El parto ‘technicolor’ del Eixample

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Es como la fotografía de la primera luz del universo que tanto emociona a los astrofísicos, pero en versión urbana. En la confluencia de las calles de Consell de Cent y Roger de Llúria se produjo en 1864 el big bang del Eixample. Josep Cerdà (nada que ver con Ildefons, el padre de la Barcelona contemporánea) puso el dinero para construir las cuatro esquinas de aquel cruce de calles. Todo alrededor era barro, can fanga. Aunque la historiografía local reconoce, aunque solo por solo unas semanas de ventaja, que el primer edificio del Eixample fue La Carboneria, en la calle de Floridablanca, lo que este Cerdà menos recordado hizo en Consell de Cent con Roger de Llúria fue edificar lo que a partir de entonces iba a ser el canon del chaflán barcelonés, pero, además, con unas fachadas pintadas al estilo veneciano que ahora, 153 años después, tras unas pacientes obras de restauración, vuelven a lucir con la estridencia de entonces. Es la foto del big bang del Eixample.

A falta de neones, Josep Cerdà, el promotor en 1864, quiso deslumbrar y contrató a dos pintores italianos

Se han retirado esta semana los andamios. Se abre, pues, el debate. Los colores son muy vivos. No es por poner en la misma división el valor artístico ambas obras, pero la restauración de la Capilla Sixtina también causó estupefacción en 1994 cuando se mostró al público, nada menos que el Juicio Final en ‘technicolor’. A ojos de hoy en día se supone equivocadamente que el pasado fue apagado, pero las estatuas de la Roma clásica, por ejemplo, eran polícromas, Augusto y Julio Cesar como recién salidos del salón de maquillaje.

Elena Moral es una de las responsables de la restauración de este chaflán del número 340 de Consell de Cent, un trabajo ejecutado por Prosire Ibérica, y sostiene que, a su manera, aquel promotor de 1864, que por cierto se arruinó con la empresa, necesitaba de algún modo épater a los barceloneses de intramuros. A falta entonces de neones, aquellas llamativas pinturas eran la señal luminosa del nuevo barrio que acababa de nacer. Trató de dar a dos de los edificios de aquel cruce de calles un aire de palacio ducal veneciano. Aunque ha caído bastante en el olvido, a aquel cruce se le ha conocido en la cultura popular barcelonesa durante década como la plaza Cerdà, señal inequívoca de que en su día aquella propuesta no pasó inadvertida.

Josep Cerdà levantó allí cuatro inmuebles, que conste, dos de ellos con pinturas murales. El de la esquina montaña y Besòs ya fue restaurado en el 2003. Sus colores son más suaves, en parte, porque es una pared mucho más soleada. El ahora rehabilitado (mar, Llobregat) tiene una singularidad única en la ciudad, no solo por la decoración de sus paredes exteriores (una solución que fue flor de un día, pues no se repitió en el resto del Eixample) sino porque Josep Cerdà quiso ser fiel a su tocayo Ildefons. Este último había dejado unas precisas instrucciones sobre cómo tenían que ser las volumetrías de la manzanas del Eixample. Pretendía ser exageradamente generoso con los patios interiores y con los espacios libres. Por eso, la profundidad prevista de cada finca, de cuatro plantas como máximo, era escasa, no mucho más de 10 metros. En esa esquina son 16 los metros de profundidad de los pisos, la mitad de lo habitual en el resto del Eixample. Son viviendas muy luminosas, únicas por sus características en todo el distrito. Pero, ya se sabe, Barcelona es la cabra que tira al monte. El plan Cerdà terminó como terminó, con esa sobreexplotació del metro cuadrado que permitió, años más tarde, que el alcalde Pich i Pon pronunciara desde el Tibidabo, desde donde contemplaba la ciudad, una de sus desconcertantes frases: “¡Cuánta propiedad urbana!”.

Es una finca única en el Eixample, porque respetó las volumetrías que fijó Ildefons Cerdà

Lo que Prosire Ibérica ha realizado en el 340 de Consell de Cent es un laborioso trabajo a pie de obra de chapa y pintura, por supuesto, pero también ha invertido agotadoras horas en la Biblioteca de Catalunya, en busca de información. Mano a mano, Elena Moral y Cristina Macho han descubierto quienes fueron los primeros vecinos de la finca, un sacerdote, “un joven facultativo de la sanidad militar, el doctor Julio Rosal” y, temporalmente, a la espera de que les finlizaran las obras de su nuevo asilo de la plaza de Tetuán, un grupo de religiosas de las Hermanitas de los Pobres. Todo eso está muy bien, sí, puede que incluso le sirva a algún literato como punto de partida para una de esas novelas de historia local que tanto tirón tienen en Sant Jordi, pero el gran hallazgo de Moral y Macho en esa labor de arqueología documental ha sido que han puesto fin a un error garrafal que ha durado décadas.

Las pinturas, tanto las de esta finca como la del otro lado de la intersección, habían sido atribuidas hasta ahora al artista Raffaello Beltramini, que se había llevado la gloria sin merecerlo por culpa de un error que cometió a principios del siglo XX un discípulo de Gaudí, Josep Francesc Ràfols, autor de un Diccionario Biográfico de Artistas de Catalunya, que se tomó como la fuente más fiable para rastrear el origen de las pinturas. Se equivocó. Los padres de aquel trabajo también eran italianos, pero de más renombre en su época, Antonio Pascutti y Achille Battistuzzi, que por entonces ya eran conocidos en Barcelona por sus trabajos de escenografía en el Liceu.

Lo que dejaron en herencia en esa finca del big bang del Eixample son una batería de imágenes simbólicas que ahora, como un libro abierto, pueden ser analizadas una a una, porque no hay constancia escrita de qué pretendían narrar en realidad Pascutti y Battistuzzi. Algunas son inequívocas. La mujer que sostiene un espejo en una mano y sujeta una serpiente en la otra es sin duda una de las virtudes cardinales, la prudencia. En el primer piso del chaflán se intuyen lo que parecen ser personificaciones de los cuatro elementos fundamentales, el fuego, el agua, la tierra y el viento, pero bien pudiera ser otra la interpretación. Es lo que brinda a partir de ahora ‘la plaza Cerdà’, debate y un juego de enigmas.