Inicio Actualidad El rescate de una joya ‘arqueológica’ de la Rambla

El rescate de una joya ‘arqueológica’ de la Rambla

Zas, así, como de la nada, ha aparecido uno de los primeros puestos de flores que hubo en la Rambla en el siglo XIX, una joya del patrimonio urbano barcelonés, y puede que haya más prototipos desperdigados por ahí. Se trata de una pieza modernista exquisita, una peana de hierro colado encima de la cual se asienta un sobre, hecho de un mineral parecido al mármol, en forma de media luna y, superpuesta, una estructura metálica de dos arcos con celosías. Fue localizada por un anticuario en Mollet, en un almacén especializado en restos de demoliciones, en elementos de arquitectura antigua de hierro —vigas, verjas, barandillas de balcones, pasamanos de escalera—, y ha acabado rescatada por un comprador privado: Manel Navarro (Barcelona, 1945). Uno de los hermanos de la dinastía florista.

Aventurar la antigüedad del mostrador es difícil pero no imposible. Si, en un principio, los puestos de flores de la Rambla dependían administrativamente del mercado de la Boqueria, cuya primera piedra se colocó el 19 de marzo de 1840, y si la tradición de vender flores en el bulevar se estrenó en la fiesta del Corpus de 1853, no sería descabellado conjeturar que la pieza data de mediados del siglo XIX. La Rambla era entonces era el único lugar de la ciudad donde se vendían flores al por mayor. Cómo llegó hasta el almacén es un misterio, pero el anticuario y Manel Navarro compararon el puesto con imágenes de la época y ligaron cabos: voilá. En cualquier caso, es un vestigio histórico finisecular.

El mostrador, de hierro colado y piedra, ha sido adquirido por Flores Navarro

El tenderete, por llamarlo de algún modo, pesa alrededor de una tonelada, y fue necesario un camión de los grandes para trasladarlo hasta Vilassar de Mar, donde Floristerías Navarro tiene su centro de operaciones en una inmensa nave de 12.000 metros cuadrados. “Nos ha costado más de 50 años de esfuerzo dominar el mercado de la flor”, dice Manel para rematar luego con una broma: “Hacemos las coronas antes de que la gente se muera”. Unos 40 adornos fúnebres al día, para ser precisos.

El florista prefiere guardar para sí cuánto ha pagado por el hallazgo arqueológico. Confiesa haberlo adquirido por afición a las antigüedades y por amor a un oficio en el que se inició su abuelo, Constantino Navarro, un buscavidas maño. Manel aún recuerda que, con 7 u 8 añitos, su padre, de nombre también Constantino, lo llevaba a la Rambla a vender flores en una moto con sidecar, una BSA de cinco caballos. Hasta allí acudían los payeses de Gavà y de Vilafranca, de Vilassar y Premià, a ofrecer sus claveles, lirios y crisantemos. Todo un personaje el señor Constantino padre, anarquista de los de Durruti, el primer comerciante que introdujo en Barcelona la venta de abetos en Navidad por capricho de la colonia alemana para la que trabajaba como jardinero en las torres de El Putxet. Alemanes heridos en la segunda guerra mundial, una historia sobre la que habrá que volver algún día.

¡Ah, la Rambla y sus floristas! Ramon Casas las dibujó, Josep Maria de Sagarra les dedicó una obra de teatro, Lorca se arrodilló a los pies de su encanto —“mujeres de risa franca y manos mojadas, donde tiembla de cuando en cuando el diminuto rubí causado por la espina”— y Joan Manuel Serrat las cantó. Todo un símbolo de Barcelona en plena decadencia. Forzados por la presión turística, la mayoría de los quioscos de la Rambla venden ahora gofres, turrones, imanes de nevera y semillas de un espécimen de pimiento que, cuando brota, lo hace en forma de pene circunciso.

Ya solo quedan 13 puestos de flores. Fermín Villar, presidente de la asociación Amics de la Rambla, explica que tres han cerrado desde el atentado del 17 agosto de 2017 para acá: la número 1, Felices, emplazada junto al mosaico de Miró, ya no se vio con ánimos de volver a abrir la persiana después del atropello de amargo recuerdo; la número 7, Flores María, en el semáforo de Boqueria, echó la llave en primavera, después de que se jubilara su propietario, el senyor Joan; y la número 16, Flores Carmen, a la altura de La Virreina, ha sido la última en hacerlo.

A pesar de ser una tradición con arraigo, ya solo quedan 13 quioscos florales en el bulevar

La entidad, por cierto, se enteró de que el Ayuntamiento se disponía a derribar el puesto del ‘senyor’ Joan con el pretexto de esponjar el trasiego de peatones por el tramo, pero lo peleó con uñas y dientes y ha conseguido salvarlo. Se ha llegado al acuerdo de que el Gremio de Floristas decore el quiosco vacío enseñando el oficio a personas con riesgo de exclusión social de la cooperativa Impulsem del Raval. El objetivo pasa por que los barceloneses y las flores regresen a la Rambla. Ojalá.