El ‘procés’, festivo o violento, por Joaquim Coll

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En el auto del juez Pablo Llarena se acusa a 13 líderes separatistas de alzamiento violento con el propósito de separar Catalunya del resto de España. Que el ‘procés’ perseguía romper el orden constitucional nadie lo discute, como tampoco que hubo una reiterada desobediencia, pero lo que suscita polémica es la consideración del delito de rebelión porque exige el uso de violencia y comporta penas de cárcel de hasta 30 años. Además, para una parte de la opinión pública catalana el ‘procés’ no solo ha sido pacífico sino incluso “festivo”, pues en las multitudinarias manifestaciones soberanistas “no se rompió ni una papelera”, se ha enfatizado muchas veces como si esa fuera la única verdad de lo sucedido entre el 2012 y el 2017.

Sorprende el autoengaño en el que se incurre nuevamente con ese relato porque cuando una parte de la sociedad pretende imponer su proyecto político a la otra mitad, está ejerciendo violencia en un sentido amplio. Por eso ha habido tantos desgarros familiares o entre amigos, y tanta tensión social en septiembre y octubre pasado cuando estuvimos cerca del enfrentamiento civil. El ‘procés’ no ha sido esa ‘revolución de las sonrisas’ que se quiso vender sino una lista de violencias que no podemos ignorar. Algunas fueron de orden simbólico, como la invasiva presencia de ‘esteladas’ en espacios y edificios públicos para intimidar e imponer en el imaginario colectivo el proyecto rupturista.

Imagen de unanimidad

Hubo también una violencia institucional, con la instrumentalización de todo el aparato de la Generalitat al servicio de la secesión, sin respetar el principio de neutralidad de unas instituciones y medios de comunicación que son de todos. Eso empujó a muchísimas entidades culturales, profesionales, sindicales o deportivas a alinearse, por decisión de sus cúpulas directivas, a favor de la autodeterminación sin mediar ninguna consulta interna y burlando su pluralidad interna. El objetivo fue trasladar una imagen de unanimidad de la sociedad catalana. Ese clima favoreció una violencia verbal contra los disidentes y, en algunas ocasiones, de intimidación física, con ataques a las sedes de los partidos constitucionalistas o el señalamiento gansteril en la universidad por parte de grupos radicales.

En cuanto a la violencia física, es indudable que el ‘procés’ se diseñó sabiendo que habría una fase final peligrosa, el tan cacareado ‘choque de trenes’. En realidad, meses antes del 1-O, las entidades soberanistas llamaron a asumir “sacrificios personales”. Seamos claros, es imposible romper la unidad de un Estado de forma unilateral, en contra del deseo de la mitad de la población del territorio para el que se pretende la secesión, sin que se contemple la aparición de la violencia. En los medios de comunicación el escenario de que lo peor podría acabar ocurriendo estuvo siempre en el orden día de las preocupaciones aunque ahora algunos lo hayan olvidado.

“Lloverán hostias”

Por su parte, los líderes separatistas, si bien destacaban el carácter pacífico del movimiento, aceptaban que la violencia era casi inevitable. El propio Roger Torrent en un encuentro de la ANC, en julio pasado, afirmó que “se acercan semanas en las que, dejármelo decir claro, lloverán hostia”. Hay una grabación de esas palabras en el que se observa que lo dice como si fuera a revelar algo que todos los presentes en realidad sabían de antemano: habrá violencia  (“lloverán hostias”). Además, les invitó a vigilarse mutuamente y a no fallar en el momento decisivo. Torrent, como tantos otros dirigentes de JxSí, era consciente de que los que estaban dirigiendo el ‘procés’ se arriesgaban a “ir a la cárcel”, extremo que enfatizó para dar credibilidad a que, pese a todo, “iban a hacerlo”. Ese era el clima de excitación en el mundo independentista semanas antes de la convocatoria del referéndum ilegal, del que iba a nacer sí o sí la republica catalana.

Entretodos

El auto de Llarena no es una verdad absoluta, pero acierta en la descripción general del mecanismo para lograr la secesión. Un triángulo entre las leyes de  desconexión en el Parlament, el papel intimidatorio o violento de las multitudes lideradas por las entidades soberanistas para desbordar al Estado, y la actuación pasiva o cómplice de los Mossos el 1-O. Cosa diferente será probar que los hechos violentos se ajustan a un interpretación correcta del Código Penal para considerar que hubo rebelión. Pero más allá de eso, el ‘procés’ ha sido un proyecto dañino para la convivencia. Que fuera festivo en las movilizaciones independentistas, no contradice que ejerció sobre el campo contrario una serie de violencias, desde la simbólica hasta la física, pasando por la institucional o psicológica, para forzar un cambio de soberanía en contra de la legalidad y la democracia.