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El orgullo, por Emma Riverola

Un independentismo centrado en sus cuitas ha dinamitado el único Gobierno español que, desde el inicio del ‘procés’, se había prestado al diálogo. Queda la duda de si los independentistas han pensado en los catalanes indignados, o desesperados, al ver saltar por los aires los primeros Presupuestos sociales. Quizá lo han hecho, y han considerado que no afectan a sus intereses electorales. Quizá han vuelto a despreciarlos. Ya se sabe, la ‘estelada’ abriga a los que cuentan, a esas “buenas personas” a las que Oriol Junqueras tanto le gusta referirse

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El sueño húmedo de ciertos independentistas es ver a Vox en el gobierno y tener la prueba del ADN neofranquista de España. Agarrados a su fe no contemplan las semejanzas que comparten con esa derecha que desprecian. Dos ideas vetustas, creadas sobre la percepción de que todos los habitantes de un pedazo de tierra pueden identificarse con una misma idea que les representa. Ambos agarrados a un concepto de identidad caduco ante la realidad de un mundo mestizo y globalizado. Ambos formando parte de ese movimiento mundial de nostálgicos de las esencias. Ambos reforzados por potentes aparatos mediáticos y pugnando por decantar el poder económico. Solo una izquierda capaz de dialogar con las múltiples identidades sin sentirse amenazada y dispuesta a poner las instituciones al servicio de la justicia social puede plantarles cara. Para generar cohesión faltan motivos de orgullo.