etnocentrismo. El resultado siguiente del interculturalismo es el mestizaje racial a nivel masivo.

Tras el fracaso del multiculturalismo, la interculturalidad significa un grado más de tensión en el proceso de disolución de identidades. Desde la interculturalidad, a los autóctonos ya no se nos dice simplemente que tenemos que saludar y hasta festejar la ocupación de nuestro suelo por masas de extraños que, al parecer, se van a integrar culturalmente (asimilacionismo), o que van a constituir comunidades constituyentes de una sociedad multicultural unida por el mercado y supuestos intereses económicos compartidos (multiculturalismo (1)). La interculturalidad nos impele, nos obliga, a mezclarnos culturalmente con ellos. Implica, por tanto, el fin de nuestra identidad cultural. Y, si es practicada con coherencia, también la de ellos. No hace falta insistir en la desvalorización antropológica que tal mezcla conlleva. Las consecuencias negativas de la mezcla racial son sobradamente conocidas y aceptadas por aquellos que están libres de las gravosas hipotecas intelectuales de la corrección política. La mezcla cultural tampoco aporta nada, pues las culturas son inconmensurables y carecen de una base ontológica común sobre la que construir algo grande. Los sincretismos siempre son más pobres que las culturas originales, pues necesariamente se forman por combinación de los rasgos culturales más superficiales y simples.

Imagen de Lavapiés.

Imagen de Lavapiés.

El asimilacionismo y el multiculturalismo son las “soluciones” de la oligarquía mundialista, siempre exigente en sus demandas de inmigración masiva, para articular un cierto orden sociopolítico en las primeras fases de la transformación demográfica de las naciones europeas (sobre todo para la aceptación de la ocupación del suelo por parte de masas inmigrantes). Una vez admitido esto, al régimen le interesa estabilizar una situación esencialmente inestable mediante el interculturalismo, práctica política que facilita un posterior programa mesticista. A nadie se le puede escapar que el mestizaje cultural es la antesala del mestizaje racial. El mestizaje racial supone el fin de nuestra identidad racial. Vemos ahora el centrifugado de nuestra identidad, de nuestra autoctonía, que esta línea significa.