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El legado de Podemos se llama Sánchez

El gran éxito de Podemos fue también el peor de los males para España. Llegaron a la democracia desde la dictadura, no sólo la que anidaba en su soviet mental, mamado de años de terror doctrinal impuesto en los pasillos pintados de la Complutense, sino aquella otra que les hizo ricos antes que hombres. Allí los conocí por primera vez, en Venezuela, hace una década, cuando en la eterna oposición me hablaban de esos españoles que ejercían de brazo intelectual del chavismo, al que aconsejaban hasta cómo había que reprimir físicamente a la oposición.

De eso se encargaba Monedero, responsable de formar a los cuadros políticos del régimen narco que hoy sigue asesinando las vidas y libertades de millones de ciudadanos. De las dictaduras no se sale con votos, de la misma forma que en ellas se entra votando a quien no se debe. Bien lo saben todos aquellos que han intentado, sin éxito, erigirse en alternativa política presidencial a Maduro, la penúltima, María Corina Machado, inhabilitada para enfrentarse al gorila bigotudo que todo lo puede, hasta la paciencia e influencia de quien sigue permitiendo, petróleo mediante, la continuidad de su tiranía siniestra.

Volvamos a España. En sólo diez años, los niños de papá del 15M, bajo las faldas económicas de progenitores biológicos o intelectuales, edificaron aquí un conglomerado político y mediático con el que vivir del victimismo mientras ellos eran los ejecutores (de la razón y la verdad). Crearon un nuevo lenguaje y conquistaron el mainstream con términos que ya forman parte del parlamentarismo decadente al que hoy votamos con esfuerzo. Tras tocar poder y ejercer de comunistas sinceros, se asesinaron políticamente entre ellos hasta destrozar cualquier utopía de crecimiento electoral presente, presos del orden estalinista que tanto gusta a los bandoleros de la hoz y el martillo.

Unos siguen en la poltrona con el mismo nombre, pero diferentes siglas, rindiendo pleitesía a los mismos principios de siempre: el parné primero, el saqueo después y el puño cerrado hasta para cantar el himno de la muerte. El resto salieron de la formación amoratada para cobijarse en los pantalones del macho abierto en canal, bien patrocinado por el trotskismo empresarial y millonario que mueve los hilos del deporte y la política.

Creíamos, ingenuos, que, desaparecidos de la sociología electoral, su influencia iba a menguar del espacio público y mediático con la misma celeridad que sus votos. Nunca comprendimos que hay virus que, una vez entrados en el cuerpo, no salen nunca de él. La herencia de Podemos prosigue y es continuada en la figura de Sánchez, quien, liberado ya de todo corsé moral, avanza en su plan político dirigido a la solución final: la instauración de un régimen que lleve su sello y apellido con el que perpetuar, al modo soviético, una autocracia de sigla y siglos. Y para ello ha entendido que podemizar la legislatura y la retórica conviene a sus huestes, a sus votantes de rebaño y a la polarización social que tanto rédito le da con la misma eficacia con la que daña y destroza la nación que con fecunda felonía preside.

Cada vez que Sánchez y sus palmeros a sueldo sueltan el término fachosfera, Pablo Iglesias carcajea de placer porque el pestilente legado que dejó en la política española sigue contaminando cualquier rincón de debate, donde cada palabra que la izquierda emite acaba manchada de terminología barriobajera y cochambrosa, porque ahí y sólo ahí saben manejarse quienes hacen del poder y la democracia una excusa con la que asaltar la libertad y el progreso. Sánchez es Podemos por otras vías, pero con su mismo lenguaje viperino.