Inicio Actualidad El legado de Donald Trump se pone de manifiesto (y puede ser...

El legado de Donald Trump se pone de manifiesto (y puede ser un éxito notable) – La Gaceta de la Iberosfera

Los dramas cotidianos de esa época se desvanecerán con el tiempo; la marca duradera de la Administración Trump está por doquier.

Si la carrera política de Donald Trump ha llegado a su fin, ¿cuáles serán las conclusiones de su Administración? Yo diría que lo que los periodistas han descrito muchas veces como un bombardeo incesante de noticias emocionantes ha sido, de hecho, un periodo relativamente tranquilo.

Porque sí, he oído que hay una pandemia en marcha. Es el principal acontecimiento de la era Trump, pero tiene muy poco que ver con Trump.

Miren a nuestros primos hermanos, el Reino Unido. ¿Alguien cree seriamente que los estadounidenses habrían tolerado su nivel de confinamiento y restricciones? En varios puntos, te podían multar con 300 dólares por salir de casa «sin una buena razón». Los vecinos informaban a la policía cuando veían a alguien conocido demasiado lejos de casa.

Ningún gobernador demócrata ha llegado tan lejos. Ningún presidente demócrata habría impulsado este tipo de cosas. Las restricciones al estilo británico nunca se habrían contemplado seriamente en Estados Unidos. Y no está claro si este conjunto de políticas escalofriantemente draconianas ha servido de mucho. Estados Unidos y el Reino Unido tienen casi el mismo número de muertes por COVID: 1.980 por millón aquí, 1.943 por millón allí. Si el Reino Unido acaba obteniendo resultados sustancialmente mejores que los de EE.UU., se deberá a la mayor aceptación de las vacunas en ese país. Pero si se cree que la aceptación de las vacunas no es lo suficientemente alta en EE.UU. en 2021, no se puede culpar a Trump por ello.

¿Cuánto crédito debemos dar a Trump por el asombroso éxito de la Operación Warp Speed? Diría que no poco

No veo nada destacable en los resultados estadounidenses si los comparamos con los de países similares. Italia y México lo han hecho un poco peor que nosotros; España y Francia lo han hecho un poco mejor. Lo que se escribe contra Trump sobre esto suele ser: «Bueno, no se lo tomó en serio hasta que fue demasiado tarde». Es cierto, pero ¿y qué? Andrew Cuomo y Bill de Blasio no se lo tomaron en serio hasta que fue demasiado tarde. El 6 de marzo Cuomo dijo: «El nivel de riesgo general de la nueva variante de coronavirus en Nueva York sigue siendo bajo. . . . En este país hay más personas que mueren por gripe que por coronavirus». A continuación, ordenó a las residencias de ancianos que aceptaran a los pacientes con COVID.

La explosión de casos en Nueva York preparó a todo el país para la miseria que se avecinaba. En el caso de Cuomo, su falta de respuesta estuvo relacionada con su reiterada insistencia en interferir con cualquier cosa que su compañero demócrata de Blasio quisiera hacer. Me desconcierta cualquier argumento que insista en que Donald Trump tiene la culpa de las acciones o inacciones de de Blasio y Cuomo, o de sus siete años de disputa. No conozco ningún asunto sustancial real sobre el que de Blasio y Cuomo afirmen que es culpa de Trump. Cuando se trata del coronavirus, lo mejor que pueden hacer los críticos de Trump es repetir la noticia falsa de que el presidente nos dijo que nos inyectáramos lejía. Incluso Politifact desmintió este bulo en esa ocasión. En el otro lado del libro mayor, ¿cuánto crédito debemos dar a Trump por el asombroso éxito de la Operación Warp Speed? Diría que no poco. Todos los expertos nos aseguraron que no habría ninguna vacuna disponible en 2020.

¿Colaboró Trump en algún plan criminal con Putin? No, y el Informe Mueller resultó tan vergonzoso para la izquierda que la historia simplemente pasará por alto todo el desaguisado

Los primeros borradores de la historia de la Administración Trump contienen un montón de noticias falsas. No es sostenible, es inconcebible gritar: «Trump tiene la sangre de cientos de miles en sus manos», especialmente ahora que, según esa lógica, Joe Biden también tendría la muerte de cientos de miles en sus manos. La muerte por COVID número 300.000 en la era Biden está por llegar, tal vez incluso antes de que comience el invierno. En algún momento, los medios de comunicación aceptarán que al virus no le importa qué partido ocupa la Casa Blanca.

¿Fue el 6 de enero una insurrección? No, fue terrible, y Trump tuvo la culpa de ello, pero fue tan organizada como la rabieta de un niño. ¿Colaboró Trump en algún plan criminal con Vladimir Putin? No, y el Informe Mueller resultó tan vergonzoso para la izquierda que supongo que la historia simplemente pasará por alto todo el desaguisado. Trump fue sometido a juicio político dos veces, de forma ineficaz, pero sospecho que la lección histórica será simplemente la de normalizar los juicios políticos inefectivos como servicio a los fans del partido cada vez que la Cámara se oponga al presidente. Ahora que dos de los últimos cuatro presidentes han sido destituidos, la cualidad mística ha desaparecido. Está destinado a convertirse en un hecho rutinario.

El verdadero legado de Trump es el juez del Tribunal Supremo Neil Gorsuch. Y Brett Kavanaugh. Y Amy Coney Barrett.

Trump no inició ninguna guerra. Presidió una economía en auge. Resulta que era presidente cuando hubo un asesinato tras una manifestación racista en Charlottesville, pero los presidentes rara vez son recordados por los crímenes que se cometen durante sus mandatos. Es cierto que negoció la retirada de Afganistán, pero nadie sabe cómo habría concluido con Trump. Tal vez Trump habría demostrado ser incapaz, una vez más, de anular a sus supuestos subordinados si estos se hubieran opuesto, como probablemente lo habrían hecho.

¿Qué nos queda? Durante un tiempo estuvo de moda que los oponentes de la derecha de Trump dijeran sarcásticamente: «¡Pero Gorsuch!» después de cualquier indignación trumpiana del día. Lo curioso es que nadie va a recordar todas esas tontas riñas en Twitter: las burlas al Pequeño Hombre Cohete [apodo que Trump le puso al líder norcoreano Kim Jong-Un], las tontas fanfarronadas, las faltas de ortografía y la mala gramática. Desde el punto de vista del carácter, Trump no era apto para ser presidente. No estaba preparado. No era serio. Perdía el tiempo viéndose a sí mismo en la televisión y peleándose con los periodistas. Fue, en muchos sentidos, vergonzoso para el país.

Sin embargo, nada de esto es fundamental. El verdadero legado de Trump es el juez del Tribunal Supremo Neil Gorsuch. Y Brett Kavanaugh. Y Amy Coney Barrett. Los elegidos por el presidente Reagan fueron Antonin Scalia, Anthony Kennedy y Sandra Day O’Connor. George H. W. Bush puso a David Souter en el alto Tribunal Supremo. George W. Bush nos dio al decepcionante John Roberts. Al final de este mandato del Tribunal Supremo, conoceremos la respuesta, pero si los nombrados por Trump gobiernan correctamente, su Administración será reivindicada como un éxito notable. El resto se desvanecerá.


Publicado por Kyle Smith en The American Review.

Traducido por Verbum Caro para La Gaceta de la Iberosfera.


Publicidad