Inicio Actualidad El ‘procesismo’ viaja en AVE, por Lola García

El ‘procesismo’ viaja en AVE, por Lola García

Cuando Pedro Sánchez accedió a la presidencia del Gobierno a partir de la moción de censura, y después de las elecciones generales de hace casi un año, su principal preocupación era la tensión en Catalunya. El proceso independentista parecía encontrar a cada momento un nuevo detonante para prender con mayor vehemencia. Era el reto más difícil de afrontar para Sánchez. Ahora lo es Madrid.

Si en su día José Montilla alertó de la creciente “desafección” que brotaba en Catalunya ante la falta de una respuesta por parte de las instituciones estatales al malestar ciudadano por el trato económico y político que se dispensaba a esta comunidad, ya hace algún tiempo que el presidente valenciano, Ximo Puig, viene advirtiendo del “efecto aspiradora” que ejerce Madrid, succionando recursos económicos y energías políticas, jurídicas y mediáticas que las regiones periféricas contemplan con inquietud.

El Gobierno de Isabel Díaz Ayuso aparece hoy como el ariete de la oposición a Sánchez. Por más que la presidenta asegure que “Madrid es España”, lo cierto es que su ejecutivo irradia una imagen de escasa solidaridad hacia el resto de sus compatriotas cuando se niega a restringir la movilidad para atajar los contagios por el coronavirus o cuando anuncia rebajas de impuestos cuando lo que se impone es un elevado gasto público.

Hubo un momento en que el ministro Salvador Illa temió que el procés y la constante negativa del independentismo a participar de organismos multilaterales de decisión complicaría la lucha contra el virus en Catalunya, pero no ha sido así. El Govern, pese a sus contradicciones y divisiones internas, con algunas gesticulaciones excesivas, ha llegado a la conclusión de que una actuación irresponsable contra el virus sería letal también para sus intereses.

La decisión de Sánchez de aplicar el estado de alarma en Madrid contra el criterio de su presidenta implica que la responsabilidad de lo que ocurra en esa comunidad en los próximos meses recaerá exclusivamente en la Moncloa. Tanto sanitaria como económicamente. A pesar de que es la Comunidad la que dispone de muchos de los instrumentos para que las medidas contra la Covid sean efectivas, como la capacidad para realizar tests y rastreos. Pero la política es cruel con los matices.

Madrid no es solo Ayuso, también es el terreno donde se libran otras batallas que acechan a Sánchez en los próximos dos meses, cruciales para el Gobierno de coalición. El caso Dina, que afecta al vicepresidente, y los presupuestos marcarán el rumbo. Pablo Iglesias está a la expectativa de cuál será el informe de la Fiscalía sobre este asunto para atisbar su futuro en el Consejo de Ministros.

Los presupuestos cabalgan entre Madrid y Barcelona, a la espera de que se disuelvan las indecisiones de Ciudadanos y de los independentistas. El Gobierno confía en que las cuentas le proporcionen oxígeno, ya que es muy posible que sólo el PP y Vox presenten enmienda a la totalidad de las cuentas, lo que significa que el resto se aviene a negociar. Incluso JxCat se lo está planteando. El partido de Carles Puigdemont trata de combinar la confrontación con la preocupación de sus votantes por la crisis.

Las encuestas revelan que buena parte de los electores independentistas reclaman una mayor implicación en las reclamaciones económicas y la gestión. Esa demanda tiene su reflejo en las disputas internas entre los socios del Govern, que discutirán la próxima semana quién acude en representación de la Generalitat a la conferencia de presidentes autonómicos del día 26 con presencia de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, para abordar el reparto de los fondos europeos. JxCat intentará que sea el conseller de Empresa, Ramon Tremosa, y ERC insistirá en el vicepresidente, Pere Aragonès.

El Gobierno catalán ha pasado de remolonear a la hora de acudir a foros multilaterales convocados por la Moncloa a pelearse por quién acude. A raíz de la inhabilitación del president Quim Torra y de la visita del Rey se ha podido constatar que la movilización efervescente en la calle acusa el cansancio. Eso no significa que el independentismo no vaya a repetir e incluso mejorar sus resultados en las urnas. El conflicto sigue abierto y es potencialmente subversivo en el futuro, pero las estrategias parecen virar poco a poco en Catalunya, mientras un cierto procesismo prende en Madrid. El procesismo entendido como esa dinámica cargada de emocionalidad en la que se mezclan el victimismo, las acusaciones de cobardía y la dialéctica del enemigo externo. Y que atrapa de tal forma que resulta muy difícil salir del bucle.

El duelo Aragonès-Tremosa

La pugna en el Govern entre JxCat y ERC tiene en el duelo Ramon Tremosa-Pere Aragonès su máximo exponente. Tremosa, que sustituyó a Àngels Chacón al frente del Departament d’Empresa, no se ha reprimido a la hora de criticar a Aragonès estando en el mismo gobierno. Ahora se disputarán la asistencia a la conferencia de presidentes autonómicos. El acuerdo entre ambos partidos recoge que deberá acudir el conseller del ramo y en este caso ambos se disputan la competencia sobre los fondos europeos. En ERC quieren evitar las acusaciones de “usurpación” de la presidencia, pero no hasta ese punto. No será el único roce por este motivo. El Govern se plantea conmemorar el 80 aniversario del fusilamiento de Lluís Companys y este puede ser otro momento de fricción.

Alarma sin prórroga

El Gobierno de Sánchez espera no tener que pedir una prórroga del estado de alarma en Madrid. En 15 días se tiene que dar cuenta en el Congreso del decreto aprobado pero no es necesario votarla, salvo que se solicite una prórroga. Puesto que Madrid ya venía tomando las mismas medidas desde principios de mes a raíz de la orden del Consejo Interterritorial de Salud, el Ministerio de Sanidad espera que en este tiempo se pueda atajar el virus lo suficiente como para no pedir una prórroga cuya votación provocaría situaciones complicadas. Por ejemplo, qué haría Ciudadanos, que gobierna con Ayuso en la Comunidad pero que manifiesta abiertamente sus discrepancias. O también qué harían los nacionalistas vascos o los independentistas catalanes, que no querían más estados de alarma.

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