El plan de paz de Iglesias

Un beso es la imagen de la semana de Podemos: Pablo
Iglesias e Íñigo
Errejón se dieron un rotundo morreo a propuesta de El intermedio mientras la reportera Thais Villas sostenía sobre sus cabezas una hoja de muérdago (era acebo, pero es una confusión tan habitual que cualquier día la RAE asume la derrota y cambia los nombres a ambas especies). Era el punto culminante de una semana que hoy tiene su institucional cita más importante, el consejo ciudadano estatal, y que había arrancado con rostros ceñudos tras el manifiesto de trescientos errejonistas contra las reglas propuestas por Iglesias para la asamblea de refundación del partido conocida como Vistalegre 2. Por primera vez desde el cese de Sergio Pascual de la secretaría de organización, las diferencias eran algo más que retóricas y amenazaban con dividir a la organización y convertir el congreso de febrero en una pugna fratricida.

Iglesias, sabedor del eco de sus discrepancias con su número dos y del terrible efecto multiplicador que tienen aguas abajo en la propia organización, decidió arriesgar, visibilizando el tono fraterno de su relación privada con Errejón mediante una carta abierta a la que, obligado, contestó en idéntico tono afectuoso el portavoz parlamentario. En ambas misivas se trataba de conjugar la conocida discrepancia entre ambos (basada en el tono político y las estrategias de acción, pero también en los mecanismos de democracia interna ante el próximo congreso) con la elusión de todo ademán de colisión, y la vocación de reconducir ese disenso hacia una discusión sosegada. Desdramatizar, en fin, lo que en la arena pública ya parecía un remake de la ruptura entre Ben-Hur y Mesala. Desde entonces, la palabra fraterna ha acompañado como un mantra las declaraciones de los miembros de todas las corrientes. Incluso las de Juan Carlos Monedero y el juez Pedro Juan Pedro Yllanes tras su inopinado rifirrafe, que amenazó con un nuevo incendio.

Pero no todo es comunicación, y detrás de la tensión está Vistalegre 2, que no es un congreso más en el que elegir líder, sino el de la fundación de un partido que debe sustituir a la aspiradora electoral que se diseñó en 2014. Por eso, la fase dos de la estrategia de Iglesias ha sido tratar simultáneamente de ofrecer garantías de integración y diversidad a errejonistas y anticapitalistas y construir el relato de que él es la bisagra posible entre esas dos corrientes. En un sentido lo ha conseguido: Errejón, aunque mantiene su alternativa de votación proporcional para Vistalegre 2, admitía esta semana que las otras propuestas no eran tan diferentes, salvo en la discrepancia sobre si los documentos políticos (el organizativo, el ético y el político) se votarán con o sin las listas. En todo caso, hasta la propuesta realizada por el secretario de organización, Pablo Echenique, que es la que promueve Iglesias, permite que se voten de forma separada listas y documentos, aunque sí exige que vayan identificados y vinculados. En otro sentido, no ha funcionado: en cuanto a la mecánica del congreso, errejonistas y anticapitalistas están más próximos entre sí que de Iglesias.

Tenga o no éxito ese esfuerzo de conciliación, lo cierto es que teniendo en cuenta la proximidad de los modelos de votación de cada corriente —el día 22 se anunciará cuál se ha impuesto en la consulta a las bases— y los gestos de complicidad, el consejo ciudadano estatal de hoy se presenta mucho más tranquilo de lo que hace sólo siete días cabía sospechar. El orden del día, además del obligado análisis del secretario general sobre la actualidad política, tomará las decisiones técnicas para la organización del congreso, incluidos lugar y fecha —no está decidido si será en la plaza de Vistalegre—, por lo que no se esperan grandes sobresaltos. Eso sí, la tregua y la fraternidad dictadas desde arriba no mitigan el debate de fondo, que conserva cualidades combustibles, así que es probable que antes de febrero haya nuevos calentones. Fiebres, en todo caso, que poco tendrán que ver con el calor del icónico arrumaco navideño.

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