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El Rey frente a la excentricidad

Pedro Sánchez, sea por envidia o por ideología, no es ningún entusiasta de la Corona. Puede que tampoco un enemigo.

Suele ver al Rey como las vacas ven pasar al tren, pero sabe, a poco despierto que sea o que lo sean quienes le susurran al oído, que no le reporta ningún beneficio dar la impresión de estar en su contra y de comprar los argumentos republicanoides de los que están todo el día con la monserga de un referéndum para decidir la forma de Estado.

Hay, sin embargo, ocasiones en las que prefiere no disimular y evidenciar su particular descortesía institucional, a la par que, no pocas veces, exhibe detalles bastos que evidencian que Sánchez, en realidad, quisiera ser el coronado. Uno de ellos, quizá de los más evidentes, es retirar al Rey de los eventos a los que puedan ir los dos para que no le reste ni un milímetro de atención del respetable. Otro es jibarizar en la medida de lo posible sus actos institucionales, que salga poco, que haga poco, que hable menos. Otro más es dejarle solo en actos de Estado dando la impresión de que a él no le gusta ir a lugares donde no es protagonista. Y, por fin, la muy ruin falta de defensa de Felipe VI cuando sus amiguitos de coalición sueltan basura por su boca. Los republicanitos del 8% de representación en el Congreso firmaron un libelo vomitivo y a Sánchez solo le faltó mostrar aquella sonrisa de lerdo que ponía el necio de Artur Más cuando silbaban al Rey en un estadio. Lo peor no está en la mala literatura de esos garbanceros analfabetos: lo más grave radica en que una vez más no haya habido ningún tipo de respuesta de este Gobierno.

Sin embargo, la presencia y relevancia del Rey no es cuestión cuantitativa, sino cualitativa. Por más que le quiera dejar sin espacio, su presencia es rotunda y, casi siempre, reconfortante para los españoles. Cuando la política circula por los andurriales más zafios, la presencia del Rey eleva el discurso público: son vanos los intentos de arrinconarle porque, al final, su figura se eleva por encima de la mediocridad dominante. En algo, no obstante, tenía razón Gabriel Rufián cuando alardeaba de portavoz de esa banda y afirmaba que el Rey no le representa: el Rey no os representa, ni os puede representar, porque Felipe VI escenifica y significa la concordia, la educación y la convivencia de los españoles. Ese 8% de diputados (curiosamente cuatro de esos cinco grupos son socios de Sánchez) representa, muy al contrario, la imposición, el odio al discrepante, el afán totalitario y la voluntad de imponer a más de media Cataluña una independencia que no quieren.

Tras el discurso en Las Cortes en el que el Rey reclamaba una España para todos y un destierro contumaz del cainismo, no pocos interlocutores sociales destacaron que los ministros de Podemos aplaudieron a Felipe VI desde el banco azul del Gobierno y se deshicieron en felicitaciones para todos. Seamos exactos y ciñámonos a los hechos: unos aplausos no pueden ser noticia, y si lo son, es que algo no marcha bien. Eran aplausos tímidos, desganados y cobardones… aplausitos con cara de asco. Aplausitos obligados por el color del sillón en el que se sentaban. Los de los asientos rojos estaban de brazos caídos. Y ni unos ni otros se aperciben de algo: cuando este Gobierno y sus indecentes socios sean un mal recuerdo, el Rey seguirá ahí, y la Corona seguirá porque demuestra su enorme valor simbólico como factor de estabilidad. Ellos están de paso, mientras que el Rey representa lo que permanece y lo que une. El Rey es un símbolo, y todos estos son una anécdota, una excentricidad.